José Ángel Valente: el poeta recobrado

He terminado de leer Diario anónimo (Galaxia/Gutenber, 2011) de José Ángel Valente. En tiempos de tribulación no está demás acercarse a los poetas como confortación, como algo nutriente, y más si la escritura busca la perfección dentro del campo intelectual.

Son notas, trozos de una vida poética, que José Angel Valente comienza en el año 1959 y terminan con su muerte en el año 2000. Si algo llama la atención en el poeta es su heterodoxia, esta, aunque sea dificultosa siempre tendrá sentido. En su diario nos ha querido mostrar unos rasgos que podemos considerar como su autobiografía. A cualquier lector/a seguro que no se le escapa el dolor por la muerte de su hijo, acompañado de un infarto ante tanto sufrimiento (“En las primeras horas del día 5, tuve un infarto”). El 27 de diciembre del mismo año se deja traslucir aún más su sentimiento( “Hoy, en el Beaubourg, la imagen de Antonio reapareció con terrible intensidad”).

He aquí algo más que una querencia que, a veces, se nos escapa cuando queremos escribir sobre alguien. Si antes se refería al hijo, también hallamos en estas páginas el pensamiento, que a mí me sobrecoge: “Coral si alguna vez lees esta página, cuando yo ya no esté, sabes que te quiero”. Se refería a su compañera. Claro que es mucho mejor, que se piense que alguien te quiso, una vez fallecido; es más poético, pero también más sincero. Ahí se juntan lo claro, lo nebuloso, lo invisible.

La injusticia siempre está ahí acechando. Cómo no recordar, cuando fue eliminado “a las primeras” en el premio Cervantes. El jurado tuvo sus preferencias, y no la valía, el mérito de su poesía; el haberse entregado plenamente a libar la palabra, a sacar el mejor tú, a estar en las lindes de lo difícil, a no entender la literatura como negocio.

Su nota “Art… the one way possible / Of speaking truth, to mouths like mine at least”, lo dice todo (recogido de Robert Browning). Sin fecha, en el año 2000, cita a Roland Barthes: “Es escritor aquel para quien el lenguaje crea un problema, aquel que siente su profundidad, no su instrumentalidad o su belleza”.

Esperó su final tranquilo, seguro que no cantando, pero sí con pleno conocimiento (” Lenta, muy lenta, muerte, en la belleza / tan lenta del otoño./Si esta fuera la hora/ dame la mano, muerte, para entrar conmigo / en el dorado reino de las sombras”). Su sombra poética nos cobija, nos reconforta, nos insta a pensar que el mundo no busca la verdad, el conocimiento; va por otros derroteros que nada tienen que ver con su poesía, con ese humanismo tan propio de las personas.

José Ángel nos dio ejemplo con sus reflexiones sobre la palabra poética en una sociedad que huye, descentrada. Su diario me ha servido, otra vez, para la ensoñación, para buscar los escondrijos, para sentirlos, para obviar la vacuidad, para ser más persona, para vivificar la interiorización.

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