La poesía romántica europea

Los movimientos literarios son difíciles de definir ya que se entremezclan, se apoyan unos con otros, y más, en concreto, el romanticismo, por lo que no podemos ponerle puertas. El Romanticismo y su conciencia de movimiento

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El Romanticismo y su conciencia de movimiento literario

 Los movimientos literarios son difíciles de definir ya que se entremezclan, se apoyan unos con otros, y más, en concreto, el romanticismo, por lo que no podemos ponerle puertas. Pero sí debemos decir que surgió en Alemania e Inglaterra a finales del siglo XVIII, que se extendió por el resto de Europa en la primera mitad del siglo XIX. Es el final de la razón, de la regla, con primacía de la libertad, la voluntad individual, predominio del yo, del idealismo-amor, felicidad, paz, justicia-, de lo popular, culto al sentimentalismo-mujer, paisaje-, reivindicación del cristianismo-sentido de la vida y de la muerte, el destino-, imitación a los grandes de Europa como Calderón, Shakespeare, Dante, etc. Es el derecho de una persona a expresarse sin cortapisas, a realizarse en plena libertad en su entorno.

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La lírica romántica de dos poetas ingleses: J. Keats y T. S. Coleridge

El autor de las Odas- Ode to Psyche, Ode to a Nightingale, Ode on a Grecian Urn, Ode on Melancholy, Ode on Indolence, To Autumn-, J. Keats (1795-1821), quizá sea la mejor voz poética del romanticismo inglés porque engrandeció la poesía inglesa de este período. Su pensamiento siempre estuvo en los parámetros de la virtud, de la conducta; la palabra independencia era algo sustancial; de ahí parten sus versos. Decidió “ganarse el pan, como hacen otros”, con la literatura periodística.

 Una de sus ideas capitales han pasado todas las fronteras existenciales: “El elogio o el reproche no tienen sino efecto momentáneo en el hombre cuyo amor a la belleza en abstracto le convierte en severo crítico de sus propias obras”. A la hora de enjuiciar la poesía, no entiende que la gente “pueda leer tanta poesía”. Además añade: “No tengo ninguna confianza en la poesía. No me maravilla”. Pero más sorprendió que mantuviera el criterio de que el autor debe desaparecer del poema, y de que la poesía debe comunicar sensaciones, no las pasiones o ideas del autor; rompe, por consiguiente con el emblema de literatura como vida tan típico del romanticismo, y abre la puerta a la poesía pura tan señalada de la segunda mitad del siglo XIX y primeros del XX.

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