Última novela de Luis Goytisolo: El lago en las pupilas

Cuando me acerco a los hermanos Goytisolo (Luis y Juan, José Agustín murió) bien para leer una novela, un artículo o un ensayo, me viene a la mente la expresión, que ya he escrito alguna vez, el castellano se viste de hermosura. Ahora, estos días navideños me he dado a la lectura de El lago en las pupilas (Madrid,Siruela, 2012, 156 págs.), y de nuevo hallo esa perfección con que el novelista cuenta unos hechos que no sorprenden, pero que la memoria ya decae por el tiempo transcurrido, o simplemente, hoy estamos imbuidos del materialismo más procaz. Su Santidad,en su alocución de año nuevo, lo ha denominado “capitalismo salvaje”. Ya era hora. 

Atras quedó su tetratología Antagonía que leí hace mucho tiempo-ahora reeditada en un solo volumen este año-, y su Estatua con palomas; en sí, para este lector, insuperables. Al terminar el verano nos lanza otra. La novela me la he tenido que leer dos veces para poder escanciar no solo el contenido, sino también la fuerza estilística con que acostumbra. Son historias entremezcladas que nos absorben, pero que al final necesitamos otra lectura, y aun así la duda, la respuesta se nos escapa. No importa si el pueblo Ríofrío existió; pero lo que queda nítido es que tenía Casino y Ateneo (“ya sabes lo que pasa en los pueblos: o eres del Ateneo o eres del Casino (…). Al Ateneo veníamos los que éramos de izquierdas. Y al Casino, los que éramos de derechas. Ahora nadie es de nada”; es decir, las dos Españas; la primera, la de porque lo mando yo y a callar; la otra, el progreso, la ciencia, la tolererancia, el respeto, la libertad (“también era posible percibir diferencias de actitud entre los asiduos del Casino y la clientela del Ateneo. Aquí, más que para discutir, parecían acudir para escucharse los unos a los otros, casi como en una reunión de terapia de grupo en la que cada cual esperase pacientemente su turno para poner de relieve ante los demás su manera de ser, su singularidad…”). El espacio que choca con el de Riofrío es Locarno, lugar de encuentro, de exilio. Y en los dos, la búsqueda del conocimiento; el autor solo nos traza retazos, pletóricos de vida; el poder hilvanarlos dependerá de qué hebras usemos para, al menos, comprender las cuatro líneas narrativas que se entrecruzan.

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