El teatro clásico francés

 En la primera mitad del siglo XVI, en Francia, todavía pervivían los géneros medievales; hacia la mitad de siglo se introducen las representaciones de los comediantes italianos. Ya, a finales, y en los primeros años del siglo XVII triunfa lo que ha venido en llamarse teatro barroco, que se caracteriza por la transgresión de las reglas, como romper las unidades de lugar, tiempo, acción, mezcla de lo trágico y lo cómico que se prolongará hasta el primer tercio del siglo XVII.

El cambio en la dramaturgia francesa fue porque los preceptistas vindicaban una vuelta a las normas aristotélicas; había que volver al modelo clásico. Reverdecer la nítida separación entre tragedia ( en verso) y comedia (en verso o prosa), división la obra en cinco actos, imposición de las tres unidades de tiempo, lugar y acción, rechazo de las complicaciones en la trama, distribución de los personajes según los géneros (burgueses y plebeyos para la comedia; los graves para la tragedia).  Esta vuelta fue bien acogida por el poder. Es la época más grandiosa de la escena francesa en la que destacan P. Corneille, J. Racine, Moliere.

Para la posteridad ha quedado Moliere (1622-1673) como el más grande, el más leído y representado. Además de autor fue empresario, director y actor. Al principio se dedicó al teatro ambulante.  De prototipos universales se les puede llamar a los personajes cuando observamos lo vicios y los defectos que desarrollan. En su lenguaje hallamos naturalidad; cada personaje se expresa según su condición, y resalta lo conversacional lleno de viveza y de expresividad. Su mayor aportación consistió en saber ensamblar la crítica social con la comicidad. Risa sí, pero denunciadora. Entre los rasgos formales de sus obras, destaca el empleo cómico del teatro dentro del teatro. Una fuente importante para su teatro fue  la “commedia dell´arte”.

Tartufo (1664), primero en tres actos, es una sátira contra la hipocresía religiosa. El sector eclesiástico se opuso y se prohibió. En 1667, Moliere presentó otra versión que volvió a prohibirse a instancias de los eclesiásticos. En 1669, se presenta otra versión, esta vez, con el visto bueno del rey. En el fondo lo que quería era desenmascarar a los falsos devotos, esos que vivían a cuerpo de rey en casa ajena, simplemente porque se autoproclamaban jefes de los moradores de la casa (se cree que detrtás estaba la asociación religiosa la Compañía del Santo Sacramento, denominado también “partido devoto”). El éxito fue de época, arrollador. La obra Don Juan o el festín de piedra (1665) no tuvo tanto éxito; la adaptó al espíritu cortesano francés, pero no tiene la fuerza de El burlador de Sevilla (1616) de Tirso de Molina, que es quien fija el nombre. El misántropo (1666) representa un ataque a la frivolidad de la buena sociedad parisina. El avaro (1668), en cinco actos, está escrita en prosa, y nos recuerda La olla de Plauto, en la que critica la avaricia, así como los matrimonios de conveniencia y el abuso de autoridad paterna. El enfermo imaginario (1673) es otro ataque a la profesión médica, al abuso de la autoridad paterna y a los matrimonios de conveniencia. El autor que fue uno de los personajes en su representación, sufrió una indisposición cuando interpretaba el papel del enfermo, en la cuarta representación,  y murió poco después.

P. Corneille ( 1606-1684) ha pasado a la historia del teatro como el que trazó un modelo de tragedia francesa, como el creador, que después mejoraría J. Racine. Lo que le distingue es que se centró en el conflicto interior de los personajes y no en las acciones. Pasión y deber como los ejes fundamentales de la acción humana; en sus obras se decanta por el deber.

El éxito de su dramaturgia radica en la representación de El Cid en 1636, inspirada en Las mocedades del Cid (1618) de Guillén de Castro; el reproche le vino porque no se ajustaba a las normas clásicas. En las obras Horacio (1640), en la que exalta el patriotismo; Cinna (1641), inspirada en Séneca, desarrolla la clemencia; en opinión de la crítica la más perfecta, y no solo por la tragedia del emperador Augusto a la hora de elegir entre el deseo de venganza y el bien del Estado. Poliuto (1642) atacó esas normas. A estas abría que añadir las comedias Mélite (1630), El mentiroso (1644). Su teatro destaca por ese estilo ágil, rápido, envolvente; sigue las tres unidades, pero, sobre todo, la acción; y, en general, nos presenta una estructura compleja para que sea bien representada, no tanto para su lectura.

J. Racine (1639-1699) consiguió con sus tragedias formas estilísticas sobrias, pero suficientes para mejor entender la trama con ese pesimismo con que las traza. Se adaptó a las tres unidades clásicas de acción, tiempo y lugar. No podemos olvidar que  sus temas eran semejantes al de las tragedias griegas. Las mujeres ocupan un lugar destacado en las que la fatalidad está ahí, como perseguidora. El desenlace de las tragedias está en consonancia con la visión pesimista del mundo.

Escribió mucho, pero las obras que más significaron fueron un puñado, entre las cuales están Andrómaca (1667), paradigma del amor no correspondido. Británico (1672), Berenice (1670) y, sobre todo, Fedra (1677) su estandarte, como símbolo de la libertad frente a los tabúes. Otra vez, el marco cercenado. Recordemos los versos pasionales: ¡Mi esposo vive, y ando de amor por otro todavía! / ¿Por quién? ¿Qué corazón aspiro a conquistar? / Cada palabra mía me eriza los cabellos. / Ahora ya mis crímenes colman la medida. / Esto en mí es, a la vez, incesto e impostura”.

 Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España

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