Un nuevo Premio Nobel de Literatura: Kazúo Ishiguro

El nuevo Premio Nobel me sorprendió terminando la novela Clarissa de Stefan Zweig. Volví a sus novelas después de mucho tiempo (Me impactaron Carta de una desconocida y Veinticuatro horas en la vida de una mujer-  las puse como obligatorias en la Facultad-). Una vez finalizada, me propuse leer a Kazúo Ishisguro-lo desconocía-. Cayó en mis manos Never Let Me Go. Estuve a punto de dejarla en el primer capítulo. No caí en la tentación. El hecho de que el Sunday Times la bautizara como “A clear frontrunner to be the year´s most extraordinary novel” o el Washington Post “A wonderful novel, the best Ishiguro”, me hizo continuar.

Ahora bien, quizá debido a que su lengua materna no sea la inglesa haya contribuido a que el estilo no sean esas hebras que se aúnan y ayudan a que  lo contado contribuya a no decaer en la lectura o a mí así me ha parecido-quizá hayan contribuido estos días convulsos-, a pesar de que la narradora intenta hacernos ver con exactitud un pasado de un centro educativo del que nadie podía salir-solo se tenía “vagas nociones” del mundo exterior-; seres que son considerados clones, pero en que el sexo, el amor y el poder forman una tríada necesaria. Es más, todo pulula en este triángulo con el añadido de “Sobre cómo el arte revela el alma del artista”; pero para descifrar este pensamiento se ha entretenido en demasía con los hacedores con un diálogo tan extenso que ensombrece tanto lo narrativo como lo descriptivo.

 De todas formas, la narradora-con una monotonía aplastante y lentitud exasperante- nos ha dado otra perspectiva de una juventud que no conocen quiénes son; una parodia de un colegio-Hailsham- en el que crecen unos jóvenes; todo parece extraño; quizá haya jugado demasiado entre la ficción y la realidad; entre la clonación y el humanismo, o quizá sea una adelantada del futuro que nos espera; por ahora, para mí es difícil imaginarlo. Eso sí, el título y la foto de la portada es llamativa, pero una vez que iba leyendo no hallé esa fuerza de Nunca me abandones. De ahí que haya encontrado desilusión, una vez leída.

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Otra vez Campos de Castilla

Otra vez Campos de Castilla
Despertad, cantores:
acaben los ecos,
empiecen las voces.

Félix Rebollo Sánchez
Cuando se recurre a los clásicos es porque recordamos lo que nos impresiona más allá del tiempo. A mí, uno de los poemas que se me adentró fue la carta poemática a “José María Palacio”, y más en concreto: “con los primeros lirios / y las primeras rosas de las huertas, / en una tarde azul, sube al Espino, / al alto Espino, donde está su tierra”…. Esa carga sentimental del demostrativo me llega alma; como también la dedicatoria del libro-dos meses antes de morir- “A mi Leonorcica del alma”, o los impresionantes versos “Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”. Es el Machado que supo cincelarse en su autorretrato con sus últimos versos; “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”. El poeta García Montero manifiesta que es una verdadera poética, “la explicación del camino elegido en una encrucijada”.
No es de recibo que se le encuadre en generaciones; sabemos por carta a Ortega y Gasset que no lo deseaba: “soy más de su generación que de la catastrófica que Azorín fustiga”; pero, que quede claro que Machado a renglón seguido manifestaba su admiración por Azorín. Pero sí ha permanecido para la posteridad la opinión de Federico García Lorca, que había dos maestros: “Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. El primero en plano puro de serenidad y perfección poética; poeta humano y celeste (…). El segundo, gran poeta, turbado por una terrible exaltación de su yo” . La crítica más exigente lo ha definido como la más alta cima del lirismo, de emoción y melancolía. Ante esto, solo nos resta evocar cómo definía la poesía: “palabra en el tiempo”.
Su fervor por Castilla es nítido cuando publica el libro en 1912 y lo amplía en 1917. Si observamos su pasado hay como un cordón umbilical con la Institución Libre de Enseñanza; no en vano al morir Giner de los Ríos lo plasma en su poesía: “Su corazón repose / bajo una encina casta, en tierra de tomillos, donde juegan / mariposas doradas… / Allí el maestro un día / soñaba un nuevo florecer de España”.
El rechazo a la Restauración es patente; él veía otra España donde se atisba un temperamento fuerte: la del cincel y de la maza (“Una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea). Es el Machado de la soledad pero también de la esperanza. Pero, es la belleza de los versos la que purifica, la que es fuente de esa poesía desnuda en “¡ Colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas, roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria”. O los versos tan señeros, hondos, sentimentales “ ¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco, dame / tu mano y paseemos”. La apelación a Dios: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor contra la mía. / Señor ya estamos solos mi corazón y el mar”.
El largo romance “La tierra de alvargonzález”-unos 700 versos- nos sobrecoge (una leyenda de un labrador asesinado por sus hijos por herencia). El lector no puede quedar impasible ante esos hechos; leyenda que Machado recoge para la posteridad y sirva de acicate para hasta dónde el género humano puede llegar por los bienes materiales-envidia, codicia-, más allá de la forma poética con que lo reviste que posteriormente no prosigue.
Aunque no estamos ante un Campos de Castilla uniforme, es el Machado interiorizado, atento al existencialismo- tan en boga a principios de siglo- en el que hallamos dos segmentos nítidos: esencialidad y temporalidad, la poesía hecha carne, de trozos de cielo.

Ramon Llull (1232-1316), trovador, al séptimo centenario de su muerte

Ramon Llull (1232-1316), trovador, al séptimo centenario de su muerte
Félix Rebollo Sánchez
Cuenta la leyenda que “el crucificado” se le apareció cinco veces con intervalos de varios días. Quizá como consecuencia de este hecho peregrinó a Santiago de Compostela y a Santa María de Rocamador. A su vuelta a Mallorca se entrega a la ciencia, a penetrar en lo teológico a través del arte. Y así, con esa fórmula escribe Ars compendiosa inueniendi ueritatem, 1274.
Que una persona tenga como eje de su pensamiento el recurso literario-y eso que se consideraba “iliterato”- no deja de ser novedoso hoy; sin embargo, no lo fue hace ya siete siglos cuando lo esgrimió para explicar las verdades cristianas, e incluso a fundamentarlas con los principios filosóficos. Su idea- a través de su Arte- debería ser suficiente para convertir a los infieles, sobre todo, primero, a los más sabios; la discusión sobre dogmas fue una constante. Las verdades teológicas las desarrolló para asombro de los racionalistas; Filosofía y Teología hermanadas como fuente saludable para el conocimiento; la dualidad fe-razón como frontón de pensamientos para llegar a penetrar en la hondura existencial.
El libro mas famoso para el que suscribe estas líneas es El libre de les bestias en el que se describe los sucesos dramáticos que acarrea la elección de rey en el mundo de los animales. La entronización del león provocó una masacre de los hervíberos y luchas entre los carnívoros del entorno del rey. El buey y el caballo deciden ir a buscar venganza y consejo al reino de los hombres porque sus hijos han sido devorados. La fábula acaba con el león matando lentamente al zorro y el reino fugaz de los animales desplomándose. De la obra se puede desprender que Llull escribió una fábula sobre el poder abusivo y su uso incorrecto.
En estos momentos, recuerdo que esta obra se estrenó en Madrid en 1997; al menos, el día 23 de enero-fui con alumnos/as-, los aplausos correspondieron a una gran actuación del grupo Els Comediants. Salieron hasta siete veces al escenario a corresponder al público asistente. El mensaje fue nítido: un ataque directo al poder omnímodo, a través de esa historia despiadada que con tanto esmero supieron representar. A pesar del tiempo transcurrido, la obra sigue en pie; la sociedad no ha avanzado tanto.

Meléndez Valdés: un poeta extremeño de la llamada escuela salmantina

Meléndez Valdés: un poeta extremeño de la llamada escuela salmantina

A estas alturas no es exagerado mantener que Menéndez Valdés es el poeta por excelencia de la lírica del siglo XVIII; sin echar en saco roto su prosa ilustrada, en concreto sus Discursos forenses y sus Epístolas; pero, quizá se ha ido lejos cuando es comparado con el gran Lope de Vega; al contrario se vale de él para escribir los romances, hay como una cierta similitud, el recuerdo de Marta de Nevares es plausible. Difícil es mantener que Juan Ramón Jíménez también aletea en sus versos; otra cosa sería si se recurre a Garcilaso de la Vega o a Fernando de Herrera; a este pedestal sí se le puede aupar. Bien es cierto que Meléndez Valdés estaría en lo que se ha denominado la lírica ilustrada como mirador, que no es poco. No es bueno encumbrarlo en demasía si luego los lectores no lo perciben.

En la edición de sus Poesías de 1820-en la imprenta Real de Madrid-, lo primero que lees: “Don Juan Meléndez Valdés. Fiscal que fue de la sala de Alcaldes de Casa y Corte, e individuo de las Reales Academias Española y de S. Fernando”. Y a continuación la poesía “A mis lectores” (….”En ellos coronado / de rosas y alelíes, / entre risas y versos / menudeo los brindis /. En coros las muchachas / se juntan por oírme; y al punto mis cantares / con nuevo ardor repiten”). Estos cantares están impregnados de bucolismo, sensualidad, sentimentalismo, filosofía, lo anacreóntico y una cierta-aunque sea tangencialmente- moralidad. Detrás están los Tibulo, Horacio, Virgilio, Ovidio, Catulo, Propercio, etc.

Dicho por el poeta, uno de sus temas preferidos es la naturaleza-no sé si real o idealizada-, tal vez esta predomine más como anhelo (“En mis poesías agradables he procurado imitar a la naturaleza y hermosearla, siguiendo las huellas de la docta antigüedad, donde vemos a cada paso tan bellas y acabadas imágenes”).

Me permito agavillar su obra por si algún avezado lector se acerca a leerla aunque sea por curiosidad. Odas anacreónticas, La inconstancia. Odas a Lisi, La paloma de Filis, Galatea o la ilusión del canto, Letrillas, Idilios, Endechas, Los besos de amor, Romances, Misceláneas de versos menores, Traducciones de Horacio, Sonetos, Elegías, Silvas, Églogas, Odas, Epístolas, Poesía épica: La caída de Luzbel, Traducciones: Ilíada, Eneida. Poesía dramática: Las bodas de Camacho ( se representó en el teatro de la Cruz de Madrid). Obras en prosa: Discursos forenses, Epistolario, Cartas turcas, Expediente relativo a la reunión de los Hospitales de Ávila, Oficios y documentos varios. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua (“colocándome entre sus individuos de número”).

Coda. Nace en Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo de 1754 y muere en Montpellier en 1817. Sus restos reposan en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de san Justo de Madrid.

Su entrada en el Parnaso fue con la égloga Batilo (1780), que fue premiada por la Academia de la Lengua. Leyó su discurso el 11 de septiembre de 1810 en la Real Academia de la Lengua.

Lo sorpresivo de Bernardo de Balbuena

Ahora que la cultura se deshace por unos y por otros, y el campo de la filología no tiene altura necesaria, cuando menos se espera hallas luminosidad como  fue el caso, a finales de junio, al enhebrar un texto de Góngora-el texto iba sin autor- con Bernardo de Balbuena (1561-1627), ni qué decir tiene que me pasé parte del fin de semana leyendo su poesía. Los elogios de Lope de Vega, Cervantes o Quevedo son más que suficientes para elevarlo a las almenas de la poesía. Valga como ejempo el recuerdo de las laudatorias de Lope de Vega:

Y siempre dulce tu memoria sea,
generoso prelado,
doctísimo Bernardo de Balbuena,
tenías tú el cayado
de Puerto-Rico, cuando el fiero Enrique,
holandés rebelado,
robó tu librería;
pero tu ingenio no, que no podía.

Lope de Vega, Laurel de Apolo (Silva II)

He entresacado estos versos del poeta en este julio caluroso como solaz:

¡Oh bellos ojos, luz preciosa y alma,
volved a mirarme, volveréisme al punto
a vos, a mí, a mi ser, mi dios, mi vida!

Terceto extraído de Siglo de Oro.En las selvas de Erífile