Grandes esperanzas (Great Expectations), penúltima novela de Charles Dickens

No sé si se vuelve a leer a Dickens o siempre estuvo en el candelero; en mi caso, cuando la oportuinidad se  presta-como ahora la novena edición que lanza la editorial Cátedra- me viene  a la memoria la expresión galdosiana: “mi maestro más amado”. Fue un espejo para el más grande novelista después de Cervantes del que también bebió. Tal vez no le faltaba razón a Pérez Galdós.

Que para muchos Great Expectations sea la mejor novela no es suficiente si no prende en los/as lectores y  la traducción no es lo suficiente atractiva o no recoge el verdadero espíritu del autor. Por lo que a mí respecta, estamos ante un hecho esclarecedor por no decir radiante cuando acometemos su lectura; ya el hecho de que María Engracia Pujals haya realizado la traducción es más que suficiente para acercarnos a su lectura.

Del novelista inglés se han dicho tantas cosas positivas que solo nos resta leerlo aunque solo fuera por su innovación en el arte narrativo y cómo no por los ataques a la sociedad victoriana, y más clarificador fue que participara del gran momento de la novela, como género descollante en la segunda mitad del siglo XIX. Pero, más allá de estructura, de estilos, de detalles asombrosos de la sociedad del siglo XIX, disfrutemos de su lectura por su bien saber contar; en este sentido Dickens es un grande y de ahí el recuerdo perenne.

Dickens, CH., Grandes esperanzas. Madrid, Cátedra, 2016

Doña Inés: un recuerdo filológico

Los que nos dedicamos a la docencia tenemos que hacer muchas relecturas para explicar mejor nuestra capacidad en el arte docente y cumplir mejor con los programas que tenemos que explicar; esto  ocurre a veces; ahora, entre mis manos, Doñas Inés de Azorín, que así se conoce a José Martínez Ruiz. Lo primero que nos viene a la memoria es ese estilo pulcro, breve, con que adorna lo que cuenta; aunque haya sido definido como escritor de una página, también va más allá cuando nos adentramos en el resto de géneros.

El epílogo está firmado en San Sebastián el año 1925, y antes LI títulos que hacen la delicia estilística, en los que traza lo cotidiano para elevarlo a la perfección lingüística. Su primera estampa es el Madrid de finales del siglo XIX, concretamente “las afueras del barrio de Segovia” (Casa de Campo, el Campo del Moro y el Parque de Palacio). Nos maravillamos cuando leemos esta prosa tan nítida y tan sugerente que hoy quisiéramos ver en la actualidad.

Thomas More

Aunque quizá no se haya dado la importancia que merece a este humanista-que hoy recibiría el apelativo de antisistema (es curioso, cuando se pide justicia nos llaman que eso es populismo, antisistema o se evocan otros regímenes)-.

Cuando escuché a un profesor de la Univesidad Complutense hablar de Thomas More, hace ya muchos años, quedé rendido, prendado del gran canciller de Enrique VIII. Hace 500 años se publicó el 1 de diciembre de 1516, en Latín, en Lovaina (Bélgica), Utopia. Es su estandarte, pero sin olvidar el impresionante Dialogue of Comfort against Tribulation. Aquí aparece el hombre íntegro, su humanismo, su talla, su profundidad teológica, su serenidad mientras esperaba el día determinado para su ejecución. Ha quedado como ejemplo. Hoy, necesitamos estas personas para hacer el mundo más humano, aspecto que la globalización no lo ha conseguido; al contario nos ha hecho más esclavos intelectualmente y económicamente. Vaya el recuerdo para el profesor y para Thomas More (1478-1535).

Hacia otra relectura de Don de la ebriedad

Una nueva lectura para la docencia: Don de la ebriedad

Félix Rebollo Sánchez

Refugiarse en la poesía siempre es un alivio y más cuando el pensamiento atesora capacidades que van más allá del lenguaje denotativo; en este caso, me refiero al poeta Claudio Rodríguez que supo entender la poesía como ebriedad, como entusiasmo, como rapto, como fervor; aspectos que podemos observar en su primer libro de juventud: Don de la ebriedad. Para el poeta es “un solo poema arbitrariamente dividido en fragmentos”. Qué más da que haya conexión o no; quizá la descoordinación nos conduzca a más claridad, más sencillez y a más conocimiento. En sus conferencias, le he escuchado decir que sus primeros poemas “brotaron del contacto directo, vivido, recorrido, con la lentitud de mi tierra, con la geografía y con el pulso de la gente castellana, zamorana”. Se podría definir Don de la ebriedad como libro andariego.

Por mi mente, en estos momentos, revolotea quizá una de sus últimas expresiones en vida: “que me voy de vuelo”; cuando ya la muerte le acechaba llamó al director de la Real Academia Española  para que trasmitiera al resto de compañeros su despedida  con la  frase que ha quedado para la posteridad.

La década de los cincuenta fue rica en poetas que supieron salir de una realidad que les agobiaba y supieron cobijarse en la poesía ( citemos a los que han dejado una estela de esplendor: Blas de Otero y Gabriel Celaya – como abanderados de la poesía social- Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Carlos Barral, Francisco Brines, etc). Claudio Rodríguez, ante una realidad atosigante, eligió la exaltación de vivir, como un camino hacia la aventura, sin explorar; pero fue el contacto con la naturaleza-recurre a vendimia, encina, cosecha, vino, surco, meseta-, con la realidad, sin apenas conocimientos, los que le animaron a trazar versos hondos, sinceros; el detalle más insignificante le sirve como apropiación para su poesía.

Hoy, con mirada retrospectiva, como casi siempre, hallamos los mejores versos en los que se construyeron en momentos de juventud. Los poetas no siempre lo son; dejan de serlo con el paso del tiempo; el halo poético no es para siempre; sus primeras obras conforman un mosaico lleno de perfección; después existe una poesía repetitiva e incluso aburrida; algunos, sin embargo, no lo quieren percibir.

En mi pensamiento han quedado imágenes que la construcción poética de Claudio Rodríguez la ha realizado caminando, en movimiento; la frase textual del poeta “yo he escrito casi todos mis poemas caminando” cobra todo su vigor. Es el poder de crear el que consigue la palabra exacta, precisa; y todo unido a ese ritmo interior que es el que crea el pensamiento para después que el poema hable o calle, no existe intermedio; el canto debe extenderse, debe penetrar en los lectores; es la tarea del poeta como creador del pensamiento, que se sumerge en la contemplación, en la expresión viva.

Todo ese deambular por el marco poético lo hallamos en los tres libros que conforman Don de la ebriedad. El primer verso del libro primero-nueve poemas-, es sobrecogedor: “Siempre la claridad viene del cielo”. Ya está instaurado en lo paradisíaco. Es su mundo poético. El segundo libro es exiguo, consta de dos cantos (“Canto del despertar”, “Canto del caminar”). El primer verso lleva la carga de un presentimiento (“El primer surco de hoy será mi cuerpo”); la luz embellecedora ha pasado, ahora, a dolor (“sí para mi castigo”). Bien es cierto que el poema termina con esperanza al señalar el camino verdadero (“…Entonces / hay que avanzar la vida de tan limpio / como es el aire, el aire retador”. En el “Canto del caminar”, se siente culpable porque se lo gritan (“Quiere que sea así quien me aró. -¡ Reja /  profunda!-  Soy culpable. Me lo gritan. / Como un heñir de pan sus voces pasan / al latido, a la sangre, a mi locura / de recordar”). El desasosiego del poeta es evidente cuando construye estos versos.  Por una parte, la contemplación y por otra, la sabia, estar en el camino para llegar a ese éxtasis poético. Ambos van precedidos de citas (San Juan de la Cruz y Rimbaud).  Pero es en el libro tercero-ocho poemas- donde hallamos la reciprocidad, aunque comience con negrura (“Lo que antes era exacto, ahora no encuentra / su sitio”.); el canto en el que hallamos la relación yo-tú; el encuentro amoroso; es el conocimiento el que lo concita. El adjetivo más apropiado de la ebriedad:lúcida.Así es su poesía.

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