El nuevo lector: de la narrativa romántica al realismo en Europa 6

El realismo en Portugal tuvo un nombre destacado: EÇA DE QUEIROZ que nació en Povoa de Varzím el 25 de noviembre de 1845 y murió el 16 de agosto de 1900 en París. En un primer momento llamó la atención el espíritu ideológico claramente decantado por el progresismo. Pero con el paso del tiempo la impronta ideológica dejó paso a la pura creación literaria. También contribuyó, sin duda, el que visitara países, y, sobre todo, le encantara la vida regalada de París. Ensalzó el realismo francés.

Wenceslao Fernández Flórez dijo que fue “uno de los mejores, más cáusticos, efectivos y precisos escritores humoristas de su siglo”. En general se le considera juntamente con Camilo Castelo Branco el máximo representante de la novela de portuguesa del pasado siglo. Y hoy día su nombre perdura como “un ejemplo fustigador de usos y costumbres, en cuyo cometido jugó como pocos el cendal del humor”.

Su inicio novelesco surge con El crimen del padre Amaro (1875). En esta novela quizá lo más imoportante no sea el estilo sino el tema; la novela rezuma un anticlericalismo apasionante, en esto se asemeja a nuestro escritor Pérez Galdós. Que una mujer paralítica sea requerida en amores por un joven sacerdote con el cual tiene un hijo, no era un tema baladí. Cuando apareció su novela O primo Basilio (El primo Basilio, 1878) escribió: “Pobre de mí, nunca podré dar la sublime nota de la realidad eterna, como el divino Balzac, o la nota justa de la realidad transitoria, como el gran Flaubert”. Pero parte de la crítica ha entrevisto en el estilo de EÇA DE QUEIROZ mayor fluidez que en Flaubert.  Posteriormente escribiría Os Maias (Los Maias). Con esta novela se adentra en los entresijos de la alta burguesía. Y en su obra póstuma A ciudade e as serras, (La ciudad y las sierras, 1901) se adentra en los vericuetos de su país y propugna una nueva sociedad a través de una regeneración que impregne todos los estratos de la misma.

El autor portugués siempre resaltó la maestría de Balzac -le llamaba el divino, por su nota sublima a la hora de adentrarse en la realidad eterna-, y cómo llegaba a percibir la realidad transitoria el gran Flaubert; a éste quiso acercarse. Sin embargo Martín de Riquer y José M. Valverde sostienen que “quizá quepa decir que EÇa llegó a superarle en algún aspecto: el esfuerzo de aquel por optener el equilibrio rítmico exacto de la frase produce cierta frialdad sin holgura; en Eça el estilo se mueve sin la menor fatiga, respirando con pleno señorío. Y si Flaubert -en Madame Bovary- cae en la tentación de dejar sus opiniones y partidismos, sobre todo con el boticario Homais, Eça, en cambio, se guarda siempre sus tesis, aun a costa de parecer cruelmente indiferente”.

           


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