Montenegro (Comedias bárbaras)

Acabo de llegar del teatro Valle-Inclán de Madrid  situado en el populoso barrio de Lavapiés-la O.N.U., según algunos- para ver una adaptación de las tres comedias valle-inclanescas que han sido, son y serán un referente en la historia del teatro. El que las lee por vez primera repetirá con el paso del tiempo. He tenido por costumbre, no ha mucho, leer cada año una y debatirla con los alumnos en clase. Me hubiera gustado releer Romance de lobos antes de ir a la representación, pero esta vez no ha sido posible porque en estos días vacacionales estoy volcado en las novelas de Asa Larsson, que estaban a la espera.

Vaya por delante que fui al teatro un poco a remolque dado que no me agrada que se representen las tres comedias en una; pero también por el director, dado que la adaptación que hizo de Doña Perfecta no me convenció. Y efectivamente ha hecho su “Montenegro”. Mejor hubiera sido un Romance de lobos de impresión porque es la obra totalizadora, el fruto de las comedias que tanto éxito han dado a Valle-Inclán. No sé por qué se recurre al “flash-back”, innecesario a todas luces. No vale decir que se escribe para “el público joven”, y qué hacemos con el resto; o es un chascarrillo o un “un brindis”, me refiero a la expresión acuñada ; es impropio de un director de escena.

Aprovecho para lo que no leen y se dejan llevar por lo que se dice-por el run-run manualesco-, que el autor gallego admiraba a Pérez Galdós, aunque hubiera algún malentendido que ya he explicado por escrito y oralmente en varias ocasiones. Los que traen a colación la expresión de Luces de bohemia son los alicortos, los tullidos, los que miran con anteojeras.

No es que esté decepcinado por la representación-no olvidemos que en Valle se percibe una “ópera omnia”, todo es uno- sino que hubiera sido mejor representar a ese Don Juam Manuel Montenegro de Romance de lobos en el que la soledad, la muerte, la aungustia, el sentimiento de culpa, el enfrentamiento de padres-hijos, su desenfrenada vida amorosa o su entrega a los oprimidos, a los que no tiene voz (“La redención de los humildes hemos de hacerla los que nacimos con ímpetu de señores cuando se haga la luz en cnuestras conciencias“), y más ahora en tiempos de tribulación.

Hubiera sido una ocasión para  aunar la dualidad rito-teatro y contemplar ese destino en el que nos aferramos los humanos. Cómo no imbuirnos,casi al final, de la expresión “¡Llego para para hacer una gran justicia, porque vosotros no sois mis hijos!…Sois hijos de Satanás! “. Mi humilde impresión es que se fue por el camino más fácil. Pero que quede nítido que todos los personajes actuaron acorde con el texto y al menos para mí alcanzaron una nota alta. Lo mismo de la música que coadyuvó a que los espectadores estuvieran más atentos y a la comprensión. Quizá lo negativo fue que  el teatro no se llenó para ser un viernes. Tampoco contribuyó al éxito la lentitud en algunas escenas; además de las tres horas y cuarto que permanecimos en las butacas. Finalmente, no se aplaudió en demasía; no olvidemos que el que asiste a las representaciones es el que marca lo realizado; de todas formas, merece la pena que vayamos a verla a pesar del alto precio, dicen que es debido al I.V.A., pero ahí los espectadores no entramos. Quedémonos que el gallo clarineará (no recogida en el diccionario)  pronto en la alborada

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