En el arca literaria: presentación del novelista Jesús Ferrero

Este es el extracto de  la presentación que hice del novelista, en la década de los noventa, en un centro público, que ahora transcribo. No lo leí-nunca lo hago, ni en la presentaciones, conferencias, y menos en clase-, pero sí lo escribo antes. Solo hago la excepción cuando presento a un académico, como fue el caso de José Luis Sampedro. No sé por qué, pero alguien me lo dijo cuando estudiaba el bachillerato, al cual agradezco.

Hace ya bastantes años, a principios de los ochenta, me ocurrió una anécdota que resultaría el embrión de mi acercamiento a la novela de Jesús Ferrero. En una clase de literatura de tercero de bachillerato, en los debates que solía hacer de las obras literarias, me soltó de sopetón una alumna que estaba harta de tanta obra clásica, y que a ella lo que le gustaba era la novela actual, que nos dejáramos de tanta Celestina; le respondí que en el C.O.U. tendríamos todo un año para leer, debatir y acercarnos a esa literatuba que añoraba. De todas formas, le pregunté qué estaba leyendo, y me dijo que Belver Yin de Jesús Ferrero, -¿lo conoce?, -le dije que no. Ni siquiera la  novela; -pues se la presto, mañana se la traigo.

Pensé, sinceramente, que con 17 años, lo que quería era llamar la atención, fruto de la edad. Me llevé una agradable sorpresa, la novela me encantó. No solo lo que narra sino cómo lo cuenta. Para mí fue como un ventarrón de aire fresco, fue como una ventana que se abre de golpe, era algo que necesitaba la nueva novela española en los inicios de la década de los ochenta, y creo que después gozó del fervor de los lectores, sobre todo de los jóvenes. Ese fue el primer conocimiento quue tuve de Jesús Ferrero. Desde entonces, me dí a su lectura. Si ese fue el primer aldabonazo del novelista, el segundo lo constituye otra anécdota, incluso más atrevida. Bajaba por Santa Engracia (Madrid), camino de mi casa, cuando me encuentro con otro profesor, que imparte clase en una Escuela de Magisterio de Madrid; nos saludamos, y me dice que el curso pasado, era el 89/90, yo había tenido una alumna suya en la asignatura Historia de la Literatura en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, y que le había alegrado que hubiera puesto como lectura obligatoria la novela Belver Yin, pero que no me perdonaba que solo hubiera dedicado una clase a Jesús Ferrero y una semana a Juan Marsé. Ese es el principio, y el final, ya que la literatura ha sido barrida de todos los Planes de Estudio, no solo de los de secundaria. Y como no hay dos sin tres, a principios de este curso 91/92, repasando las lecturas de la educación secundaria, me encuentro, de nuevo, con el nombre de Jesús Ferrero, y un nuvo libro Ulaluna. Lo propuse como lectura obligatoria, y fue aceptada por el Departamento.

Y ahora, resulta que lo encuenro, aquí, a mi lado. ¿Qué puedo decir de su novela? Creo que entró a principios de los ochenta con fuerza en el mundo novelístico; en su momento fue considerado como unos de los principales valores de la narrativa. Cuenta en su haber, que yo haya leído, Belver Yin, Opium, Débora Blenn, El efecto Doppler, Ais el salvaje, Los reinos combatienes, El secreto de los dioses. Y en este año me quedé, salvo el cuento Ulaluna, que he leído este curso.

Lo que más destaca de su trayectoria novelística es que ha sabido respetar las leyes de lo que se entiende por novela; el rigor, en este sentido, ha sido absoluto. Sí llama la atención que en sus novelas aparezca lo andrógino, no sé si será algo metafórico, o es que los hombres aparentamos ser más femeninos, y la mujer, por el contrario, más masculina, o es que intenta fabular desde el caos como elemento paradigmático. Otro aspecto importante es el silencio con que adoba la historia; es como una atmósfera oreada de silencio. Y no es cuestión de determinar en esta más que en la otra, creo que es una constante. En Belver Yin, siempre nos vendrá la duda de si “la auténtica fidelidad se instala en el pensamiento y en la conciencia”; y si esta novela es la historia de una fidelidad de pensamiento y por consiguiente un canto a la vida; el crítico Rafael Conte describe la novela como “una especie de pedrada en el centro mismo de las aguas del estanque”. La novela se apartaba de los caminos abiertos en la nueva narrativa. Sedujo y fascinó, y hoy hablar de Jesus Ferreo es remontarnos al año 1981 y su Belver Yin. Con Opium se adentra en ese difícil camino de la muerte; esa transmigración por el valle de la muerte nos conduce a lo trágico.

Si en estas dos novelas, por una parte, recurre al plano de la vida, y por otra al de la muerte, en El efecto Doppler aúna los dos conceptos para llevarnos al puro existencialismo; es la cara oculta de un paseo por el amor y la muerte. Y es en Alis el salvaje donde quizá se note más ese silencio al que aludía, tal vez para que el lector respire, para que rellene los espacios en blanco, para reclamar la tradición oral; lo que se ha denominado el “cuenta cuentos”. Los que llegan tarde al lenguaje piensan, como Alis, que detrás de cada palabra hay algo misterioso; por vez primera, recurre a los entresijos de la historia; hallaremos una visisón muy personal de las últimas pestes que asolaron Europa en los siglos XVI-XVII.

  La alusión a la Gran Muralla China lo podemos leer en Los reinos combatientes. Corresponde a lo que podíamos llamar crónica fabulosa, quizá la novela más débil desde el punto de vista narrativo por lo que la crítica denominó como errores de configuración lingüística. De ahí que se esperara otra novela que sepultara el sabor de la última, y creo que lo consiguó con El secreto de los dioses, en la que presente, pasado y futuro se agrupan para intentar llevarnos a ese misterio que es la vida.

Addenda. Evidentemente, no traté en la presentación del Ferrero del siglo XXI porque no habíamos llegado, pero que quede constancia de esa añoranza de los años sesenta en su última novela El hijo de Brian Jones (2012), en la que música y literatura se hermanan, o esa fábula existencial narrada en Juanelo o el hombre nuevo (2000).

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