El chascarrillo “nuevo periodismo”, que no se sostiene

Pensé que el sarampión del “nuevo periodismo” había sido superado; pero no, se prosigue con el chascarrillo insostenible, se mire por donde se mire, con motivo de la muerte de  Tom Wolfe. Lo que hizo fue introducir la literatura en el periodismo, lo que se ha llamado el relato informativo en el que subyacen los elemento fundamentales del hecho narrativo, como el monólogo interior, la descripción, la observación, las coordenadas espacio-temporales.Exactamente lo que hace Talese que siempre estuvo “orgulloso, de contar las historias tal y como fueron sin engrandecerlas”.  Nada nuevo si leemos el mejor periodismo inglés y español del siglo XIX. Hay que desterrar  lo que  se repite machaconamente: Talese, padre del nuevo periodismo junto a Wolfe, aunque para los menos versados solo citen a este último. Esto aburre.

En España tomó cuerpo en los años ochenta. Me viene a la mente el Doctorado en Ciencias de la Información en el despacho del profesor Martínez Albertos; fueron auténticos debates-por cierto, no faltaba nadie y con puntualidad-. Fue uno de los cursos más fructíferos- me refiero del Doctorado porque en la Licenciatura no lo tuve-. Tal vez yo puse más ardor cuando debatimos el rótulo “nuevo periodismo” o el larriano “Ya soy redactor” ya que era Doctor en Filología Hispánica y Catedrático de número de Lengua y Literatura. Sea como fuere me lancé con la máxima: en su nacimiento, el periodismo fue el mundo de la literatura. Por no remontarnos a la antigüedad, los juglares y trovadores transportaban las noticias y la literatura, y aquellas revestidas de lo literario. Los pliegos sueltos era verdaderos textos periodísticos-literarios que fueron pregonados por truhanes y mendigos en las ferias y mercados. Su difusión alcanzó gran importancia, sobre todo entre las gentes del común que no podían comprar libros. No es el momento-ya lo hice- de diferenciar el periodismo de la literatura, aunque en muchos aspectos estén imbricados. El periodismo se arropó de literatura, y esta esanchó su campo con las nuevas formas periodísticas.

Cómo no recordar a Antonia Gala que  en el suplemnto dominical de El País, titulado “En propia mano”; se despachó a gusto cuando arremetió contra el marbete de “nuevo periodismo”: “el denominado nuevo periodismo (que consiste, según sus representantes, en no saber escribir y en salpicar de olor dudoso las cuartillas) y la baja estofa del envase en que se sirven los artículos, de aquí a nada, para leerlos buenos, tendremos que reeditar a tres o cuatro nombres ya póstumos, o a punto”.

Un ejemplo que siempre se ha citado para relacionar el periodismo y las técnicas de la novela realista ha sido el libro Los ejércitos de la noche, publicado en 1969, de N. Mailer en el que interrelaciona historia, reportaje y novela. La protesta por la guerra de Vietnam se convierte en una narración; la marcha hacia el pentágono es verídica, pero antes, este hecho real, el autor sabe adobarlo con germen literario. es lo que se llamó “el nuevo periodismo”, cuando en realidad estábamos ante el periodismo de siempre; un periodismo que se leyera como una novela.Portada de la obra Literatura y Periodismo en el siglo XXI

Ayer, ante las dos páginas de El País, respondí vía twitter que ni Wolfe, ni Talese, ni Capote, ni Mailer inventaron nada. Y además añadía que antes de escribir hay que saber. Muy pronto nos olvidamos de lo que se enseña en las Facultades de Ciencias de la Información: conocer, comprender, confirmar, contar. Las famosas cuatro “c”.

Finalmente,vamos a ver y recordar: el término “nuevo periodismo” (new journalism) apareció por vez primera en el año 1889. Matthew Arnold fue el primero el que lo utilizó en el diario vespertino Pall Mall Gazette, por cierto que acogió a dos literatos de renombre como G.B. Shaw y O. Wilde.

Y como hoy en el diario El País ha saltado la noticia de una nueva obra teatral de los hermanos Machado, recordemos lo que Antonio escribió en La Voz de Soria: “Rehabilitemos la palabra en su valor integral”.

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Otra vez en la Hoz del Huécar

¡Por fin hubo luz!; se temió que este año “por quítame estas pajas” no se celebrara la carrera, ya santificada, “Hoz del Huécar”. La alegría fue enorme cuando entre los/las atletas saltó un fogonazo, que sí, que sí, que se celebra, después de que durante más de un mes apareciera que no había carrera. Del desencanto pasamos a lo celestial.¿Cómo nos iban a cortar las enamoradizas hoces con sus parajes, el bajar del agua-ese runrún inconfundible-, el encanto con que trepas, sudoroso pero altivo ante un paisaje acogedor que invita a la contemplación, a  adentrase en un paraíso que enaltece? Este trece de mayo de 2018 quedará en nuestra mente porque el “no” se convirtió en “sí”. Tuvimos que esperar demasiado para volver a la flor de  senderos. La menos participación   sin duda ha sido debido a que se propaló “urbi et orbi” que no había. Me viene a la mente el último verso del Romance del prisionero: “¡dele Dios mal galardón!”

Este año con un tercio menos de participantes-se percibió en los hoteles y en las compras que solemos hacer- asaltamos, otra vez, los cielos de Cuenca. En alguna ocasión he manifestado que hay dos carreras que te impregnan, te purifican, te glorifican: la Hoz del Huécar y la Behobia-San Sebastián. Sin ellas, te falta algo. No necesitan publicidad, la transmitimos de boca en boca los que participamos. Son, simplemente, únicas.

Alicortas e injustas serían estas líneas si no diera gracias mil cuando alguien en alta voz me lanzó ¡ánimo, profesor! durante la carrera, y  ya en la recta alfombrada final para llegar a meta ante el griterío de la gente alguien susurró ¡vamos Rebollo! entre acogedores aplausos. Evocando al poeta habrá que volver la próxima primavera a “Cuenca cierta y soñada, en cielo y tierra”.

El poeta Federico Muelas enalteció a Cuenca con un soneto ya famoso:

Alzada en limpia sinrazón altiva
–pedestal de crepúsculos soñados–,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?

¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.

Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.

¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.

Está esmaltado en el jardín de poetas.

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Vista del puente san Pablo y parador de turismo. Antiguo convento de los PP.Paúles.

De vuelta a La Lozana Andaluza

El recurso a la literatura clásica siempre nos sumerge en lo existencial. Cuando, hoy, los alicortos te ven con una lectura de estas te dicen, “¿pero todavía con eso?, ¿es que no la has leído?, ¿ a estas alturas?, eso es pasado”. Ante estos improperios de personas cultas, te quedas petrificado y sientes tristeza. Estos son los que generalmente no leen y casi me atrevería a decir que tampoco han leído la obra que tienes entre manos-aquellos que se contentaban con apuntes o resúmenes de obras en la carrera, no importa que sean o fueran amigos-. Ahora, con La Lozana Andaluza (1528-acabada,”primo de diciembre, año de mil quinientos e veinte e cuatro”-); claro que sí (la obra, que nadie ose decir la película); la luz hay que ponerla encima del celemín. Las relecturas aprovechan más y sobre todo si leíste una obra por obligación para pasar un examen. La alegría que sientes es enorme ante esta novela dialogada en la que te quedas pensativo por ese lenguaje vivo, cercano, pletórico de sabiduría, ¡y estamos hablando del siglo XVI!  Es la vuelta al conocimiento, a la relajación, a lo placentero ante ese saber expresarse sin artilugios o alambiques. Y además, un tema en el que sobresale la vida misma de una época determinada con esos mamotretos de Francisco Delicado y un personaje estrella con la tríada onomancía  Aldonza, Lozana, Vellida-ya en su ínsula Lípari-   en la que percibimos esa vitalidad renacentista.

En el mamotreto último-LXVI-, Lozana te deja en suspenso al querer relatarnos su última voluntad porque sabe que “tres suertes de personas acaban mal, como son : soldados y putanas y osurarios, si no ellos sus descenndientes; y por esto es bueno fuir romano por Roma que, voltadas las letras dice amor”. Y finalmente,  recuerda a su pretérito criado Rampín que el astrólogo les había dicho que uno de nosotros había ir a paraíso (“Quiero que este sea mi testamento. Yo quiero ir a paraíso, y entraré por la puerta que abierta hallare, pues tiene tres, y solicitaré que vais vos, que lo sabré hacer”). Aunque fuera solo por el lenguaje que usa a lo largo de la novela merece entrar por la puerta más grande del paraíso, eso sí con música celestial ataviada de guirnalda tejida de flores y ramas primaverales.

No podía faltar la digresión que cuenta el autor en Venecia-donde se publicó- como colofón a una obra que tenía que estar escrita con letras de oro para la posteridad; ¡tantos siglos han pasado y ahí está para que nos acerquemos, vivamos ese peregrinaje tan lleno de vida! Qué temía el autor que en los renglonnes finales advierte: “que de otra manera no lo publicara hasta después de mis días, y hasta que otrie que más supiera lo emendara”. A buen seguro que temió por su vida ante lo que escribe. Es decir, la verdad no interesa, es cercenada, machacada-¿en alguna época no lo fue?- ¿Y nos extrañamos que la gente se rebele, diga no? Lo habitual era que se publicara sin el nombre del autor. El anónimo equevale en esa época a realidad viviente. No olvidemos que Francisco Delicado fue clérigo por eso sabía lo que escribía, pero también nos advierte de: “Por tanto, para gozar  d´este retrato y para murmurar del autor, que primero lo deben bien  leer y entender”. De ahí que en su Argumento en el cual se contienen todas las particularidades que ha de haber en la presente obra escriba: “Solamente gozará d´este retrato quien todo lo leyere”. Aviso a navegantes.

Meditaciones de Hispano-América

Con retraso leo el ensayo Meditaciones de Hispano-América de Agapito Maestre, una de las voces más exigentes en el campo de la filosofía por el carácter intelectual que nos aporta su habla, su escritura y docencia-Catedrático-. En su momento, sí leí El placer de la lectura (2007) y El fracaso de un cristiano (2010). Dos libros capitales para entrever los entresijos del egregio profesor.

Una de las ideas que sostiene es la referente ” sin literatura no hay pensamiento”, clave en el campo de la filosofía que con acierto Agapito Maestre hace suya y la extiende ya dede el primer capítulo del libro. El dístico literatura es filosofía o filosofía es literatura lo aprendí en el bachillerato; en aquel tiempo, el profesor nos hacía pensar, leer y debatir en clase; si traigo esto a colación es para ser agradecido con quien entendía la literatura como vida, como algo inherente a la persona; en este “blog” creo haberla repetido en otra ocasión, que en realidad es el sustento del mismo.

Ya en la portada nos invita a qué pensadores recurre para exponer sus ideas, basadas en esa relación entre literatura y filosofía para llegar al conocimiento y pensamiento; el hecho de que elija  la expresión significativa “no hay pensamiento sin soneto” (pág. 55) lo dice todo para interrelacionar lo que suscribe. Sorprende que recurra a Sor Juana Inés de la Cruz como estandarte de la poesía hecha de trozos de cielo (“la más grande poetisa que la Nueva España haya parido”,pág.61) al no ser estrictamente filólogo; eso demuestra su gran preparación y lector de aquellos que denominamos clásicos. La galería de autores en los que incide son como el maná que todo lector debe tener como canon más allá de su ideología. No podemos, por ejemplo, dejar de leer la Historia de los heterodoxos españoles  de Menéndez Pelayo; es la otra orilla en la que se cimenta parte de nuestra cultura, bien histórica o literaria. La envidia o la ignorancia no pueden sepultar la otra cara que con sabiduría plasmó el santanderino. El sectarismo de una orilla o de otra nos lleva a la sinrazón, propio de los iletrados que cada vez abundan más; eso sí, sacan pecho y no se percatan de su ignorancia.

Alegría, cómo no, cuando cita a Galdós varias veces- además de dedicarle cuatro páginas-; en una de ellas: “uno de los más grandes novelistas en lengua española de todos los tiempos”. Por mi cuenta añado: “el más grande novelista en lengua española/castellana después de Cervantes”. ¿Quiénes lo han denigrado incluidos algunos críticos ramplones hoy? Sencillamente los envidiosos, los que no aceptan que tuviera voz propia, los que alambican su prosa, los tullidos, los salteadores literarios, los que no tienen ideas y se columpian con algún chascarrillo, que han oído, para salir del paso-y encima creen que es verdad y lo hacen bien-. Todos se opusieron-conservadores, progresistas- cuando la Academia sueca lanzó su nombre en dos ocasiones para que recibiera el Premio Nobel. Solo un puñado de jóvenes ateneístas encabezados por Pérez de Ayala protestaron ante las Cortes (hemos avanzado poco, porque antes sí se podía manifestarse ante el Congreso de los Diputados-Galdós lo recoge en varias ocasiones, por ejemplo en La fontana de Oro- (1870). Ahora nos tenemos que contentar en los aledaños, y no pidas justicia o cultura que raudo te denominan “populista”, “radical”; hoy, a Galdós le crucificarían y le denominarían igual- no olvidemos que se adelantó al Concilio Vaticano II- léase Gloria- y a Francisco- léase Nazarín). Por favor, no opines si no la has leído y comprendido, que de estos abundan.

Del capítulo II llama la atención María Zambrano: “la más grande pensadora de España”, pág. 129. La tríada “libertad, tragedia, historia” recoge todo un pensamiento que hizo suyo  la Exposición conmemorativa que se realizó a la filósofa en el año 2000. Rotundo es el profesor Agapito cuando escribe que “Zambrano es la gran exiliada de nuestra filosofía, pues su gran verdad, su gran descubrimiento, está al margen de la España actual”, pág.132. Insiste el ensayista que hoy, todavía, la que fuera discípula de Ortega, está en la “orilla de España, en los márgenes del debate cultural”.

Loa capítulos tercero y cuarto está dedicados a Nietzsche. Sobresalen el poema de Blas de Otero dedicado al filósofo (entresaco: “Amo a Nietzsche (…) /. España, patria despeinada, en llanto / . Ríos con llanto. Lágrimas caudales”.), la reescritura, la angustia conquistada,  Nietzsheanismo de Ortega, de Gaos.

En el epílogo-basado “entre vivir y pensar”, el autor vuelca su conciencia-con ánimo orteguiano- en el estudio, en la lectura y en la mirada antes de afirmar, leer y, sobre todo, hablar. En definitiva, en el clásico pindariano “sé tú” que tanta ciencia y cultura nos han traído. Y finalmente, realiza un panegírico al poeta Carlos Cano (“murió la voz de la experiencia, de la vida”, pág. 216) y al filósofo García Bacca, sobre todo por sus Confesiones (“estas confesiones son quizás una mirada susceptible de caer en la maldad, pero jamás en la malicia”, pág. 223).

Valgan estas espigas para remover cenizas por si hay rescoldo con que calentarnos.

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Maestre, A., Meditaciones de Hispano-América.Madrid, escolar y mayo, 2010

Nota del ensayo Regulación y control sobre contenidos audiovisuales en España

Entre mis manos un ensayo en el que se debate libertad de expresión y la ya manida expresión de poderes públicos como si estos fueran el maná que rompe con un derecho inherente de los humanos: la libertad como algo salvífico.¿Se puede ser persona sin ella? La regulación de lo audiovisual en el siglo XXI no es tan fácil; la globalización no ha traído lo que en un principio se esperaba como agua de mayo; las cortapisas y los muros ciegos, a veces, pueden con la transparencia como algo capital en la sociedad. Pero, todo hay que decirlo: en la sociedad democrática es difícil, aunque se intente un control. Tampoco las redes sociales trazan un camino certero en el que quepa todo.

El libro abarca e intenta clarificar lo audiovisual, hoy, en diecisiete capítulos divididos en tres partes rotuladas: “Democracia y control de contenidos audiovisuales en la era digital”. “Principales ámbitos de protección y objetivos de la regulación sobre contenidos audiovisuales para una sociedad democrática”. “Actores y protagonistas del control sobre contenidos audiovisuales en sociedades plurales y democráticas”,  mas una introducción en la que se visualizan los motivos por los que es necesario la regulación de lo audiovisual. Si se consigue que estos trabajos sean faro  se darán por satisfechos los hacedores de las diversas almenas que lo conforman.

El apartado primero, se desliza por la conexión entre “regulación y democracia” que con tino describe Elisenda Malaret apoyándose en noventa y tres notas a pie de página, necesarias en el trabajo de investigación y una amplia bibliografía. Todo lo investigado nos conduciría a “una mayor transparencia y responsabilidad tanto de las instituciones públicas de regulación como de las instancias privadas de autorregulación, pero sobre todo aumentar las capacidades y la formación de todos los ciudadanos” ( pág. 72). Es decir, a una sociedad perfecta, pero difícil de llevar a cabo, aunque haya que exigirlo.

Mabel López se detiene en los contenidos audiovisuales en internet. Problema arduo cuando nos adentramos en plasmarlos con el ordenamiento jurídico. La profesora concluye con cinco ideas que tienen como basamento “ni todo lo que se hace en internet supone el ejercicio de la libertad de expresión ni del derecho a la información” (pág. 93). Siempre se ha dicho que Gran Bretaña ha sido pionera en la regulación; en este hecho ha ahondado Manuel Pereiro; nos recuerda que este estudio se debió a una estancia de investigación en “London School of Economics Political Science”. La primera parte termina con “El derecho al olvido digital” de Emilio Guichot. Al aparecer nuevas tecnologías de la información, los controles se han transformado. Lo más interesante son las reflexiones a que llega el autor al final del trabajo (págs.136-140). Entresaco, “la acuñada dogmática sobre la libertad de información y su ponderación con el derecho a la intimidad, a partir de los criterios de la relevancia y la veracidad, se ha convertido en la clave para el diseño del nuevo ´derecho al olvido´”.

La segunda parte es la más extensa con ocho capítulos-189 páginas- en los que hallamos un conglomerado de expresiones y palabras que ya de por sí nos dejan pensativos: libertad religiosa, libertad de expresión. odio, discurso sexista, Código penal, regulación audiovisual, políticas de igualdad, educación, calificación por edades, redes sociales, facilidad para su transmisión, mundo globalizado, intransigencia, derechos humanos, publicidad, machismo, etc.

El carácter mercantil lo llena todo con un referente nítido: la publicidad; el conflicto es menor; los poderes públicos si intervienen hay una estampa mucho más nítida, el control se hace llevadero y la autoregulación funciona mejor, sobre cómo establecerlos es el estudio que realiza María del Rosario Fernando, y los contenidos admisibles en materia publicitaria y cuáles no son analizados por Belén Andrés.

Los discursos de odio y los conflictos que sobresalen han hecho que el Código penal haya sido reformado, no olvidemos la discriminación sexista tan en boga en el siglo XXI impropia entre humanos y más en una sociedad avanzada. Cómo aunar educación y contenidos audiovisuales, más políticas de igualdad, el discurso de odio y la libertad religiosa, la protección de los menores de edad-la actividad sancionadora- son hechos que con sabiduría los podemos leer en los capítulos cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez. En realidad es el corpus que abandera esta segunda parte.

La tercera parte está conformada por reflexiones de la regulación-contenidos, limitaciones, riesgos- en España en las que se percibe el buen hacer y disposición de los que nos concierne. Así, no solo los contenidos audiovisuales sino también sus riesgos, y, a veces, sus limitaciones. Las herramientas jurídicas son esenciales para el desarrollo de los audiovisual, de ahí que la Administración pública debe estar atenta para superar cualquier anomalía.

Me ha llamado la atención de esta parte el capítulo catorce en el que Isabel Fernández Alonso desde la Universidad Autónoma de Barcelona analiza con nitidez e inteligencia “las actualizaciones más controvertidas en el contexto del debate secesionista (2012-2015)”. El trabajo en sí rezuma sabiduría no solo porque nos acerca a un tema tan convulso y de actualidad sino también por el organigrama del mismo. Son nueve páginas que parten de la “Comunicación de la Comisión Europea al Consejo, al Parlamento Europeo, al Consejo Económico y Social y al Comité de las regiones” e, inmediatamente, aborda el “Consell de l´audiovisual de Catalunya”, el primero en regulación audiovisual y “el que aúna más competencias, al ser, por ejemplo, el único que otorga licencias de emisión” (pág. 368). Para el que suscribe esta reseña ha sido una sorpresa que la autora haya tenido la valentía de descifrar y puntualizar lo que acontece en la Cataluña actual con claridad. Su capacidad intelectiva va más allá de un entusiasmo pasajero.