María Teresa León, todo un símbolo literario

Me enfrasco en la lectura de Palabras contra el olvido.Vida y obra de María Teresa León (1903-1988), ensayo de José Luis Ferris. Que vaya por delante, que de olvido nada, al menos por mi parte, puesto que en mi docencia siempre estuvo presente en el ensayo y en el periodismo-escribó mucho mejor que algunos/as que se creen, hoy, que lo hacen bien-y sobre todo, en el arte de enhebrar la palabra exacta, y menos la mujer de Alberti-eso lo suelen decir los que no leen, cuentan chascarrillos o se contentan con lo que dicen otros-. Evidentemente, que más de cincuenta años con el poeta gaditano están ahí, pero se beneficiaron ambos, por lo que eso de las mujeres del 27 y otras majaderías que a continuo oímos sobran. Incluso me atreveré a escribir, cuando al autor de este ensayo manifiesta que “aún siga siendo una gran desconocida” (pág. 16), que María Teresa León tiene nombre propio en la literatura y así hay que contemplarla y leerla; o mucho más joven, Monteserrat Roig, también ya muerta, y, sin duda, otras muchas. Hay que leerlas pero no por ser mujeres sino porque son extraordinarias y ocupan un lugar preferente en la literatura del siglo XX y en el periodismo. Los latiguillos sobran, ¿qué mas da que sea hombre o mujer? La humildad de María Teresa al definirse como “la cola del cometa” la hace más grande ( su hija fue nítida: “Ella y mi padre fueron dos cometas con luces paralelas…”. Recordemos que María Teresa ya era escritora antes de conocer a Alberti y había publicado, también, en revistas y periódicos.

La biografía se lee con delectación; es un saber contar que se aprecia, y algunos hechos te alegran; por ejemplo me ha sorprendido que tan jovencita leyera a A. Dumas, V. Hugo y Galdós (“A quien iba a echar de menos la pequeña era a don Benito Pérez Galdós. Había descubierto al gran novelista con apenas once años, en las lecturas secretas de la casona de Barbastro, al lado del tío viejo, solitario y loco, leyendo a Trafalgar. Tras el descubrimiento que le produjo aquella novela, escuchó de alguien que el escritor acostumbraba a tomar el sol en el Parque del Oeste madrileño. Y allá que fue María Teresa, de la mano de su madre, un día propicio para el encuentro: ´Nos acercamos a saludarle siempre. Sí estaba medio ciego. Nos acariciaba la cara. ¿Y esta niña? ¿Quién es? Es la hija del teniente coronel, ya te lo hemos dicho, le explicaba el sobrino que se llamaba Hurtado de Mendoza. ¡Ah, sí!, decía don Benito, volviendo a su silencio. El sobrino miraba a las chiquillas. Las chiquillas se dispersaban jugando y él tenía que quedarse junto a su tío ilustre, ya tallado como si fuera de piedra´, págs. 44-45).

Y cómo no, otro hecho que me ha alegrado es que cuando Alberti conoce a María Teresa, Ferris haga mención al Premio Nacional de Poesía de 1924 que fue otorgado a Alberti (el jurado: Antonio Machado, Gabriel Miró, José Moreno Villa, Carlos Arniches y Ramón Menéndez Pidal, pág.86). Y sin embargo, todavía, en libros de textos, en ensayos, en universidades, en colegios, en institutos, en oposiciones,  algunos/as docentes digan que fue “ex aequo”. Me he cansado de propalarlo en las clases y en los escritos e incluso en este “blog”; pero todavía se mantiene no solo en lo escrito anteriormente sino, cómo no, en la radio y en la televisión como tantos errores.

Me viene a la memoria cómo el propio Alberti en el homenaje que se tributó a Antonio Machado en Baeza en 1983 aludíó al premio y al jurado, y evocó al poeta sevillano cuando se lo encontró en la calle General Arrando y se apresuró a saludarlo y darle las gracias; ” no me tiene que agradecer nada, era el mejor”- le respondió Machado-;bien conocía Alberti este hecho porque Machado había olvidado su escrito en el libro: “Mar y Tierra. Rafael Alberti. Es a mi juicio, el mejor libro de poesía presentado al concurso”. Ferris alude a que una vez juntos, “Alberti tuvo el detalle de regalar a María Teresa un objeto de gran valor personal. Se trataba de un ejemplar de su libro Marinero en tierra, ilustrado con sus manos, y que guardaba la sorpresa, entre la páginas de una nota olvidada de Antonio Machado en la que razonaba limpia y brevemente su voto para el Premio Nacional de Poesía de 1924. (…)”. ´A veces, paso los dedos sobre la escritura de Machado desvaneciéndose, quisiera  detenerla. Rafael me hizo con este libro su primer regalo”, pág.94). Cuando estuve en la Fundación Rafael Alberti en el Puerto de Santa María, hace tiempo, no me percaté de buscarlo por si estaba allí.

Tenemos que ser agradecidos con  José Luis Ferris por habernos recordado mucho, pero también por otros avatares que quizá desconocíamos-al menos, yo-. Las últimas líneas-la lucidez es tanta- que los ojos se vuelven acuosos. Su pluma eléctrica nos ha hecho ver con limpidez y altura la grandeza de María Teresa León- en la que inteligencia, talento, y estilo se aúnan-, que se necesitaba. Al final queda uno como en vilo, pensante, con la idea si alguna vez veremos publicado Amor en vilo, pero esto no mengua a María Teresa que tiene un cajón hermoso en la literatura.

Cuando escribo Amor en vilo me refiero al libro amoroso que escribió Alberti que no se ha publicado-aunque sí poemas sueltos-. No sé si esto sucederá alguna vez. ¿No sería lógico que a quien van dedicados estos poemas fuera la verdadera dueña del libro más allá de herencias, hechos judiciales o testamento si lo hubiere?

En realidad, el título Amor en vilo apareció por vez primera en las revista Los Cuatro Vientos para designar un puñado de poemas de Pedro Salinas. ¿Fue consciente el poeta gaditano de tal hecho? Esta pregunta no me la puedo contestar. Con el paso del tiempo, P. Gimferrer nos sorprendió con el mismo título Amor en vilo, en 2006. ¿Otra historia de amor? No olvidemos que después-o al uníseno- de la palabra libertad es lo más grande que tenemos los humanos.

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Primera clase del 2º cuatrimestre

Como siempre-tengo por costumbre-espero a los alumnos de pie en la clase; lo aprendí del profesor Morales en un curso de Doctorado en la Universidad Complutense que versaba sobre El Quijote. No solo llegué a percibir la importancia suma que tiene la inmortal obra, sino también el respeto, el trato, la sabiduría, el saber impartir un curso a doctorandos sin que la tarima oprimiera harto difícil para otros/as.

El primer día, las alumnas/os están como arrobados por contemplar la imagen del profesor con sus movimientos bien en la tarima , bien sobre el pavimento; el pasear al explicar la teoría contribuye a que se vuelva a ese espíritu engendrador que se daba en la antiguedad cuando se impartían conocimientos.

La segunda parte de la clase nos acercamos al poema-como parte práctica de creatividad- “Tres recuerdos del cielo” extraído del libro Sobre los ángeles. El significado de los versos seleccionados sorprenden más allá de que el autor gaditano tal vez aluda a un trasfondo autobiográfico que desgajo para llegar no solo a la belleza del mismo, sino también si nosotros somos capaces de enhebrar nuestras señas de indentidad cuando descubrimos, como es el caso, la primera brizna amorosa (“Entonces, detrás de tu abanico, nuetra luna primera”).

Es el esfuerzo el que nos hace más personas; he ahí una parte de nosotros que no desarrollamos; solo queremos que el otro, en este caso el profesor nos lo diga, no que seamos copartícipes de una clase, y, sin embargo, tenemos que ser capaces de cambiar esa metodología.

Como creatividad de Rafael Alberti, aunque se valga del texto bíblico como imagen, como referente, crea, enhebra “No habían cumplido años ni la rosa ni el arcángel. / Todo anterior al balido y al llanto”. Es la máxima expresión para referirse a un época paradisíaca, anterior en la que no existía dolor, ni cumplían años las personas ni fenecían las flores.

Otro ejemplo del mismo poeta es cuando le viene a la mente la poesía de G. A. Bécquer para ensartar su propio pensamiento, que aún no se había iniciado en el amor o por lo menos aún no existía esa reciprocidad, no se había declarado lo que anidaba en su corazón (“Era la era en que la golondrina viajaba / sin nuestras iniciales en el pico”).

En la última parte de la clase (dos horas de duración) nos acercamos a un texto de Misericordia de B. Pérez Galdós, que solo escribir su nombre nos alumbra el vivir, la trascendecia y su actualidad; solo los alicortos pueden desmitificarlo.

El teatro anterior a 1939

Es difícil toda clasificación en el género dramático porque más allá de las obras, tendencias, autores, tiene que predominar un teatro basado en la palabra; teatro con cara y ojos, con personajes, que nos inculquen nuevas esperanzas, confianza  en este camino existencial en el que nos desenvolvemos; esto es lo que hicieron los grandes dramaturgos de todas las épocas.

La crítica lo ha entrevisto, en este período, como de alta comedia, costumbrista, poético, costumbrista con la vitola cómica, humorístico, de compromiso, histórico, incluso como innovador; y aún así hallaríamos aquella obra singular que no encajaría en estas divisiones. Pero, hay cuatro dramaturgos que se levantan por encima de todos: Benavente, Valle-Inclán, García Lorca y Pérez Galdós. Cada uno de ellos destaca por alguna faceta dramática.

Si nos detenemos en el Premio Nobel de Literatura, Benavente, no hay término medio en cuanto a la crítica. La mitificación y la censura forman parte de su estandarte,  y eso que escribió 172 obras, desde El nido ajeno (1894) hasta Por salvar su amor (1954). Intentó acercarse a la sociedad, y además estaba orgulloso de haber llegado a los entresijos de la misma. Sin embargo, el crítico José Monleón escribió que “ su inteligencia le hacía ver la mezquindad de la sociedad a la que servía, sin atreverse a afrontarla en los puntos fundamentales”.

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