La fuerza de una mirada(2)

Sin terminar “La fuerza de una mirada” me marché a la Siberia extremeña, –lugar paradisíaco, que quiso destruirse en los tiempos heroicos, era la época de cuando todavía no habíamos adquirido la nombradía de ciudadano/a-, a ver a mi madre. A la vuelta me encontré con que el tema había sido visitado, en un solo día, por más de un centenar de personas, que agradezco, pero si retomo el tema fue porque quedó inconcluso.

¿Quién no recuerda esa mirada que un día nos dirigieron, y otras veces fuimos nosotros los que inundamos los ojos de otra persona, sin que hayamos podido o querido manifestarlo, y, sin embargo, ahora añoramos, incluso intentamos buscar? Ahí es donde quiero adentrarme partiendo de esa mirada casual, pero penetrante, que aparece en la novela Carta de una desconocida, y que se convierte en el inicio de una pasión, aunque solo fuera por una persona. ¡Es tan difícil aunar cuerpo y alma en dos personas!  Por eso, ya no nos extraña el fracaso, y menos la traición. Tertuliano nos dejó para la historia: “Donde la carne es una, también es uno el espíritu”.

Pero es evidente que esta mujer desconocida deseaba mostrar unos sentimientos que le ardían. Su sinceridad es tan nítida que llega a escribir: “Te quiero como eres, ardiente y distraído, olvidadizo, entregado e infiel”. ¿Seríamos capaces nosotros/as de escribir de una forma tan cruda? ¿Qué le mueve, sentimiento, amor, vacío, soledad, capacidad humana como necesidad?

La duda la despeja casi al final: “Amor mío, escúchame, te lo suplico…es la primera y última cosa que te pido…hazlo por mí, cada cumpleaños, ese día en que uno siempre piensa en sí mismo, coge unas rosas y ponlas en el jarrón (…) te quiero…te quiero…adiós”. Todo un alarde que nos llena, nos glorifica. Esas rosas blancas es algo más que una amistad. ¡Tantas veces gritó su mirada sin que se oyese, exigiendo reconóceme!No quería marcharse, morir sin que fuera recordada, sin decirle, a pesar de todo, piensa en alguien que te quiso.

Solo fue un destello, una luz, más allá de esa mirada en la que los ojos quedaron en vilo, se encontraron en silencio, aunque  la sonrisa dulcificadora solo quedó imantada en uno.


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