Bella del Señor: novela de A. Cohen

Que Albert Cohen haya sido comparado con Shakespeare o Proust, tal vez sea exagerado; pero sí estamos ante un escritor que va más allá de la medianía alta y, sobre todo, con esta novela pletórica de lo existencial en las relaciones humanas y hasta dónde podemos llegar para dar rienda a lo que añoramos, aunque al final llegue la degradación y en qué situaciones no podemos huir; peor es llevar una existencia sin significado; la eterna pregunta: para qué hemos venido; hay que recurrir a la amistad como roble sagrado para andar este camino. ¿Cómo lo recorremos? Esa es la clave.

La literatura nos da salidas, pensamientos, reflexión. Quedas como embelesado ante tantas palabras bien puestas y certeras con dominio abrumador del lenguaje. El principio en que se sostiene “que no existe absoluta virtud” (pág. 220) te sobrecoge, te achica; estamos, por tanto, ante la imperfección, pero llena de voluntad para proseguir. Expresiones como “si dentro de tres horas no ha caído rendida de amor, nombro a su marido director de sección”(pág. 217) es más que osadía. Es la búsqueda sin que acertemos plenamente de algo que nos concierne como personas e intentamos que sea a través del amor con lirismo romántico. Páginas y más páginas al encuentro amoroso: (“Oh comienzos de su amor, preparativos de ella para estar hermosa, locura de ponerse hermosa para él, delicias de las esperas, llegadas del amado a las nueve y ella en el umbral aguardando, en el umbral y bajos las rosas. (…) Oh ferviente regreso, no puedo sin ti, le decía, al regresar, y de amor hincaba la rodilla ante ella que de amor hincaba la rodilla ante él, y venían los besos, ella y él, arrobados y sublimes…”, pág. 261). Y si hay que recurrir a la formación religiosa se hace al recordar el tema del Pentecostés: “Creyente alma mía, / muéstrate ufana y contenta / aquí llega tu divino rey” (pág. 265). Las personas estanos hechas de sentimientos y cuando necesitamos exteriorizarlos nos entregamos. El exterior deja de existir y nos decantamos por el rito.

Siempre estamos a cuestas con el mismo tema: son los celos. Creo que no podemos quedarnos en eso, si fuera así no perderíamos el tiempo leyendo más. ¿Estamos ante un varapalo al concepto de amor romántico, como seducción, como deterioro o simplemenre  a la dualidad atracción- rechazo  como inserto en la relaciones humanas? Lo que no se puede entender entonces es que todo se sacrifique por seguir “a su amado”. Esto se llama nítidamente sometimiento, aceptación en la que ante la pasividad-actividad siempre triunfará la última. Como personas no se puede aceptar esa pasividad; es aquí donde hay que rebelarse y sin embargo la mujer, en este acaso, la acepta; desea esa pasividad. A todas luces esto es negativo. Al mismo tiempo nos podemos hacer la pregunta ¿es libre o no? Aparentemente eso es lo que se trasluce. No vale decir es que es el carácter dominador del escritor, del amante sobre la amada. ¿Dónde la libertad, entonces? Dejamos de ser persona si lo aceptamos voluntariamente. En este caso el ofuscamiento, la entrega, el saber que su cuerpo es amor (“O, si no, abría la bata, contemplaba sus pechos en el espejo, sus pechos. Enhorabuena, decía a sus pechos. Sois mi gloria y mis sostén. (…). En la suculenta penumbra, se desabrochó el vestido hasta la cintura, agitando las puntas como salas y deambuló, contándose que era la Victoria de Samotracia”). Y así, palabras tras palabra, enhebraba,hacía suyo todo lo que deseaba y esperaba con locura.

Quizá sea exagerado, ¿ pero es posible que estemos ante una obra colosal como la obra maestra de la literatura amorosa del siglo XX? Aquí no se trata de opiniones sino que nos acerquemos sin traumas, sin anteojeras, y nunca dejar de leerla aunque nos sea demasiado profunda y haya momentos en que digas no sigo más, no puedo más; esta no es la típica novela de pasar el rato; si pretendes eso, no comiences.

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Una novela distinta: Perdón

No es posible el culto a una persona por mucho enamoramiento que haya porque  casi siempre aparece esa brizna que lo destroza. No esperas de una pareja prendida de amor que pierda su lozanía, su vigor.El tiempo como destructor de lo más grande que tenemos los humamos: el amor.

La novelista noruega, Ida Hegazi Hoyer, ha hilvanado unas relaciones amorosas que nos absorben entre dos jóvenes; nos mantiene en vilo con ese manto de palabras que pule, que nos deja inquietos y no nos permite parar  su lectura; nos engancha para que no la abandonemos. Es una carta novelada a un estudiante de filosofía del que se enamoró. El anillo de sedal es la señal de un momento de entrega, de dicha de ese amor surgido en la playa a primera vista; es el regalo del joven hecho de hilo de pescar que según avanzamos en la lectura lo define como “sagrado”, pero que también va a representar las decepciones que poco a poco irán surgiendo; cada una de ellas harán que se adentren en su ser produciendo dolor e incluso infección (“un pliegue en la piel del dedo cubierto de cicatrices; tu anillo que se revienta hacia el interior”, pág. 242). Para el lector todo esto sorprende y más cuando se fueron a vivir juntos en el mismo instante de conocerse. A mitad de la novela, la madre de la protagonista le dice a su prometido:”To say I love you one must first be able to say the I” (Para amar, primero hay que saber con qué se ama). “Recuérdalo, repitió, no lo olvides nunca”. Esta idea revoloteará hasta el final.

Sinceramente con esta novela, ¿qué se pretende?, ¿recordarnos que la mentira-o la ocultación de hechos- es un mecanismo de defensa que usamos los humanos como necesidad para mantener relaciones comunicativas?; ¿o la frase hecha dime que me quieres aunque sea mentira?; ¿los personajes que aparecen en el escrito son en realidad así o predomina la apariencia, el otro yo?; ¿podemos hablar de ficción, o es que en realidad es puro realismo y lo disfrazamos de ficción? Estas preguntas y muchas otras te van surgiendo a medida que avanzas en la lectura. La narradora es tan vivífica que no me cabe duda de que  es la fidelidad a su propia memoria y esto siempre tiene un sesgo singular ya que el otro protagonista no puede defenderse.

El final me ha sorprendido – aunque, sinceramente, no lo busco en la novela ni es capital- Para mí, lo primordial,aparte del lenguaje, es la cantidad de ideas que aparecen y cómo se organizan; y, claro, si me sirven para la vida. El problema,quizá, es que debió decirlo antes, no después como ocurre en Cinco horas con Mario-aunque en esta tenga mis dudas de que la mujer estuviera enamorada-, que sí ocurre en Perdón. Título que  se puede entender pero que otro hubiera ido más allá. Después de todo, las últimas páginas son sobrecogedoras, repletas de sinceridad, de humanismo (“Porque te llevo en la sangre. Escucha. Desearía que lo supieras (…). Te llevo en la culpa que has plantado, en las manos, en los ojos y en la boca (…) Pero sé, y quiero que lo sepas que cuando llegues al corazón, me moriré”. Todo un alarde de sinceridad en ese mar de desencuentros entre el tú y el yo en el que caben el alcoholismo, la soledad, el suicidio, la mentira, la dependencia, el machismo, la entrega, el no saber, la cultura, el alma, lo inalcanzable. Son relaciones humanas, a veces, difíciles de entender.

 

Portada

 

Hegazi Hoyer, Ida, Perdón. Madrid. Nórdica-libros, 2017

Donde el corazón te lleve

El título original: Va’ dove ti porta il cuore. Es una novela de la italiana Susanna Tamaro, que,al parecer, ha batido récords de lecturas. El tema no es nuevo; el problema existencial nos apabulla y estamos siempre con preguntas.Pero, en el fondo, es un canto a la vida que se nos escapa.Nada nuevo, pero sí el recuerdo de lo que hicimos y haremos, y así vamos dando tumbos sin que sepamos el final.El hado nos persigue y no podemos pararlo.

La novelista descorcha el título en las últimas líneas:”Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, o te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga:aguarda más aún. Quédate quieta,en silencio,y escucha a tu corazón. Y cuando te hable,levántate y ve donde él te lleve”. Qué difícil expresión: cuando te hable el corazón, levántate y ve donde él te lleve. Probablemente si hubiéramos hecho esto el mundo sería otro y nuestra forma de respetarnos otra.

En sí, se trata de una carta-diario-testamento de una abuela que hizo de madre que comienza el 16 de noviembre y termina el 22 de diciembre, fecha esta última escogida a propósito por la espera de la Navidad en el mundo cristiano.Se lee de un tirón porque nace del corazón, de la generosidad,de la sangre,de la verdad, del testimonio, de la cruda realidad, de la visión de generaciones distintas, pero que en ellas subyace que la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo y que las raíces y nuestra manera de proceder ha de tener la misma medida. La consistencia de ambas deben estar cohesionadas para que cuando se presente el viento huracanado no nos destroce. El problema, entonces, radica en cómo ordenar los pensamientos y alardear de la frase clásica “conócete a ti mismo”(γνῶθι σεαυτόν,estaba en el pronaos del templo) que los griegos-se atribuye a Heráclito, Pitágoras, Sócrates, Femonoe, etc.- propalaron hace ya muchos siglos. La pura conciencia se levantará y nos guiará como maestra de la sabiduría.

La última novela de Luis Goytisolo

He hecho un alto en la relectura de Bella del Señor-terminé la primera parte-para leer el último libro de Luis Goytisolo, Coincidencias, 2017. Muerto su hermano Juan, vuelve a hablarse del Premio Nobel para el novelista-académico; escribo esto porque hace algún tiempo-unos siete u ocho años- asistí a una conferencia en la que el protagonista fue un escritor sueco y desgajó que Luis Goytisolo sonaba en Suecia para  el Premio; al final, en el coloquio sugerí que también se tuviera en cuenta a Juan Goytisolo; que se diera, por vez primera, a dos galardonados; hubo silencio, y el escritor sueco me contestó: “tomo nota”.

Mas allá de estas consideraciones, Coincidencias-aun reconociendo que está muy bien escrito para lo que se publica hoy-, hay que felicitarse, pero me quedo con sus novelas de los años ochenta-noventa; ¡cuidado!, entiéndase bien, el libro se lee con delectación, aunque como podemos observar en la contraportada es atípico. Cuando comienzas la lectura piensas que no es una novela; al terminarla, te surgen las dudas; piensas que todo este torbellino son hechos que ocurren hoy, y que además la estructura de la narración se atiene a ese común denominador como son los personajes que participan bien cohesionados. La dependencia del móvil, las fantasías de los jóvenes, las clases altas, los automovilistas cabreados, hombres de negocios, desayunos en hoteles, erotismo, pijos, medio ambiente, hacer la calle, camarera de hotel, despedidas de soltera, ecología, etc.; todo este abigarrado mundo forman lo que se denomina una novela coral. Todo,  un alarde de sabiduría con una escritura rayando la perfección.

Últimas tardes con Teresa, todo un compendio de arte narrativo

Cuando oímos o hablamos de Juan Marsé siempre nos viene a la memoria ese monumento narrativo como es Últimas tardes con Teresa (1966), “Premio narrativa Breve”. La docencia siempre nos lleva a retroceder en las lecturas; es volver a lo que ya está cincelado para siempre en el arte de contar, y sin duda esta novela lo es. Evocando a Vázquez Montalbán es cuando el escritor del Guinardó ingresó “en el club de los novelistas vivos”. De aquí es desde donde se parte para enjuiciar el resto de su obra; y siempre con ese latiguillo que aunque suene a frase hecha es el Marsé que conocemos: “La vida no es como la esperaba. La vida traiciona. Este es mi gran tema literario”.

El personaje “Pijoparte” de la novela ha servido para rememorar, para asentar unas ideas de la España de los años sesenta con ese don tan característico suyo de no alargar sino condensar, ir a la búsqueda del adjetivo que da vida, a la necesidad de contar una historia que le rebullía. Esta no se circunscribe solo a una historia de amor que no cuaja. Si fuera solo eso, no tendría el vigor, el recuerdo constante siempre que nombramos a Marsé. Va más allá; el lector lo podrá entender como quiera, está en sus manos, pero no podrá desfigurarlo; asombro es el adjetivo que se podía describir cuando Marsé leyó lo que se decía de su novela; para nada  coincidía con lo que pretendió. El problema radica en que una vez que el lector compra la novela ya se hace dueño de su interpretación. Se fue más allá, ahí podíamos dejarlo siendo conscientes de que es difícil llegar a penetrar en el creador.

El choque entre Teresa con estudios y perteneciente a la burguesía y Pijoaparte peteneciente  a la clase baja está presente. La dualidad interés-ingenuidad nos atrae. Por una parte, Teresa-progre universitaria- va a la búsqueda de las personas con  conciencia de clase obrera; y por otra, el Pijoaparte desea adentrarse en otra clase superior para en principio aprovecharse. La vertiente burguesía-proletariado es nítida. Casi podíamos decir que llegan a hermanarse, pero terminan huyendo, se niegan. ¿Es imposible ese maridaje o es que solo se necesitaban en un tiempo para comunicarse o sentir? La desmitificación de la idea revolotea por la novela en la que se trasluce la Barcelona de los años sesenta, años de lo que se llamó de desarrollo con el eslogan veinticinco años de paz.

Literariamente  esta novela no  está sola; en estos años surgen otras,  claves como Tiempo de silencio (1961), Volverás a región (1966), Don Juan (1965), Señas de identidad (1965), Cinco horas con Mario(1966).Todas, espejo del arte de contar.