Doña Inés: un recuerdo filológico

Los que nos dedicamos a la docencia tenemos que hacer muchas relecturas para explicar mejor nuestra capacidad en el arte docente y cumplir mejor con los programas que tenemos que explicar; esto  ocurre a veces; ahora, entre mis manos, Doñas Inés de Azorín, que así se conoce a José Martínez Ruiz. Lo primero que nos viene a la memoria es ese estilo pulcro, breve, con que adorna lo que cuenta; aunque haya sido definido como escritor de una página, también va más allá cuando nos adentramos en el resto de géneros.

El epílogo está firmado en San Sebastián el año 1925, y antes LI títulos que hacen la delicia estilística, en los que traza lo cotidiano para elevarlo a la perfección lingüística. Su primera estampa es el Madrid de finales del siglo XIX, concretamente “las afueras del barrio de Segovia” (Casa de Campo, el Campo del Moro y el Parque de Palacio). Nos maravillamos cuando leemos esta prosa tan nítida y tan sugerente que hoy quisiéramos ver en la actualidad.

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Azorín y la crónica parlamentaria

Azorín y la crónica parlamentaria.

Félix Rebollo Sánchez

Esta modalidad aparece con la primera Constitución en 1812 en Cádiz, en la Iglesia de san Felipe Neri, en la que en una capilla lateral estaba reservada para los tipógrafos y periodistas. Benito Pérez Galdós nos recrea este episodio,  en procesión, desde la Isla de León (San Fernando), acompañan a los diputados desde la iglesia mayor hasta el teatro  que había sido habilitado para celebrar las sesiones de las Cortes:

 El sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más (…). El pueblo venía acompañando a los diputados, con gritos de ´Viva la Nación´. ´A las Cortes´. ´A las Cortes´ (…). Y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy lo como poesía y música, que decía: del tiempo borrascoso que España está sufriendo va el horizonte viendo alguna claridad. La aurora son Las Cortes que son sabios vocales remediarán los males dándanos libertad. Sigue leyendo

Modernismo y 98

Modernismo y 98

Para una persona, como es el que suscribe estas líneas, que no considera primordial las denominaciones de los movimientos literarios y cree más, a pie juntillas, en qué aporta la obra literaria en cada momento o siempre, no entra en si el término “La Generación del 98” fue una invención de Azorín cuando escribió un artículo en el periódico ABC en 1913 o si Juan Ramón Jiménez la niega. Estas ideas deben estar superadas; lo mismo que los requisitos que el crítico alemán J. Petersen estableció para dicho rótulo.
Si nos referimos al Modernismo, quien mejor lo definió fue Juan Ramón Jiménez al catalogarlo como “movimiento de entusiasmo y de libertad hacia la belleza”. Pedro Salinas lo bautizó como “una literatura de los sentidos, trémula de atractivos sensuales, deslumbradora de cromatismo”. Estamos, por tanto, ante la consideración de la belleza y  la forma como valores máximos estéticos, y, por consiguiente, como el arte de ruptura con el realismo, en el que observamos una profunda renovación del lenguaje poético, en este sobresale el adjetivo ornamental. Sin olvidarnos de lo sensorial, imágenes visuales, auditivas, táctiles.

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Periodismo y Literatura 1

A partir del siglo XIX, la prensa se convierte en el vehículo más importante de la literatura. En este siglo, las revistas El Europeo (1823-1824), No me olvides (1837-1838), El Artista (1835-1836) o El Iris (1841), fueron las divulgadoras del hecho literario. El periodismo  se arropó de literatura, y ésta ensanchó su campo con las nuevas formas periodísticas. A Larra, a pesar de todo, no se le ha considerado de una forma nítida en el campo periodístico, y, sin embargo, Larra puede significar “una buena línea de partida para el estudio del ensamblaje de literatura y periodismo, en la historia de las letras españolas”[1].

            Esta simbiosis literatura-periodismo se dio, con mayor frecuencia en los siglos XIX y XX, en todos lo países. Pero por no dilatar demasiado el tema pensemos en los escritores españoles que bebieron en las fuentes periodísticas: Pío Baroja que ha sido definido como el “novelista periodístico”[2]; Miguel de Unamuno, amplísima sus colaboraciones periodísticas; Azorín, uno de los escritores que más han escrito en la prensa; Hermanos Machado, Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset, Eugenio d´Ors, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina, Manuel Rivas, Juan Goytisolo, Sánchez Ferlosio, Francisco Ayala, Antonio Gala, Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Vicent, o Francisco Umbral. La lista sería amplísima.

            Sin embargo, aunque es notorio que son los escritores los que han levantado el género periodístico a la categoría que hoy tiene, en la segunda mitad del siglo XX no siempre ha sido bueno este maridaje. En España, la polémica ya surgió en el año 1845 con motivo del discurso de ingreso en la Academia Española de Joaquín Rodríguez Pacheco en el que aludió al periodismo como género independiente. Y en 1895 es el escritor-periodista Eugenio Sellés el que también en su discurso de ingreso en la Academia afirmaba que el periodismo es un género literario lo mismo que lo pueda ser la novela, la crítica o el drama, “¿no ha de serlo el periodismo, que lo es todo en una pieza: arenga escrita, historia que va haciéndose, efemérides instantánea, crítica de lo actual y, por turno pacífico, poesía idílica cuando se escribe en la abastada mesa del poder y novela espantable cuando se escribe en la mesa vacía de la oposición?”.

Pero, quizá, haya sido Larra el que con más nitidez nos haya expresado tal dualidad en el famoso artículo “Ya soy redactor”: “Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de ser periodista: lo uno, porque al público no le importarán probablemente, y lo otro, porque a mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas y amanecí periodista; mireme de alto a bajo, sorteando un espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez y dime a escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable tan persona es un periodista como un autor de folletos. Ya soy redactor, exclamé alborozado, y echeme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción”[3].

            Juan Valera al contestar el discurso de recepción en la Academia de la Lengua de Isidoro Fernández Flores (Fernanflor) que defendió el ser periodista como una profesión, no estaba muy de acuerdo con que el género periodístico estuviera fuera del ámbito de la literatura, para remachar: “lo que distingue al periodista de cualquier otro escritor, poco o nada tiene que ver con la literatura”. Su idea era lúcida: el periodista debe ser literato, “un literato de cierta y determinada clase”, aunque para ello tenga que recurrir a determinadas formas del campo periodístico. Valera acorde con este criterio llevó a la novela su espíritu periodístico.

            La crisis de la conciencia burguesa,  el Germinalismo, el “98” se desarrollan en revistas de finales de siglo y primeros años del siguiente. En las revistas se van a dar cita los escritores de la llamada “Generación del 98” o “grupo del 98”, como hoy se tiende a denominarlos. No podemos dejar de mencionar la Revista de Occidente o el periódico El Sol como propaladores de lo cultural, base fundamental para la formación de las personas. Ortega y Gasset participaba de la necesidad de la lectura como regeneradora de todo. Esta proliferación de revistas continuó en las España de los años treinta en las que tuvieron cabida, no sólo las manifestaciones artísticas sino también las ideológicas, y las políticas. Después de la guerra, sobre todo en la década de los cuarenta y cincuenta, la importancia de las revistas se dejó notar; hasta tal punto que los artículos en las revistas literarias eran los de más enjundia.

Azorín, siendo como fue, además de escritor, periodista, no contemplaba el aprendizaje para ser un buen periodista, sino que éste debería poseer unas cualidades innatas. La Academia, siempre atenta, a los problemas del lenguaje acogió en su seno al periodista Mariano de Cavia.

 La dialéctica se ha extendido, aún más, en la segunda mitad del siglo XX. Pero también la Academia lo ha resuelto, hoy día, con la aceptación en sus sillones de dos periodistas: Juan Luis Cebrián y Luis María Anson, dos formas de entender el Periodismo, pero con una estela, en ambos, literaria. El que abrió una ventana para que entrara aire fresco al periodismo español con el nacimiento del periódico El País, ha ido más lejos en unas declaraciones, con motivo de la publicación de su novela La agonía del dragón, al señalar: “Creo que el periodismo es un género de la literatura, sin duda alguna”[5].

Hace ya mucho tiempo apareció en las librerías la obra periodística del también “Premio Nobel” G. García Márquez escrita entre 1974-1975. Su estilo periodístico ha marcado a hornada de jóvenes periodistas, no sólo por imitación estilística sino también asistiendo a los cursos que imparte cada año, en los que deja ese hilo conductor para conseguir la savia de un buen estilo. Para García Márquez da igual escribir novelas o artículos periodísticos. Siempre consigue ese estilo que le ha hecho famoso en ambos géneros.

En realidad-apunta Marcos Giralt- “pocos escritores hay en lengua castellana, además de él, capaces de eliminar de un plumazo, con logros iguales en ambos campos la siempre mentada, pero muy pocas veces hollada, débil barrera entre el periodismo y la literatura. Pocos hay que sean dueños de un estilo literario tan reconocible y pocos hay que, como es su caso, no lo rebajen ni lo amaneren a la hora de escribir en la prensa, convirtiéndolo en la única excusa comparecencia ocasional en pobres recordatorios, vanidosos o pecuniarios, de su existencia como escritores”[6].


[1]. ALFARO, J. M.,  “Literatura y Periodismo” en Cuenta y Razón. Madrid, núm. 5, 1982, págs. 95-99

[2]. Véase una exigua referencia, pero importante, en Mario Castro Arenas, El periodismo y la novelacontemporánea.. Caracas, Monte Ávila, 1969, págs. 73-74

[3]. LARRA, Mariano José de,  Artículos completos. Madrid, Aguilar, 1961, pág. 326

[4] . Entrevista de Antonio Fontana a Juan Luis Cebrián en el suplemento Cultural del periódico ABC, 12 de febrero de 2000, pág. 14

[5] . GIRALT, M., “La literatura del periodismo” en Babelia. Suplemento del diario El País. Madrid, 24 de julio de 1999,  pág. 8. Reseña del libro Artículos. Por la libre.