Reflexiones en un Madrid caluroso

En un Madrid caluroso, en el sur y en el norte, con tres años de diferencia,  las similitudes son el común denominador en cuanto al conocimiento y a la forma; son los mismos errores; me han sorprendido aspectos que un filólogo tenía que haber superado a estas alturas y más si ya imparte docencia. La formación que debe tener un filólogo parece que cayeron en tierra baldía; no solo me refiero a las faltas de ortografía y a los signos de puntuación sino tambíen al arte de escribir y a la oralidad. La semilla cayó en tierra pedregosa. ¿Qué hacer? Imbuirnos de lecturas, acercarnos al templo del conocimiento como son las bibliotecas; es aquí donde debemos pensar para que las ideas que tenemos afloren sin que el estilo se alambique, sea fruto de la sapiencia que día tras día adquirimos.

No es de recibo alardear de que ese día estuve mal, no tuve suerte o que no tienen ni idea; no te columpies en esos asertos; sé tú y demuestra en otra oportunidad que ya has asumido la superficialidad con que te presentaste, simplemenrte, a ver si este año, por fin, la consigo después de tanto tiempo  de experiencia; esta, sin embargo, cuando la experiencia no nos ha servido para hacer un buen ejercicio, hacemos fe de la idea de B. Shaw: “lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. Hay que demostrar al dramaturgo que no es así. Inténtalo y demuestra al clásico que no estás en ese tabernáculo.

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