Defensa del estudiante y de la Universidad

El título es del  “poeta-profesor” o como le denominó Jorge Guillén: “el enfermo del mal de Flaubert”, que no es otro que el poeta del amor: Pedro Salinas. El autor de La voz a ti debida.

Sesenta años después de su muerte, no está de más recordarlo, y más ahora que estamos comenzando, de nuevo, otro curso. Acabo de terminar de leer dos textos inéditos con el título con que encabezo estas líneas. No hace falta añadir la belleza con que enhebra sus pensamientos, más allá de que discrepemos o no de las ideas que vierte. Aunque los textos se remontan a los años cuarenta, parece que son de plena actualidad.

Los textos rememoran la lucidez del conocimiento, como premisa primordial, pero, también el espíritu crítico con que aborda la realidad de la época que le tocó vivir. Hoy, que estamos de cambio en lo referente a la formación universitaria, quizá sería conveniente que leyéramos estos pensamientos por si encontramos esa luz que a veces nos falta a los docentes, y no por ganas. Las delicias de la docencia tienen que  reflejarse en la existencia  Por tanto estamos ante no solo lo vital sino también ante una reivindicación moral. El poeta nos conduce hacia la función de la universidad, que no debe quedarse solo en la inserción en el campo laboral sino que tiene que trascender hacia esa interiorización personal en las relaciones con los demás. Textualmente dice Salinas que el estudiante debe formarse “en la Universidad para el mundo. Y debe hacerse para el beneficio de los grandes valores humanos, verdad, justicia”.

Los hechos que evoca son tan nítidos que es una necesidad recobrarlos por si coadyuvan a los estudiantes que estos días ya pueblan la ciudad universitaria. Pedro Salinas pone el acento en que el estudiante se distinga de los demás “por tener la mira puesta en algo superior a una utilidad para él: en un ideal para sus prójimos, o para la ciencia. Que sea esto lo que le guíe”.

Tener conciencia de la realidad, que el pensamiento sea la simiente de lo que un día germinará para dar los frutos; es el final de un camino, pero también el principio de otro que inicia, quizá más pedregoso para el que debe estar preparado.

Si la universidad no fuera el cofre en el que anidan las cosas más altas y nobles del espíritu existencialista, estaríamos abocados al fracaso. Por eso siempre insisto en los primeros días en que la universidad no puede reducirse a las clases; si fuera así estaríamos perdiendo el tiempo. Es mucho más. Siempre repito hasta la saciedad: “haz vida universitaria”, que estos años ya no vuelven; pero sobre todo, la expresión “sé tú”; es el querer ser. El estudio nos tiene que servir para saber, no para acabar la carrera.El pensamiento, el conocimiento, como premisa capital para tener más contento.

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Literatura y Periodismo 3

 En 1836, Mesonero Romanos publica el Semanario Pintoresco Español, revista literaria, popular y pintoresca. Su propósito no era otro que la generalización de la lectura y el conocimiento de los usos y las costumbres del pueblo. No nos extraña que haya sido bautizada por la crítica como la revista que más contribuyó al conocimiento de España. Mesonero supo como nadie combinar el artículo de costumbres y la novela de costumbres.

            Mas cuando el Periodismo adquiere razón de ser -hasta tal punto que muchos críticos lo ligan como algo inherente-, es en el siglo XIX. En este siglo la difusión de la literatura a través del libro fue minoritaria. Un ejemplo nítido lo tenemos en la poesía culta; la prensa se convierte en el principal canal de propagación. Castelar lo sentía como algo fuera de  lo común (“no puedo menos de sentir un rapto de orgullo por mi siglo y de compasión hacia los siglos que no han conocido este  portento de la inteligencia humana, la creación más extraordinaria de todas sus creaciones. Todavía comprendo sociedades sin máquina de vapor, sin telégrafo, sin las mil maravillas que la industria moderna ha sembrado en la vía triunfal del progreso, ornada de tantos monumentos inmortales; pero no comprendo una sociedad sin ese libro inmenso de la prensa diaria”).

            Al principio, la lectura de la Prensa fue fervorosa. Incluso los analfabetos sentían la información como algo necesaria. Por eso tuvo importancia la lectura periodística en grupo, sobre todo para satisfacer al iletrato. Espigando, encontramos en La Época de 30 de julio de 1888 el juicio que emitimos: “Llegan a la villa, al pueblo, a la aldea; uno de los dos o tres que saben leer reúne en derredor a los que no tienen más ideas que las que el otro les trasmite; se leen los artículos o sueltos en los que se reniegan de todo, desde el Evangelio hasta la última Encíclica; se pone en evidencia y ridículo el orden sacerdotal, clero superior e inferior; se presenta como un personaje grotesco al cura de aldea y se diviniza al individuo, etc.”

            En el siglo XIX nítidamente encontramos, en la primera mitad, una prensa de opinión, sobre todo enmarcada en el factor político-ideológico como bien ha escrito María Cruz Seoane. Los partidos buscan en los periódicos los órganos de expresión. Sin embargo, en la segunda mitad, los que más se venden son los periódicos que tratan de información. Por ejemplo La Correspondencia de España, Las Novedades o El Imparcial. A partir de este momento, adquieren gran importancia los anuncios, que son los que mantienen, en gran medida las  publicaciones. También aparecen las secciones amenas y los reportajes, que unidas a las noticias ocupan el “corpus” del periódico.

            Como consecuencia de la transformación de la Prensa hacia una dependencia del público y menos de los partidos políticos, trajo consigo un periodismo literario y la propalación del folletín-novela, que fue  el paradigma de la Prensa. Las novelas por entregas se convirtieron en el motor de la difusión y la interrelación entre Periodismo y Literatura. No en balde, la segunda mitad del siglo XIX ha sido denominada como la época de oro del folletín en la Prensa. La avidez de los lectores por las noticias sensacionalistas eran parejas a las del folletín. Y en este siglo cobran importancia las colaboraciones de los grandes escritores, ya que complementan la labor de creación con el periodismo. Además, sus obras se editan por entregas. Pensemos en Pérez Galdós ¾el más grande novelista que vieron los siglos después de Cervantes¾, al que muchos acuden y pocos lo citan; en un primer momento se dedicó al periodismo, y probablemente, según parte de la crítica, las dotes de observador provengan del periodismo. Sin lugar para la duda, no sólo fue el periodista destacado con sus crónicas en el siglo XIX para las publicaciones periódicas, sino también el gran cronista épico de una sociedad española desgarrada por tantas causas.

Pedro Antonio de Alarcón, director de El Látigo en su época de estudiante, conservó su vinculación con el periodismo en su obra novelesca, al menos en lo estilístico. Leopoldo Alas “Clarín”, uno de los mejores críticos. En los diarios y revistas dejó su impronta didáctica, orientadora en el campo de la literatura y del periodismo. Sus “paliques” eran seguidos en los periódicos por miles de lectores, no sólo por su forma sino también por el espíritu que emanaban. Y cómo no, la siempre distinta Emilia Pardo Bazán, con esa agudeza con que escribía para cualquier medio.  Una forma clara y distinta de periodismo fue la fundación de El Imparcial, y, sobre todo, el suplemento literario Los lunes de El Imparcial en el que colaboraron todos los grandes escritores del momento.

            Pero traer a colación el siglo XIX y el Periodismo es nombrar a Mariano José de Larra. La importancia de la Prensa en el siglo XIX es capital. En 1835, Larra escribía:

 En todos los países cultos y despreocupados, la literatura entera, con todos sus ramos y sus diferentes géneros, ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de tiempo en tiempo. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Los hechos han desterrado las ideas. Los periódicos, los libros.

 Con estas ideas, Larra nos indica la importancia que adquiere la prensa durante el siglo XIX. La opinión pública quería participar en el hecho informativo. Esta eclosión periodística es debida a que el público se acostumbraba al artículo breve. El tiempo es fundamental para el lector. Esto da pie para que el escritor publique sus obras por capítulos en las páginas de los periódicos y de las revistas. Y como consecuencia surgen nuevos géneros literarios en consonancia con el periodismo, como el artículo de costumbre o la novela-folletín.

Literatura, música, folclore

 Literatura, música y folclore. Lo que se entiende por el binomio “Literatura-folclore”, se concreta en tres apartados: la danza, lo literario y lo musical. Los tres forman un todo para alcanzar la perfección, que es lo que llamamos “literario”. En la Edad Media y en el Renacimiento “los cancioneros” se estudian en los Conservatorios, como obras musicales, después como obras literarias. Música y letra no nació, al principio, con un fin literario expreso sino para ser acompañado por la partitura, de ahí que el ritmo sea fundamental.

            La geografía, el clima y las personas se relacionan y estimulan. Así como el devenir es también capital ya que “el arte popular” cambia a medida que los hábitos y la mentalidad de la Sociedad se manifiestan de otra forma. Tiempo y espacio, por tanto, son fundamentales en lo folclórico. No existe una gradación porque tan folclórico es la sardana catalana como la copla castellana, la “muñéira” gallaga, la jota extremeña, como las diversas formas andaluzas. Si nosotros separamos los tres conceptos, nos queda la poesía popular. Estamos ante la creación literaria, sin que desaparezca lo musical o el verso. Es lo que hacen, por ejemplo, Federico García Lorca y Rafael Alberti.

            Si obviamos los efectos musicales del verso o las aliteraciones, literatura-música han estado relacionadas. La poesía lírica fue cantada, acompañada de un instrumento: la lira. En el género dramático, la música y las funciones del coro eran factores capitales para el desarrollo de la obra artística. El canto, la canción como base para el desarrollo de la literatura y la música.

            Dámaso Alonso señaló lo musical en los versos de Garcilaso: “en el silencio sólo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba”. O el famoso dístico, “un no se qué / que quedan balbuciendo” en que lo musical se trasluce claramente.

            Pérez de Ayala, en sus novelas, Tigre Juan y El curandero de su honra, sustituye la estructura narrativa en capítulos por una estructura musical. Tigre Juan consta de dos partes: “Adagio” y “Presto”. El curandero lo divide en  “Presto”, “Adagio”, “Coda” y “Parergón”.

            Pérez Galdós en el cuento “Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera”, desgrana el concepto naturaleza / arte como palabras que están en el mismo campo semántico de ruido / música. Lo musical de los martillazos para construir los ataúdes están como veteados de silencio. El martillo desprende música, incluso dice el narrador, es superior a las notas musicales de grandes creadores como Haendel, Palestrina o Mendelsohn. La hipérbole va mucho más allá de lo que espera el lector.

            Gerardo Diego escribió de los Nocturnos para piano de Chopin. A la vocación poética del poeta se unió la de la música.

            Una obra más actual como Cuaderno de Nueva York de José Hierro desprende musicalidad en su totalidad. El poeta ha manifestado que “la poesía es como la música. No es que la gente no le guste, pero no todo el mundo sabe leerla, al igual que no todos saben leer partituras. Por ello es muy importante que la poesía llegue al público a través de la voz, leída. Porque la poesía se entiende cuando se escucha”[1]. En fin, ejemplos se pueden encontrar a raudales.

            En un primer momento, los cantos, los cuerpos adornados, pintados fueron la base, al son de un ritmo musical para imitar a la naturaleza en todas sus formas, ya sean las hazañas del hombre en la caza, en la guerra, ya con cultos a las fuerzas como el fuego o a las divinidades con los himnos sagrados. Las fiestas dionisíacas dieron origen a la tragedia griega, al teatro, e incluso su imitación a la ópera moderna. Con el tiempo todo se fue trasformando. La expresión cantada al compás de un instrumento adquirió otra forma con el invento de la palabra escrita. Durante mucho tiempo lo literario permaneció unido a lo musical, léase los cantos homéricos, los fúnebres, los épicos, los romances cantados, las canciones de los canta-autores de protesta o amor, casi siempre sacados de la propia literatura.

            Vázquez Montalbán, representante del llamado grupo poético de los “novísimos” o de los “70” destaca que “cine y canción se han alimentado de literatura. Hora es ya que la literatura se alimente del cine y canción. Los programadores de divorcio entre cultura de élite y cultura de masas morirán bajo el peso de la masificación de la cultura de élite”[2].

            Finalmente, el crítico Federico Sopeña Ibáñez cultivó diversos aspectos de la historia de la música. En concreto tiene un  ensayo Música y Literatura en el que aborda esta dualidad.

[1] Declaraciones de José Hierro en el diario El País. Madrid, 10 de diciembre de 1998, pág. 38. Al año siguiente hizo otras declaraciones en la misma dirección: “Para mí es muy importante la música. Y no sólo la música. Todas las artes han querido integrarse siempre en una sola cosa. Por eso la poesía ha de tener el volumen de la arquitectura, el color de la pintura y el tiempo de la música, no sólo la musicalidad, es algo más, es ritmo” (El País, 28 de marzo de 1999, pág. 33).

[2] VÁZQUEZ MONTALBÁN, M., “Prologo” en Baladas del dulce Jim de A. M. Moix”. Barcelona, El Bardo, 1969

Literatura y Periodismo 2

La relación entre Literatura y Periodismo  ha sido una constante, incluso cuando no existía como tal el término. Por no retrotraernos a la antigüedad, en la Edad Media, los juglares y los trovadores transportaban las noticias y la literatura, y aquéllas revestidas del germen literario. Los pliegos sueltos eran verdaderos textos literarios, históricos-literarios o periodísticos-literarios que fueron pregonados por truhanes y mendigos en las ferias y los mercados de Aragón, Castilla, Extremadura y Andalucía. Podíamos hablar, sin temor a equivocarnos de periodismo literario, o como lo ha definido la investigadora María Rosa de Malkiel “periodismo versificado”.

 Desde los orígenes de la prensa periódica, las páginas han estado abiertas “a todas las gentes de letras que podían escribir un artículo, un comentario, una crítica con toda la rapidez y cobrarlo con la misma celeridad (…). Pero hay algo más: el escritor, que conoce la vida por vocación y oficio, no puede quedarse al margen de un fenómeno comunicativo cuyo medio proporciona la posibilidad de influir en lo cotidiano, bien con la transmisión de noticias, bien con la transmisión de opiniones que pueden informar la actitud de sus lectores, de su comunidad y aún de su gobierno”[1].

Mas hablar de Periodismo y Literatura es adentrarnos en el siglo XVIII. El primer periódico diario apareció el 11 de marzo de 1702 en Inglaterra[2]. Su título: Daily Courant, dirigido por Elizabett Mallet, aunque a los ocho días pasaría la dirección a Samuel Buckly. De aquí parte esa irrupción periodística-literaria, que con el tiempo recibirá el apelativo de “edad dorada inglesa” del periodismo, cuya cabecera la componen Joseph Addison, Daniel Defoe, Richard Steele y Jonathan Swith. Daniel Defoe publicó en 1722 el reportaje ¾ novelado¾ “A journal of the Plague Year” en el que describía la epidemia de peste que asoló, en 1665, la capital de Londres. Es el origen sin duda del ensayo periodístico. Y también el sustrato para fomentar  la lectura de libros; a que el lector de periódicos disfrute con la obra literaria. Sin olvidar que en Inglaterra la mayor parte de los escritores pasaron por los periódicos, aunque muchos de los mismos sólo fueran colaboradores literarios.

 En España, en el siglo XVIII, la prensa se dividía en la de los “Diarios noticiosos y de avisos”, y otra prensa, que era vehículo de comunicación entre Ilustrados. Sempere y Guarinos afirmaba en 1787 que “los progresos de las ciencias y las artes, o a lo menos para la mayor y más rápida extensión de sus conocimientos, han contribuido mucho los papeles periódicos”. Por otra parte, la prensa se convirtió en este siglo en el principal vehículo de divulgación de las nuevas ideas dieciochescas. El periódico, a partir de este momento, va a cumplir una tarea informativa, y, al mismo tiempo, crítica, posiblemente incomparable a  la alcanzada por ningún otro género de publicaciones. La prensa  se refugiaba en el interés por los estudios científicos, por la literatura y por la filosofía establecidas, como muy bien ha estudiado el investigador Aguilar Piñal.

En la primera mitad del siglo XVIII, surgió una de las publicaciones periódicas más notables; me estoy refiriendo a Diario de los literatos de España, revista trimestral; el primer número apareció el 13 de abril de 1737. Su modalidad era la literaria-erudita, de ahí que le quepa ser el primero que propagó las nuevas ideas y gustos literarios; es más, sus artículos sirvieron de modelo a generaciones posteriores. Las preferencias casi siempre se inclinaban a obras científicas y filosóficas, y alguna vez de la amena literatura.

El periódico salió con el propósito de ser paradigma, vocero de nuevos caminos que nos llevaran hacia Europa. Cada uno de sus volúmenes encierran reseñas en las que se observa la cultura española del momento, léase teología, literatura, ciencia, medicina, ensayos, etc. En sus páginas hallamos las bases de lo que entendemos por aspectos intelectuales modernos  Sin duda, estas reseñas servían como bases de información, pero bien hecha, sin que quepa sólo el mercado del libro por el mercado.

 La crítica consistía en un análisis reflexivo de la obra. Este Diario es considerado como la veta literaria que se incorpora al Periodismo. Menéndez Pelayo lo calificó como “uno de los más grandes y posibles servicios a la cultura nacional”. También este signo caracterizador lo hallamos en el Mercurio Literario, en el que se pueden observar colecciones de piezas eruditas y curiosas, fragmentos de literatura para utilidad de los estudiosos, y en general los géneros de Ciencias y Artes.


[1] ACOSTA MONTORO, J., Periodismo y Literatura. Madrid, Guadarrama, 1973, pág. 51

[2]. Según Alberto Dallal en su libro Periodismo y Literatura, “se tienen noticias de que en la Alemania del siglo XVII ya se leían pequeños ´corantos´ y puede situarse en Brena la aparición del primer periódico. Para 1621, Londres atestiguaba la circulación de uno y, diez años más tarde, París hacía lo mismo. Según Edin Emery, ´un periódico de la corte que comenzó a publicarse en Estocolmo en 1645 sigue apareciendo y es el más antiguo del mundo, de publicación continua”, pág. 25. Cito por la segunda edición corregida y aumentada. México, ediciones Gernika, 1988

Periodismo y Literatura 1

A partir del siglo XIX, la prensa se convierte en el vehículo más importante de la literatura. En este siglo, las revistas El Europeo (1823-1824), No me olvides (1837-1838), El Artista (1835-1836) o El Iris (1841), fueron las divulgadoras del hecho literario. El periodismo  se arropó de literatura, y ésta ensanchó su campo con las nuevas formas periodísticas. A Larra, a pesar de todo, no se le ha considerado de una forma nítida en el campo periodístico, y, sin embargo, Larra puede significar “una buena línea de partida para el estudio del ensamblaje de literatura y periodismo, en la historia de las letras españolas”[1].

            Esta simbiosis literatura-periodismo se dio, con mayor frecuencia en los siglos XIX y XX, en todos lo países. Pero por no dilatar demasiado el tema pensemos en los escritores españoles que bebieron en las fuentes periodísticas: Pío Baroja que ha sido definido como el “novelista periodístico”[2]; Miguel de Unamuno, amplísima sus colaboraciones periodísticas; Azorín, uno de los escritores que más han escrito en la prensa; Hermanos Machado, Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset, Eugenio d´Ors, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina, Manuel Rivas, Juan Goytisolo, Sánchez Ferlosio, Francisco Ayala, Antonio Gala, Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Vicent, o Francisco Umbral. La lista sería amplísima.

            Sin embargo, aunque es notorio que son los escritores los que han levantado el género periodístico a la categoría que hoy tiene, en la segunda mitad del siglo XX no siempre ha sido bueno este maridaje. En España, la polémica ya surgió en el año 1845 con motivo del discurso de ingreso en la Academia Española de Joaquín Rodríguez Pacheco en el que aludió al periodismo como género independiente. Y en 1895 es el escritor-periodista Eugenio Sellés el que también en su discurso de ingreso en la Academia afirmaba que el periodismo es un género literario lo mismo que lo pueda ser la novela, la crítica o el drama, “¿no ha de serlo el periodismo, que lo es todo en una pieza: arenga escrita, historia que va haciéndose, efemérides instantánea, crítica de lo actual y, por turno pacífico, poesía idílica cuando se escribe en la abastada mesa del poder y novela espantable cuando se escribe en la mesa vacía de la oposición?”.

Pero, quizá, haya sido Larra el que con más nitidez nos haya expresado tal dualidad en el famoso artículo “Ya soy redactor”: “Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de ser periodista: lo uno, porque al público no le importarán probablemente, y lo otro, porque a mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas y amanecí periodista; mireme de alto a bajo, sorteando un espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez y dime a escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable tan persona es un periodista como un autor de folletos. Ya soy redactor, exclamé alborozado, y echeme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción”[3].

            Juan Valera al contestar el discurso de recepción en la Academia de la Lengua de Isidoro Fernández Flores (Fernanflor) que defendió el ser periodista como una profesión, no estaba muy de acuerdo con que el género periodístico estuviera fuera del ámbito de la literatura, para remachar: “lo que distingue al periodista de cualquier otro escritor, poco o nada tiene que ver con la literatura”. Su idea era lúcida: el periodista debe ser literato, “un literato de cierta y determinada clase”, aunque para ello tenga que recurrir a determinadas formas del campo periodístico. Valera acorde con este criterio llevó a la novela su espíritu periodístico.

            La crisis de la conciencia burguesa,  el Germinalismo, el “98” se desarrollan en revistas de finales de siglo y primeros años del siguiente. En las revistas se van a dar cita los escritores de la llamada “Generación del 98” o “grupo del 98”, como hoy se tiende a denominarlos. No podemos dejar de mencionar la Revista de Occidente o el periódico El Sol como propaladores de lo cultural, base fundamental para la formación de las personas. Ortega y Gasset participaba de la necesidad de la lectura como regeneradora de todo. Esta proliferación de revistas continuó en las España de los años treinta en las que tuvieron cabida, no sólo las manifestaciones artísticas sino también las ideológicas, y las políticas. Después de la guerra, sobre todo en la década de los cuarenta y cincuenta, la importancia de las revistas se dejó notar; hasta tal punto que los artículos en las revistas literarias eran los de más enjundia.

Azorín, siendo como fue, además de escritor, periodista, no contemplaba el aprendizaje para ser un buen periodista, sino que éste debería poseer unas cualidades innatas. La Academia, siempre atenta, a los problemas del lenguaje acogió en su seno al periodista Mariano de Cavia.

 La dialéctica se ha extendido, aún más, en la segunda mitad del siglo XX. Pero también la Academia lo ha resuelto, hoy día, con la aceptación en sus sillones de dos periodistas: Juan Luis Cebrián y Luis María Anson, dos formas de entender el Periodismo, pero con una estela, en ambos, literaria. El que abrió una ventana para que entrara aire fresco al periodismo español con el nacimiento del periódico El País, ha ido más lejos en unas declaraciones, con motivo de la publicación de su novela La agonía del dragón, al señalar: “Creo que el periodismo es un género de la literatura, sin duda alguna”[5].

Hace ya mucho tiempo apareció en las librerías la obra periodística del también “Premio Nobel” G. García Márquez escrita entre 1974-1975. Su estilo periodístico ha marcado a hornada de jóvenes periodistas, no sólo por imitación estilística sino también asistiendo a los cursos que imparte cada año, en los que deja ese hilo conductor para conseguir la savia de un buen estilo. Para García Márquez da igual escribir novelas o artículos periodísticos. Siempre consigue ese estilo que le ha hecho famoso en ambos géneros.

En realidad-apunta Marcos Giralt- “pocos escritores hay en lengua castellana, además de él, capaces de eliminar de un plumazo, con logros iguales en ambos campos la siempre mentada, pero muy pocas veces hollada, débil barrera entre el periodismo y la literatura. Pocos hay que sean dueños de un estilo literario tan reconocible y pocos hay que, como es su caso, no lo rebajen ni lo amaneren a la hora de escribir en la prensa, convirtiéndolo en la única excusa comparecencia ocasional en pobres recordatorios, vanidosos o pecuniarios, de su existencia como escritores”[6].


[1]. ALFARO, J. M.,  “Literatura y Periodismo” en Cuenta y Razón. Madrid, núm. 5, 1982, págs. 95-99

[2]. Véase una exigua referencia, pero importante, en Mario Castro Arenas, El periodismo y la novelacontemporánea.. Caracas, Monte Ávila, 1969, págs. 73-74

[3]. LARRA, Mariano José de,  Artículos completos. Madrid, Aguilar, 1961, pág. 326

[4] . Entrevista de Antonio Fontana a Juan Luis Cebrián en el suplemento Cultural del periódico ABC, 12 de febrero de 2000, pág. 14

[5] . GIRALT, M., “La literatura del periodismo” en Babelia. Suplemento del diario El País. Madrid, 24 de julio de 1999,  pág. 8. Reseña del libro Artículos. Por la libre.