Camino de Santander

Al alba salgo hacia Chamartín para coger el tren que me lleva a Santander al medio maratón internacional (21 km., 97, 05 metros) que se celebrará, al día siguiente, 4 de marzo. En el vagón, el contínuo parloteo inane de tres personas no me permite concentrarme en el libro que me han regalado, Nacidos para correr, hace un par de días; lo que he leído me permite augurar que está bien construido, pero demasiado expansivo. A mi mente acude la expresión “Educación para la ciudadanía” tan rechazada por algunos; tal vez hubieran aprendido lo que es el respeto a los que leen, piensan o dormitan.

Están a mi izquierda; por el atuendo y el aspecto físico seguramente que también van a Santander. En frente de mí, una mujer con sobrepeso, desaliñada, cincuenteña, lee el periódico con gafas diminutas que le dan un aire intelectual.

El sol atraviesa los cristales que da vida al compartimento; se refleja en la mesa. El grupo de los tres no se callan ni un instante, pero todo sea por esa mujer de mirada penetrante, atractiva, con el pelo limpio, espacioso, desordenado, juvenil, aunque treintaiñera, con un lenguaje directo, arrebatador, quizá sincero, en el que su habla es una contínua pregunta a un interlocutor; el otro, parece mudo, escaso de pelo; entre sus manos retiene la última novela de Pérez Reverte. En un par de ocasiones, cruzo la vista con la mujer; se siente mirada, y su rostro acicalado desprende alegría, hermosura, primavera.

Por un momento, se oye el silencio; la mujer, de repente, rendida por el cansancio, cae en un profundo sueño; son cuarenta minutos en los que avanzo en la lectura; de vez en vez, levanto la vista y contemplo su rostro cubierto por su cabellera negra, arrebatadora. Es la estampa viva, sobrecogedora de la tranquilidad, del sosiego.

La llegada a Santander, ciudad hecha de trozos de cielo,  me produce alegría al recordar otros momentos de mi estancia, primero como alumno, como profesor, como confereciante en la Biblioteca Menéndez y Pelayo, y como turista con la familia. Me dirijo por calles llenas de luz hacia el hotel Bahía a ocho o nueve minutos de la Estación de ferrocarril. Inscripción en el hotel, ducha y salgo al paseo Pereda que tantas veces he recorrido. Recuerdos vivientes que llevo a cuestas en este caminar siempre hacia la luz, hacia la solidaridad. Ahora, otra vez, aquí en este Medio Maratón Internacional.

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