La literatura del siglo XVIII: ensayo y teatro

Las palabras intelectual y cultura nos conducen al rótulo “Siglo de las Luces”, que es como se conoce a esta época, incardinadas en la no menos significativa “Ilustración”.La expresión latina “sapere aude” (ten el valor de servirte de tu propia razón) recoge todo el valor semánrico según Kant.  Para la literatura española hay un hecho trascendental: Real Academia Española. Surgió en una tertulia de intelectuales, presidida por el Marqués de Villena y Juan Manual Fernández Pacheco. Era el año 1713. La máxima fue velar por la pureza del idioma ante la eclosión de otras lenguas que sepultaban la nuestra; ante esta tesitura se adoptó el lema: “Limpia, fija y da esplendor”.

Se necesitaba un nuevo impulso en las letras españolas, un nuevo modelo literario. Se partió de que la razón y la experiencia, son la base para adquirir conocimientos. El afán racionalista y didáctico como caminos fundamentales. De este emblema surgió el Neoclasicismo literario en el que lo utilitario cobra vigor, de ahí que los géneros ensayo, crítica y teatro, estén encaminados a la formación de las personas.

En España, el género ensayístico fue muy cultivado.  Experimenta un gran desarrollo como vehículo de difusión de las ideas ilustradas. Sin carga erudita, se escribe sobre temas científicos y de pensamiento; era una forma para extender lo ilustrado. En las obras de los ensayistas se refleja la mentalidad neoclásica, con especial  cuidado de instruir. Los autores plantean su visión sobre la vida nacional analizando la realidad histórica con el fin de combatir la incultura del país. Recordemos a F. B. Jerónimo Feijoo y Montenegro (1676-1764) con sus memorables obras Teatro crítico universal (ocho tomos)  y Cartas eruditas y curiosas (cinco tomos) en las que hallamos temas muy variados, como medicina, matemáticas, historia, agricultura, costumbres, metafísica. Pero no se queda en una mera descripción; va más allá al exigir que fueran temas de reflexión para superar el dogmatismo en que estuvo envuelta España. El estudio nos conduciría a la experimentación,  a la observación, y, sobre todo, al empleo de la razón. El progreso humano lo basaba en la experiencia, la observación y la crítica.  A todo esto habría que añadir un estilo nítico en el que el lector se congratula. 

 Los múltiples problemas que tenía España los aborda Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) en el Informe sobre la Ley Agraria, en el que estudia las causas del atraso de la agricultura; incluso propone  mejoras técnicas; en la Memoria para el arreglo de la policía de espectáculos y diversiones públicas, podemos leer la defensa que hace del teatro neoclásico, como elemento primordial para la educación del público, amén de criticar las corridas de toros. En Memoria sobre la educación pública postula la enseñanza como base de la ciencia, del progreso; también hace una defensa de las lenguas modernas. En su Epistolario y Diario nos da cuenta de los viajes que realiza por España y de su vida.

Ignacio de Luzán publica un ensayo teórico, titulado Poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies. Hizo una defensa del empleo de normas  racionales para facilitar la creación artística. En la obra se decanta por la separación de géneros literarios, además de las ideas de imitación y verosimilitud.

Sin olvidarnos de la crítica que realiza José Cadalso (1741-1782) a la realidad española de su tiempo  en sus Cartas marruecas al estilo como lo hizo Montesquieu en sus famosas Cartas persas.

En la primera mitad del siglo XVIII se desarrolla en la escena española un teatro heredero del barroquismo. Los neoclásicos mostraron su oposición porque no respetaba las reglas de composición, realismo y moralidad. Esta crítica fue formulada por Ignacio Luzán (1702-1754) en su Poética (1737), por lo que el teatro del Neoclasicismo es un giro con respecto al de la época barroca; se intentó ajustarse a lo que podemos leer en la Poética de Aristóteles; por eso se vuelve a adoptar la regla de  las tres unidades; la separación de lo trágico y lo cómico; prima lo útil; se suprime el verso, la mayor parte de los dramas están escritos en prosa; y se corona con lo didáctico, el enseñar divirtiendo. Las representaciones eran vespertinas, y el público estaba separado según la clase social a la que pertenecía y el sexo. En Madrid, a principios de siglo contaba con dos teatros nacionales: “Teatro de la Cruz” y “Teatro del Príncipe”. Después se sumaron el “Teatro del Buen Retiro” y “Teatro de los Caños del Peral”.

La crítica ha susrayado tres momentos o tres formas teatrales en el siglo XVIII. Por una parte, el teatro de la primera mitad de siglo; en los primeros años predominó las formas del modelo de Lope de Vega. Las comedias de magia, heroico-militares, de santos, de figurón, son las que más se representaron. A mediados de siglo, los intelectuales ilustrados intentaron un teatro nacional y educativo que fuera en contra de ciertas costumbres viciadas. A finales de siglo se dio un teatro más sentimental, probablemente para que los espectadores se implicaran más en lo que se representaba en la escena. Los ilustrados apoyaron este teatro por ser más verosímil y un fin moral.

Si hay un autor que sobresale es Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) en el que realiza una defensa de la mujer a la hora de contraer matrimonio, en obras como El viejo y la niña (1790), en la que se describe la crisis del matrimonio; El barón (1803), en la que se desenmascaran las intenciones de un falso barón; y en la más representada y leída El sí de las niñas (1806). La falsa piedad es descrita en La mojigata (1804), y la sátira a los autores teatrales que se aferran a modelos barrocos en La comedia nueva o el café (1792). El tema capital de su dramaturgia es la inautenticidad como forma de vida.

No podemos echar en saco roto el “sainete”, como pieza teatral breve, de carácter cómico, que convive junto con el teatro posbarroco y el neoclásico. Su máximo hacedor: Ramón de la Cruz (1731-1704). Tanto los sainetes costumbristas como los satíricos tuvieron su público. Son retratos de la vida callejera madrileña, de los barrios bajos y, en general, el comportamiento de la clase media. Los más conocidos son La plaza Mayor por Navidad, Manolo, El petimetre, El poeta aburrido.

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