Reflexiones sobre la dicotomía Literatura-Periodismo

Artículo dedicado a mis ex alumnos/as que supieron entender las ideas que plasmo, casi en una trayectoria que toca a su fin, después de tanto tiempo haciendo lo posible para que fructificaran.

¡Cuántas cosas se han dicho, a veces, sin una raíz que lo sostenga, del supuesto estilo periodístico! Ahora, cuando recordamos ese pasado “de manual”, pensamos que fuera de clase no se puede sostener. En general, no creíamos en tal estilo; el consabido dogma que el estilo periodístico es único, sólo puede conducirnos a la superficialidad, que ya nuestro Juan de Mairena tachaba de pedantesca por el hecho de negar las cosas cuando no son como nosotros pensamos. De este modo, los llamados periodistas-escritores o escritores que escriben en periódicos se han encargado de desmitificar “el estilo periodístico” como maná caído del cielo.

 Los lectores, en toda época, siempre han apreciado escribir bien, y este estilo no tiene otra denominación que estilo literario; aquí es a donde debe llegar el periodista, a conquistar tal estilo. Espléndidas páginas nos han legado los Larra, Pérez Galdós, Azorín, Unamuno, Díez Canedo, Joan Maragall, E. d´Ors, Valle-Inclán, Ortega y Gasset, M. Azaña, Josep Pla, Juan Goytisolo, Camilo J. Cela, Antonio Vilanova, Torrente Ballester, Francisco Umbral, Vázquez Montalbán, Muñoz Molina, Antonio Gala, Lázaro Carreter, Zamora Vicente, Manuel Rivas, García Montero, Millás, etc.

Es la escritura, por tanto, la que determina el estilo y no unas formas hipercodificadas. Cada periodista tendrá un estilo, una personalidad distinta, y, por ende, deberá estar muy lejos de la fraseología o de los clichés léxicos. Lo que nos hace distintos, por el contrario, es el esfuerzo intelectivo para llegar a captar con la expresión justa lo que acontece.

¿Que es difícil? Sin duda, esa es la diferencia entre el estilo ramplón y el literario; a este es a donde se debe tender, la meta de cualquier periodista que se precie de tal. Un simple escribidor ahoga las páginas de un periódico, ya sean informativas o culturales.

No se trata tampoco de un ornamento falto de significación, sino de un lenguaje suficientemente sencillo, pero, al mismo tiempo, enriquecedor en el que lo estético sea una constante periodística. ¿Por qué hurtar las imágenes más bellas enhebradas de calidad expresiva a los que un día decidieron imitar a los que escribieron soberbias páginas al matricularse en las distintas Facultades de Ciencias de la Información?  ¿Por qué, todavía, al que escribe bien se le desdeña en las aulas y se le dice que eso es literatura? Pues claro, ¡qué  va a ser, si no!; esos alumnos /as que escriben bien han conquistado las cimas más altas del periodismo, y a eso ya desde Aristóteles se le llama literatura, que no es otra cosa que el arte de escribir.

Si los planes de estudios de los futuros periodistas no tienen como cimientos la lengua y la literatura, es no entender en qué consiste la formación integral de los mismos; es estar en las “batuecas”. Y, por favor, no se nos diga “lengua sí, literatura no”. ¿De qué sirve que diferenciemos la irregularidad de un verbo o los diferentes fonemas de una palabra si no sabemos construir una frase? La literatura siempre ha sido portadora, creadora del lenguaje. La información,  comunicación, opinión, novela, ensayo o poesía se hace con palabras, que antes el hacedor de las mismas ha conocido por medio de lecturas y la observación de la realidad. Si nos negamos a que los futuros periodistas lean la mejor literatura del pasado e incluso actual, estamos predeterminando un estilo simple, alicorto, un camino tortuoso en el aspecto formal, y también la capacidad sugeridora que aquellos escritores alcanzan con su magisterio.

 La lectura como premisa esencial, como ejercicio de indagación, como aprendizaje totalizador. He ahí la cuestión.   Por favor, no nos implanten la obligatoriedad de la ignorancia. Dejémonos de tanto forraje, de tanta noria y vayamos a lo que da vida, estilo, pensamiento, formación, otra cosa. Déjennos que nuestra imaginación bucee en la soledad, en el placer, en lugares inhóspitos, en lo imposible, en el pasado, en el pensamiento para romper con la tiranía del “locuelo” de turno. No queremos salvadores. Déjennos con nuestra meta: “el texto literario como objeto de reflexión científica”. Para expresarnos mejor sólo tenemos un lugar común: la literatura. ¿Por qué eliminar la savia de nuestra formación? Sabemos que existen otros mundos, otras formas, pero todos caben en aquél.

Con ocasión de la investidura de “Doctor Honoris causa” de Francisco Umbral por la Universidad Complutense nos recordó que el periodismo literario está incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual. Él, ¡qué bien supo amasar lo que leía para que hoy sus lectores vean las imágenes más bellas en las palabras!, sustrato de lo literario.

La palabra en el tiempo escribió Antonio Machado. ¡Qué razón tenía quien tuvo  que marcharse por la intolerancia de unos y la poca inteligencia de otros! Esa palabra evocadora, que algunos llaman inútil, siempre ha estado sometida en las dictaduras de turno. Los poderes decisorios siempre tienen la tentación de cercenar el pensamiento, y una forma es decir que la literatura no sirve para nada.

La doble reflexión que se debe producir entre el escritor y el lector es lo que duele, lo que desorienta, lo que no se quiere. Hace ya algún tiempo el novelista y académico Antonio Muñoz Molina escribió que “en su trato con la literatura, el poder siempre ha tenido la tentación de la piromanía (…). Ni una sola tiranía se ha olvidado de someterla al tribunal de los inquisidores y al celo de los pirómanos”. En este mismo sentido, con otras palabras, el tan denostado, en otro tiempo, Benito Pérez Galdós, aludió a lo mismo.

Con este bagaje cultural, ¿cómo vamos a hurtar a los futuros periodistas del “miajón” de sus estudios, como es lo literario? ¿Se puede extirpar en nombre de “no se qué”, que aquí no cabe la literatura sin que se den razones convincentes, la memoria universal de los hombres que nos han legado el conocimiento existencial, la felicidad, historia, psicología, geografía, rebeldía, tolerancia, el  progreso, el testimonio, la capacidad de amar, lo imposible?

 Y todo adobado con las mejores palabras, con la palabra exacta en un mundo tan sucedáneo en casi todo. ¿Por qué poner trabas a la lógica?  Ese estilo conciso, rápido, improvisado se cuece antes con las lecturas de obras que ciframos como literarias. Después, sin saberlo,  desembocará en lo que llamamos estilo periodístico, que si se conquista la máxima belleza y precisión que cabe en la expresión, recibe el nombre, sin miramiento, de estilo literario.        

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