Azorín y la crónica parlamentaria

Azorín y la crónica parlamentaria.

Félix Rebollo Sánchez

Esta modalidad aparece con la primera Constitución en 1812 en Cádiz, en la Iglesia de san Felipe Neri, en la que en una capilla lateral estaba reservada para los tipógrafos y periodistas. Benito Pérez Galdós nos recrea este episodio,  en procesión, desde la Isla de León (San Fernando), acompañan a los diputados desde la iglesia mayor hasta el teatro  que había sido habilitado para celebrar las sesiones de las Cortes:

 El sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más (…). El pueblo venía acompañando a los diputados, con gritos de ´Viva la Nación´. ´A las Cortes´. ´A las Cortes´ (…). Y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy lo como poesía y música, que decía: del tiempo borrascoso que España está sufriendo va el horizonte viendo alguna claridad. La aurora son Las Cortes que son sabios vocales remediarán los males dándanos libertad.

 En las primeras sesiones afloran los llamados periodistas. Estos son los que iniciarán lo que hoy conocemos como crónica parlamentaria. Eran los intermediarios entre los diputados y la sociedad. Al no ser las sesiones públicas era el medio más certero y directo para saber qué se aprobaba o discutía. No sólo se informaba sino también se intentaba explicar lo acontecido, como la vestimenta, la voz, su forma de hablar, los movimientos; no sólo, por tanto, era una mera información.

El primer cronista parlamentario fue Francisco Sánchez Barbero, que fue habilitado para la sesión de las Cortes el 24 de septiembre de 1810. No podemos olvidar, tampoco, a Benito Pérez Galdós con sus crónicas magistrales; como muestra:

Estas flores de que hoy hablaré no son las silvestres de los campos ni las cultivadas en huertos y jardines, ni las que, en gallardas macetas o en rústicos tiestos, decoran los salones de los ricos y las ventanas de las casas pobres. Son pura y simplemente flores retóricas, de las que crecen con pasmosa lozanía en la selva inmensa de nuestra oratoria parlamentaria. Ya se sabe que en Madrid, así como hay temporada de ópera, hay también, en su sazón oportuna, la temporada de la discusión del mensaje de la Corona, y es ya tradicional que en estos debates se haga exhibición gallarda y completa de todo lo que poseemos en materias de arte de la palabra.

Wenceslao Fernández Flórez  comparaba al cronista “con un pescador de caña que, sentado en la ribera de la tribuna de prensa, esperaba a que picaran”.   Gómez de la Serna lo definirá como “el mago que anima lo que se había quedado mudo y desusado”[1].

No todo periodista vale para tal menester; esta forma periodística va más allá de la información, ya que según la tradición se deben tener en cuenta los movimientos de las personas, la forma de hablar, de actuar. Pasado un tiempo, la vigencia de la misma es una cualidad. No a todos los periodistas se les puede mandar este trabajo. La observación juntamente con el estilo son primordiales para llevar a cabo su cometido. El periodismo como acción se hace realidad en Azorín. Y sin duda fue un gran cronista de Las Cortes. Es el género periodístico que más practicó. Fue distinto, no sólo por su estilo. Buscó otras formas y  llevó el frescor a lo que podemos denominar periodismo especializado. Su comienzo en este arte fue en  el diario España  el 28 de enero de 1904, con el título “Impresiones parlamentarias”. Es cuando también aparece firmado con el nombre de “Azorín”. Al principio, la técnica de la ridiculización en sus crónicas es una constante. Casi nadie se salva de la ironía, ni siquiera el Presidente de la Cámara Romero Robledo. A partir de 1916, segunda etapa, Azorín se detendrá más en las denuncias, por ejemplo cómo algunos diputados acceden a sus cargos, no precisamente por voluntad popular. La excepción de estas dagas la podemos observar en Maura. Siente admiración por él (“Y lo más admirable en él no son las palabras. sino en los gestos”).       

Con el título “Impresiones Parlamentarias”, a partir de octubre de 1905, las podemos leer en el periódico España.  La característica irónica prosigue en sus crónicas. Pero lo que más llama la atención es su lenguaje fresco, rico, aleccionador y la estructura con que adoba sus pensamientos. Y esto, sobre todo, lo hallamos en la crónica parlamentaria; podemos decir que se especializó en “crónica parlamentaria”.

Azorín ingresa en el ABC en 1905. Sus crónicas parecen que llevan más enjundia. La seriedad, sin perder la ironía de sus primeras crónicas, es lo que predomina. El comentario político en estos años fue capital; el lenguaje se enriquece con nuevos términos y con una amplia visión de la realidad parlamentaria.

Con la Segunda República vuelve, de nuevo, a las crónicas parlamentarias; arremete contra la monarquía; para entonces, ya no estaba en el ABC. Después en 1935 perderá la fe en la República.

Luis Carandell al abordar al escritor manifiesta que su cualidad estriba en haber convertido la crónica parlamentaria en un género literario[2]. No sólo se queda ahí, sino que lo describe como el inventor de la “crónica parlamentaria”.     

 [1] Gómez de la Serna,  R., Azorín . Buenos Aires, Losada, 1948, pág. 150

[2] Carandell, L,  Se abre la sesión. Barcelona, Planeta, 1998,  pág. 269

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