El nuevo lector: de la narrativa romántica al realismo en Europa 3

 En la segunda mitad del siglo XIX surgió una obra titulada Introducción a la medicina experimental (1885) de Claude Bernard en la que desarrollaba la idea de que la conducta humana vendría determinada por la fisiología humana. Este pensamiento comenzó a desarrollarse en la literatura y vino en llamarse Naturalismo. Emile Zola (1840-1902) lo concretó en La novela experimental (1880) y Los novelistas naturalistas (1881).

Pero el Naturalismo no sólo se circunscribe a la novela del siglo XIX; fue una nueva concepción del mundo de la que podemos extraer las siguientes ideas fundamentales: 1º. Cientificismo. Se consideraba a la ciencia experimental como trampolín de explicación y análisis del hombre y de la sociedad. Y en la novela los personajes deben responder según las circunstancias y la influencia que tenga la herencia.  2º. Socialismo. El Naturalismo se oponía al arte burgués y defendía una sociedad igualitaria en que las condiciones de vida se asemejaran; de ahí que se mostrara implacable contra las ideas capitalistas y mostrara su rebeldía ante el mundo constituido. 3º. Materialismo. El hombre sólo era visto bajo el prisma material y, por consiguiente, se desechaba o no se tenía en cuenta lo espiritual. No creían en un “alma” desgajada del cuerpo. El hombre no pasa de ser un organismo. 4º. Determinismo. La persona humana no puede ser libre porque todo está condicionado por la estructura biológica -su anatomía que marcará su destino y, a su vez, estará determinada por las leyes de la herencia- y los condicionamientos que rodean al individuo como son la clase social o la época histórica. Todo ello nos llevaría a reducir nuestra libertad.

    Como consecuencia de todo esto, la novela naturalista se sintetizaría en un didactismo claro. Lo fundamental sería lo ideológico. No se escribiría para el puro divertimento sino para denunciar; en una expresión descuidada en la que predominaría la jerga coloquial y, en general, el habla popular, en una minuciosidad descriptiva. Se da una máxima importancia a la observación y a la documentación. No olvidemos que el arte debe ser una reproducción exacta de la realidad; en un pesimismo para poder explicar las leyes de la herencia y en los ambientes ruines y míseros para poder denunciar las injusticias sociales.

    El realismo que asume la estructura social del liberalismo burgués, en general, aunque denuncie algunos aspectos, da paso a una corriente naturalista, radicalmente revolucionaria y antiburguesa e incompatible con cualquier creencia religiosa. Pero también surgen movimientos estéticos como el parnasianismo y el simbolismo en Francia.

   El parnasianismo proviene de una antología poética llamada El Parnaso Contemporáneo, publicada en 1866, 1871 y 1876, y en la que se dieron cita Stéphane Mallarmé (1842-1898), Leconte de Lisle (1818-189) y Charles Baudelaire (1842-1867), los grandes defensores de este movimiento. Este grupo se remontaba a la poesía de los siglos XVI y XVII francesa, y abanderaban un arte que huyera de la inspiración poética procedente de la intimidad de cada día. En la tradición buscan los temas fundamentales y, por ende, desechaban la relación entre el arte y la vida diaria.  El desarrollo de este movimiento está a caballo entre 1830 y 1880. Se buscaba otras formas de vida. Sólo la belleza y el arte tenían sentido. Deseaban que el arte tuviera plenitud per se. Por consiguiente esta deshumanización aparente no equivaldría al alejamiento de lo humano, sino que añoraban otros planteamientos humanos que poseyera todo lo que hasta ese momento se había perdido y aglutinara, al mismo tiempo, nuevas ideas.

   El simbolismo dura más bien poco, desde 1870 a 1880. Este grupo surgió del parnasionismo. Pretendían una poesía pura, no contaminada, y tenían como axioma la palabra. Un lenguaje que recogiera todas las posibilidades humanas, en el que cupieran las sensaciones, los sueños y los sentimientos del poeta. Las relaciones entre la música y la palabra era primordial. En este ámbito destacaron las figuras: Arthur Rimbaud (1854-1891), Paul Verlaine (1844-1896) y Jean Moreas (1856-1910).

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