Una lengua mutante

Ayer nos desayunábamos con un artículo del escritor Sergio Ramírez titulado “Una lengua cambiante y múltiple” que lancé vía “twitter” urbi et orbi con el adjetivo de memorable. Hacía tiempo que esta cuarta página del diario El País-26 de octubre, página 29-, no se vestía de hermosura. Ante las palabras hueras, inanes, rimbombantes de los políticos-incluido el que representaba al Jefe del Estado Español-  que fueron al VI Congreso Internacional de la Lengua Española, no está de sobra nuestra felicitación por este fragmento publicado con que el escritor nicaragüense nos ilustró en la inauguración. Intentaré buscar todo el discurso para degustarlo como merece.

La palabra como portadora de nuestro pensamiento; si la perdemos, nos quedamos desnudos ante la historia, ante nosotros; hay que transportarla, lanzarla, ser voceros de los que no tienen voz, sabiduría. Pero, si gran parte de nuestros actos tienen como objetivo encantar, ser  ejemplo, ¿por qué no lo escribimos?, ¿por qué no somos espejo, decantamos las palabras, las llenamos de poesía, de música? No las evocamos para nosotros sino para la otredad, de ahí la importancia de la creatividad. Somos como peregrinos que anunciamos nuestro pensamiento después de un esfuerzo; dadores de formas en las que el significante cobre su máxima perfección para alcanzar la connotación. Kant nos recuerda que la verdad de un poema, de un escrito, es la integridad de su forma. Arrebatador es que Keats nos plasme que la verdad es belleza y esta verdad. Cuando creamos, cambiamos. La forma es lo nutriente de lo que hacemos, exactamente lo que nos recomendaba Rilke: “cambia tu vida”.

No podemos quedar inermes ante la dejadez, el vacío con que enhebramos nuestros pensamientos. Y es exactamente lo que le contesta Hamlet a Polonio:

Polonio: ¿Qué estáis leyendo, Señor?

Hamlet:  words, words, words

La palabra como evocadora, no puede ser inane; si así fuere nos avocamos al vacío. Hay que recuperarla para fecundar la imaginación. Para eso supongo que se habrá celebrado el Congreso; no para alborotar sino para ampliar conocimientos, para ahondar, para pulir, para zambullirse en el lenguaje, para el goce de la palabra; o, al menos, para eso debería servir; aún, y a nuestro pesar, estará la clase política de las dos orillas que  inflará el pecho con palabras esdrújulas, con frases ampulosas y sin sentido, hueras, que no contribuyan precisamente a dignificar el Congreso; este sería el mal, la palabrería vacía, inane, empalagosa y no la creatividad, el conocimiento, evocar el mejor tú, o simplemente, buscar el nombre exacto de las cosas como nos recordó Juan Ramón Jiménez.  

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