Octavio Paz, una voz crítica

Mañana se cumplen, 31 de marzo, cien años de su nacimiento. En otro tiempo era obligatoria su lectura; incluso en la selectividad madrileña ha desaparecido la poesía hispanoamericana en el siglo XX en la que brillaron, entre otros, Pablo Neruda, César Vallejo y Octavio Paz. En este se aunaron la poesía, ensayo y el pensador al que se recurría por su forma de entender el mundo. Su excepcionalidad nos perfumó, siempre estuvo presente. Los artículos periodísticos, los libros Los hijos del limo (la búsqueda de un nueva belleza, una actitud, una nueva forma de vida), El laberinto de la soledad, Árbol adentro, Tiempo nuublado, Libertad bajo palabra (“La oposición entre sueño y vigilia es otra manera de expresar la dualidad que, a mi entender, anima secretamente a todo quehacer poético: la libertad condicional de la obra”), y Sor Juana Inés de la Cruz –para parte de la crítica su obra maestra, y eso que era agnóstico- constituyen un aldabonazo significativo en la literatura universal, como si todos los tiempos se dieran cita, más allá del momento en que se escribieron. Octavio Paz permanece como guardián de la forma hecha carne; incluso cuando nos cinceló para la posteridad que el amor “es un destino, una vocación, una pasión”.

En su momento, el crítico Rafael Conte lo definió como “su mayor grandeza es ser un intelectual en el mejor sentido de la palabra, y su servidumbre que lo acusen de intelectualista”.

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