Realismo y naturalismo en la novela española del siglo XIX Félix Rebollo Sánchez

Durante la segunda mitad el siglo XIX se produce uno de los hechos más significativos en el arte de narrar. El florecimiento de la novela es tan deslumbrante que bien puede considerarse como áurea, no solo en España, sino también en el resto de Europa. El apogeo es de tal calibre que no se puede entender sin nombrar la palabra burguesía; esta es quien protagoniza la novela realista, y, al mismo tiempo, la destinataria. Pérez Galdós escribió que “la grande aspiración del arte literario en nuestro tiempo es dar forma a todo esto”. El rechazo a lo romántico es algo emblemático, se sustituye por el término realismo. Los novelistas emplean “técnicas y formas narrativas” que servirán como estandarte. Así se inmiscuyen en reflejar la realidad social de manera exacta; lo subjetivo debe quedar al margen, es lo que se ha denominado  objetividad o “narración objetiva”, casi siempre en tercera persona.  Esto no quiere decir que vaya en contra del punto de vista omnisciente cuando el autor anticipa lo que va a ocurrir, opina, juzga a los personajes. Además utilizan un lenguaje sencillo para que el lector no encuentre dificultades y se refleje el habla de los diferentes grupos sociales. Las técnicas narrativas naturalistas son semejantes, pero llevadas al extremo y con el máximo rigor. La idea stendhaliana que concebía la novela como un espejo que se pasea a lo largo del camino es el signo característico del llamado realismo.  Clarín elige a Balzac como “el más a propósito para reproducir impresión de realidad en la novela”.

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En la “Docta Casa”

Ayer se presentó mi libro  Literatura y Periodismo en el siglo XXI en la “Docta Casa” (para Galdós “Templo espiritual“) . El acto fue presidido por Miguel Pastrana, representante de la Junta de Gobierno del Ateneo de Madrid, y presentado por el Dr. Fernández Delgado, que duró dos horas.

Sala de conferencias de la presentación  del libro

            Aparte de los agradecimientos, brevemente, desgrané algunas ideas; entre otras manifesté cómo la literatura me sirve de refugio, como huella, como meditación, como casa de misericordia, para sacar jugo de la existencia, para que las sombras se conviertan en primavera, única forma de ser feliz, de apostar por la vida. El jardín que día a día cultivamos debe tener como asidero la ensoñación, la utopía. He intentado que el arroyo literario pueda con todas las malezas que, a veces, quieren dificultar la limpidez del agua.

            La mayor parte de mi investigación está dedicada  a la dicotomía Literatura-Periodismo; he puesto todo el empeño para demostrar que en su nacimiento, el periodismo fue el mundo de la literatura. Primero, oral con los juglares que fueron los que pregonaron las noticias con su voz, memoria y donaire. Queramos o no, el embrión de la prensa literaria podemos cifrarla en los pliegos sueltos-cuadernillos de dos, tres o cuatro hojas- que servían para informar, aunque un siglo antes aparecieron “hojas volanderas”. En esta andadura Lemmard Davies ha escrito que la novela inglesa de los siglos XVI y XVII se asemejan a lo que consideramos los orígenes del periodismo. Sin olvidarnos de Andrés de Almansa cuando relata el viaje que hace Felipe IV por Andalucía; se puede considerar como prensa revestida de lo literario, aunque elija la forma epistolar. Quevedo sin saberlo estaba haciendo periodismo con un estilo conciso, improvisado. Era, como Umbral lo definió “periodismo de mano en mano”.

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