Literatura, música, folclore

 Literatura, música y folclore. Lo que se entiende por el binomio “Literatura-folclore”, se concreta en tres apartados: la danza, lo literario y lo musical. Los tres forman un todo para alcanzar la perfección, que es lo que llamamos “literario”. En la Edad Media y en el Renacimiento “los cancioneros” se estudian en los Conservatorios, como obras musicales, después como obras literarias. Música y letra no nació, al principio, con un fin literario expreso sino para ser acompañado por la partitura, de ahí que el ritmo sea fundamental.

            La geografía, el clima y las personas se relacionan y estimulan. Así como el devenir es también capital ya que “el arte popular” cambia a medida que los hábitos y la mentalidad de la Sociedad se manifiestan de otra forma. Tiempo y espacio, por tanto, son fundamentales en lo folclórico. No existe una gradación porque tan folclórico es la sardana catalana como la copla castellana, la “muñéira” gallaga, la jota extremeña, como las diversas formas andaluzas. Si nosotros separamos los tres conceptos, nos queda la poesía popular. Estamos ante la creación literaria, sin que desaparezca lo musical o el verso. Es lo que hacen, por ejemplo, Federico García Lorca y Rafael Alberti.

            Si obviamos los efectos musicales del verso o las aliteraciones, literatura-música han estado relacionadas. La poesía lírica fue cantada, acompañada de un instrumento: la lira. En el género dramático, la música y las funciones del coro eran factores capitales para el desarrollo de la obra artística. El canto, la canción como base para el desarrollo de la literatura y la música.

            Dámaso Alonso señaló lo musical en los versos de Garcilaso: “en el silencio sólo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba”. O el famoso dístico, “un no se qué / que quedan balbuciendo” en que lo musical se trasluce claramente.

            Pérez de Ayala, en sus novelas, Tigre Juan y El curandero de su honra, sustituye la estructura narrativa en capítulos por una estructura musical. Tigre Juan consta de dos partes: “Adagio” y “Presto”. El curandero lo divide en  “Presto”, “Adagio”, “Coda” y “Parergón”.

            Pérez Galdós en el cuento “Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera”, desgrana el concepto naturaleza / arte como palabras que están en el mismo campo semántico de ruido / música. Lo musical de los martillazos para construir los ataúdes están como veteados de silencio. El martillo desprende música, incluso dice el narrador, es superior a las notas musicales de grandes creadores como Haendel, Palestrina o Mendelsohn. La hipérbole va mucho más allá de lo que espera el lector.

            Gerardo Diego escribió de los Nocturnos para piano de Chopin. A la vocación poética del poeta se unió la de la música.

            Una obra más actual como Cuaderno de Nueva York de José Hierro desprende musicalidad en su totalidad. El poeta ha manifestado que “la poesía es como la música. No es que la gente no le guste, pero no todo el mundo sabe leerla, al igual que no todos saben leer partituras. Por ello es muy importante que la poesía llegue al público a través de la voz, leída. Porque la poesía se entiende cuando se escucha”[1]. En fin, ejemplos se pueden encontrar a raudales.

            En un primer momento, los cantos, los cuerpos adornados, pintados fueron la base, al son de un ritmo musical para imitar a la naturaleza en todas sus formas, ya sean las hazañas del hombre en la caza, en la guerra, ya con cultos a las fuerzas como el fuego o a las divinidades con los himnos sagrados. Las fiestas dionisíacas dieron origen a la tragedia griega, al teatro, e incluso su imitación a la ópera moderna. Con el tiempo todo se fue trasformando. La expresión cantada al compás de un instrumento adquirió otra forma con el invento de la palabra escrita. Durante mucho tiempo lo literario permaneció unido a lo musical, léase los cantos homéricos, los fúnebres, los épicos, los romances cantados, las canciones de los canta-autores de protesta o amor, casi siempre sacados de la propia literatura.

            Vázquez Montalbán, representante del llamado grupo poético de los “novísimos” o de los “70” destaca que “cine y canción se han alimentado de literatura. Hora es ya que la literatura se alimente del cine y canción. Los programadores de divorcio entre cultura de élite y cultura de masas morirán bajo el peso de la masificación de la cultura de élite”[2].

            Finalmente, el crítico Federico Sopeña Ibáñez cultivó diversos aspectos de la historia de la música. En concreto tiene un  ensayo Música y Literatura en el que aborda esta dualidad.

[1] Declaraciones de José Hierro en el diario El País. Madrid, 10 de diciembre de 1998, pág. 38. Al año siguiente hizo otras declaraciones en la misma dirección: “Para mí es muy importante la música. Y no sólo la música. Todas las artes han querido integrarse siempre en una sola cosa. Por eso la poesía ha de tener el volumen de la arquitectura, el color de la pintura y el tiempo de la música, no sólo la musicalidad, es algo más, es ritmo” (El País, 28 de marzo de 1999, pág. 33).

[2] VÁZQUEZ MONTALBÁN, M., “Prologo” en Baladas del dulce Jim de A. M. Moix”. Barcelona, El Bardo, 1969

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