Thomas More

Aunque quizá no se haya dado la importancia que merece a este humanista-que hoy recibiría el apelativo de antisistema (es curioso, cuando se pide justicia nos llaman que eso es populismo, antisistema o se evocan otros regímenes)-.

Cuando escuché a un profesor de la Univesidad Complutense hablar de Thomas More, hace ya muchos años, quedé rendido, prendado del gran canciller de Enrique VIII. Hace 500 años se publicó el 1 de diciembre de 1516, en Latín, en Lovaina (Bélgica), Utopia. Es su estandarte, pero sin olvidar el impresionante Dialogue of Comfort against Tribulation. Aquí aparece el hombre íntegro, su humanismo, su talla, su profundidad teológica, su serenidad mientras esperaba el día determinado para su ejecución. Ha quedado como ejemplo. Hoy, necesitamos estas personas para hacer el mundo más humano, aspecto que la globalización no lo ha conseguido; al contario nos ha hecho más esclavos intelectualmente y económicamente. Vaya el recuerdo para el profesor y para Thomas More (1478-1535).

Hacia otra relectura de Don de la ebriedad

Una nueva lectura para la docencia: Don de la ebriedad

Félix Rebollo Sánchez

Refugiarse en la poesía siempre es un alivio y más cuando el pensamiento atesora capacidades que van más allá del lenguaje denotativo; en este caso, me refiero al poeta Claudio Rodríguez que supo entender la poesía como ebriedad, como entusiasmo, como rapto, como fervor; aspectos que podemos observar en su primer libro de juventud: Don de la ebriedad. Para el poeta es “un solo poema arbitrariamente dividido en fragmentos”. Qué más da que haya conexión o no; quizá la descoordinación nos conduzca a más claridad, más sencillez y a más conocimiento. En sus conferencias, le he escuchado decir que sus primeros poemas “brotaron del contacto directo, vivido, recorrido, con la lentitud de mi tierra, con la geografía y con el pulso de la gente castellana, zamorana”. Se podría definir Don de la ebriedad como libro andariego.

Por mi mente, en estos momentos, revolotea quizá una de sus últimas expresiones en vida: “que me voy de vuelo”; cuando ya la muerte le acechaba llamó al director de la Real Academia Española  para que trasmitiera al resto de compañeros su despedida  con la  frase que ha quedado para la posteridad.

La década de los cincuenta fue rica en poetas que supieron salir de una realidad que les agobiaba y supieron cobijarse en la poesía ( citemos a los que han dejado una estela de esplendor: Blas de Otero y Gabriel Celaya – como abanderados de la poesía social- Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Carlos Barral, Francisco Brines, etc). Claudio Rodríguez, ante una realidad atosigante, eligió la exaltación de vivir, como un camino hacia la aventura, sin explorar; pero fue el contacto con la naturaleza-recurre a vendimia, encina, cosecha, vino, surco, meseta-, con la realidad, sin apenas conocimientos, los que le animaron a trazar versos hondos, sinceros; el detalle más insignificante le sirve como apropiación para su poesía.

Hoy, con mirada retrospectiva, como casi siempre, hallamos los mejores versos en los que se construyeron en momentos de juventud. Los poetas no siempre lo son; dejan de serlo con el paso del tiempo; el halo poético no es para siempre; sus primeras obras conforman un mosaico lleno de perfección; después existe una poesía repetitiva e incluso aburrida; algunos, sin embargo, no lo quieren percibir.

En mi pensamiento han quedado imágenes que la construcción poética de Claudio Rodríguez la ha realizado caminando, en movimiento; la frase textual del poeta “yo he escrito casi todos mis poemas caminando” cobra todo su vigor. Es el poder de crear el que consigue la palabra exacta, precisa; y todo unido a ese ritmo interior que es el que crea el pensamiento para después que el poema hable o calle, no existe intermedio; el canto debe extenderse, debe penetrar en los lectores; es la tarea del poeta como creador del pensamiento, que se sumerge en la contemplación, en la expresión viva.

Todo ese deambular por el marco poético lo hallamos en los tres libros que conforman Don de la ebriedad. El primer verso del libro primero-nueve poemas-, es sobrecogedor: “Siempre la claridad viene del cielo”. Ya está instaurado en lo paradisíaco. Es su mundo poético. El segundo libro es exiguo, consta de dos cantos (“Canto del despertar”, “Canto del caminar”). El primer verso lleva la carga de un presentimiento (“El primer surco de hoy será mi cuerpo”); la luz embellecedora ha pasado, ahora, a dolor (“sí para mi castigo”). Bien es cierto que el poema termina con esperanza al señalar el camino verdadero (“…Entonces / hay que avanzar la vida de tan limpio / como es el aire, el aire retador”. En el “Canto del caminar”, se siente culpable porque se lo gritan (“Quiere que sea así quien me aró. -¡ Reja /  profunda!-  Soy culpable. Me lo gritan. / Como un heñir de pan sus voces pasan / al latido, a la sangre, a mi locura / de recordar”). El desasosiego del poeta es evidente cuando construye estos versos.  Por una parte, la contemplación y por otra, la sabia, estar en el camino para llegar a ese éxtasis poético. Ambos van precedidos de citas (San Juan de la Cruz y Rimbaud).  Pero es en el libro tercero-ocho poemas- donde hallamos la reciprocidad, aunque comience con negrura (“Lo que antes era exacto, ahora no encuentra / su sitio”.); el canto en el que hallamos la relación yo-tú; el encuentro amoroso; es el conocimiento el que lo concita. El adjetivo más apropiado de la ebriedad:lúcida.Así es su poesía.

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Otra vez en una carrera inolvidable: Behobia

Al hablar de Behobia  y ahora al escribir desde la Universidad Complutense-con la medalla puesta,conseguida siempre me viene a la memoria mi madre-que asaltó los cielos-, porque fue al terminar la carrera cuando me susurraron: “la abuela ha muerto”; corría noviembre de 2014. Por eso, en la salida, este 13 de noviembre de 2016, me acordé de ella y se la ofrecí, ahora que ya halló la felicidad eterna. No perdió su hermosura ni cuando dejó de existir, y aunque resuelta ya en ceniza, no dejará la belleza porque esta es verdad según la tradición poética o más en concreto la keatiana, o incluso hace unos días no lo recordaba Francisco.

Con voluntad férrea, partí con miles de atletas para entrar en Donosti con una sonrisa a flor de piel como manda la tradición y así la alegría se desborde entre las miles de personas que nos esperan para animarnos nombrándonos. Vale la pena, volver para participar y luego compartir nuestro entusiasmo con los demás.

Durante el trayecto, la animación fue continua y sincera; se vive como algo propio; si vienes una vez, te engancha y haces lo imposible por volver; pero, ante la imposibilidad siempre permanecerá el recuerdo gratificante de tanta gente  con ese ánimo que te llega al corazón y, a veces, cuando ya falta poco se te pone la piel de gallina, temblorosa. Es como un escalofrío emocionante y, sobre todo, cuando faltan unos metros para cruzar la meta; la felicidad compartida es plena. Y luego los masajes, y “cómo ha te ido”, “qué tal” y otras frases en las que hallamos cercanía, fraternidad en el atletismo. San Sebastián el sábado y el domingo se vistió de hermosura-con lluvia- con gentes venidas de pueblos lejanos y de países remotos.

Hay que ser agradecidos; por eso “gracias mil” a los que me apoyaron ya desde el kilómetro uno; el primero fue un niño de corta edad el que me dijo: “ánimo Félix”; se lo agradecí y le rocé la mano que extendía al lado de una mujer guapísima-supongo que su madre-. Y ya en las primeras rampas fue continuo mi nombre; gracias ese grupo de universitarios que me reconocieron por la espalda y dijeron; “ánimo Rebollo nos vemos en el cross”; les respondí, en alta voz, nos vemos el sábado en el cross de la Universidad de Nebrija; y cómo no recordar a esas jóvenes por esos piropos que destilaron que iban más allá del ánimo; también en mi mente quedará para siempre otro niño que casi coronando el primer puerto sobre el kilómetro siete extendió su mano y me ofreció una botella de agua precintada; la emoción me embargó por un instante. La carrera de Behobia es así.

Para mí, la subida del kilómetro catorce al diecisiete este año fue durísima; parece que nunca terminaba; de ahí que ante tantos aplausos una vez coronada levantara los brazos con los puños cerrados hacia arriba y abajo al mismo tiempo varias veces fuera una señal de victoria; el entusiasmo del público con sus aplausos y “Félix, Félíx, que puedes, así a tu ritmo” me llegara al corazón que agradecí abriendo los brazos como un avión que llega y cerrándolos hacia el corazón en agradecimiento. A lo lejos, ya se veía Donosti; los últimos kilómetros fueron gozo; qué alegría me entró cuando torcí la última curva, a mano izquierda, para enfilar el último kilómetro y medio en esa recta única en la que un público enfervorizado, entregado, aplaudía  a rabiar y gritaba  el nombre del atleta y oías la música y al “speaker”. La emoción es tan grande que hay que controlarla; sientes que las piernas  se han endurecido tanto que no sabes si al final conseguirás entrar en la meta para obtener la medalla que  tengo puesta, como agradecimiento a esta carrera donde de verdad sientes la humanidad de sus gentes. Atleta si no has ido, vete y participa, tu mentalidad será otra desde cualquier almena que te posiciones.

También el recuerdo para los que no pudieron terminarla en el tiempo que se exigía, bien porque se lesionaron, bien por falta de voluntad; mi deseo es que no decaigan y lo intenten otra vez y retengan en su mente el “sí se puede”; ante la dureza de esta prueba la voluntad es primordial.

Finalmente, mis felicitaciones más sinceras para los 23.973 atletas que la terminaron con la esperanza de que en 2017 nos veamos coronando esas curvas de ballesta y nos demos ánimos, esto será buena señal.

Lope de Vega en el teatro de la Comedia de Madrid

Nos tenemos que felicitar por la vuelta del Lope todopoderoso-en su tiempo se parodiaba el Credo de los cristianos: “creo en Lope de Vega, todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”- a los escenarios, esta vez con la obra El perro del hortelano, basada en un hecho popular que convierte en una de las cimas del teatro universal. Digámoslo sin miedo, que la palabra se valga por sí misma, y hagamos oídos sordos a los chascarrillos que, a veces, se cuentan en la docencia y en el periodismo tanto escrito como oral; estos son los alicortos, los de sin ideas, los que no lo leen, los que no saben, a los que les da miedo enarbolar su poesía y su dramaturgia, en donde han bebido poetas, novelistas, dramaturgos y cineastas. La Generación del 27 le tuvo como maestro. En 1935 con motivo del tercer centenario de su muerte, la revista Cruz y Raya publicó un número en homenaje a Lope que incluía una notable antología de poesía y el auto de La Maya. 

Sí sabemos dónde se enterró, pero su sepultura desapareció-sus restos fueron revueltos en fosa común-; bien es cierto que el duque de Sessa pagó los funerales, que duraron nueve días; la capital se paralizó. Madrid entero se sumó al entierro que tuvo lugar en la iglesia de san Sebastián; en este rincón geográfico donde nació, la cultura siempre ha sido signo de provocación y eso que él y tantos han hecho lo posible para que no fuera (¿se puede ser libre sin cultura?).

Con esta obra, triunfa el amor más allá de todo convencionalismo, como también fue el suyo al final de su vida; ya sacerdote, le arrebataron los ojos verdes de Marta-esos ojos en los que Lope se miraba-, no le importó ni la diferencia de edad-30 años- ni que fuera casada, ni el hecho  de que ya estuviera consagrado a Dios; pidió dispensa y se fueron a vivir juntos. He ahí una persona ebria de amor; por eso, cuando muere Marta, dos años antes que él cincela los versos más emocionantes y sentimentales(“Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa  (….). Permíteme callar solo un momento, / que ya no tienen lágrimas mis ojos /  ni conceptos de amor mi pensamiento”).

No me cansaré de repetir que como poeta y dramaturgo es el más grande en lengua castellana; exactamente como W. Shakespeare en lengua inglesa. Si Lope hubiera nacido en Gran Bretaña, los dos serían, hoy, los mejores como poetas y dramaturgos universales; y eso sí, Lope estarían enterrado en Wenstmister Abbey, o el pueblo donde hubiera nacido se convertiría en asombro e irían en peregrinación a postrarse ante el autor.

Y cómo no decirlo, ya en el bachillerato y después en la licenciatura en Filología siempre me impresionaron los versos dirigidos a Marta que ante su ceguera y locura la cuidó hasta su muerte, esto se llama fervor ante un ser querido; por eso, el excelso poeta-para José Hierro era divino- ante su muerte desliza la pluma y escribe: “No quedó sin llorar pájaro en nido, / pez en el agua ni el monte fiera, / flor que a su pie debiese haber nacido / cuando fue de sus prados primavera; / lloró cuanto es amor, hasta el olvido / a amar volvió, porque llorar pudiera, / y es la locura de mi amor tan fuerte / que pienso que lloró también la muerte”. 

Lo que faltaba por oír

Asombro y tristeza si se lleva a cabo. Sinceramente pensé que esto ya estaba superado. Alguien ha sugerido que se retiren, se apilen, se donen o se metan en cajas libros antiguos de una biblioteca para poner los libros actuales porque no hay sitio; inmediatamente me vino a la mente el famoso artículo de Muñoz Molina donde nos contaba que una concejala de cultura quiso hacer lo mismo en su tierra y el pasaje de Don Quijote de a Mancha.

Ante este disparate, no se pueden aceptar ideas trasnochadas cuando hablamos de biblioteca; esta, claro, como templo espiritual, como arroyo que nos conduzca hacia el pensamiento, y este como fulgor, como llama eterna, que sea salvífica, luz ante tanto despropósito. Ese relámpago cultural lo hallamos en los libros clásicos; no los encerremos, no los destruyamos, que aquí yace la savia, la riqueza humana.