La vida no es como la esperábamos

es el mejor resumen que podemos hacer de la trayectoria de Juan Marsé, uno de los mejores narradores de la literatura española del siglo XX, una vez leída su última novela Caligrafía de los sueños (2011).

Juan Marsé se inicia en el arte de narrar en el año 1960 con Encerrados con un solo juguete. Pero es en el año 1962 con Esta cara de la luna cuando se aproxima a las directrices que marcó Tiempo de silencio de Martín Santos. Es una nueva forma de narrar, y, sin embargo, en opinión de casi todos, fue un paso atrás.  El salto cualitativo lo consigue con Últimas tardes con Teresa (1966). Pero, quizá, la innovación más importante la hallemos en La oscura historia de la prima Montse (1970). Su consagración le vino con Si te dicen que caí (1973). Es una vuelta a la subjetividad en la narración, y un punto de vista múltiple.

No ocurre así con La muchacha de las bragas de oro (1977) en la que se encamina hacia lo que entendemos por novela tradicional. Después vendría la entrada en un mundo melancólico, intimista, la fascinación juvenil por la violencia con Un día volveré (1982). Es la suma de la realidad, la fantasía y la nostalgia. Teniente Bravo es una pequeña obra maestra. Es la vuelta a un tiempo que hay que desmitificar, la huida de la sórdida realidad hacia la fabulación.  Corto fue el relato Ronda del Guinardó (1984), en el que lo artístico supera con creces la brevedad, aunque todo hay que decirlo, se consideró como un boceto, el embrión de lo que vendría después.

En la contraportada de El amante bilingüe (1990): “una mirada irónica y desencantada sobre la dualidad cultural y lingüística de Barcelona”. Eran años en que afloraba la obsesión lingüística en Cataluña. Marsé aprovecha ese momento para contarnos los entresijos de una sociedad bifronte de la que resalta el convencionalismo, que conduce a lo esperpéntico para ahondar más en las relaciones humanas. Con El embrujo de Shangai (1994)  recupera ese estilo narrativo tan característico de una generación de posguerra que encabeza por su sentido ético de la realidad. De nuevo se apodera del novelista el fracaso, la corrupción de los sueños, el desencanto.

El “todo Marsé” lo podemos encontrar en Rabos de lagartija (2001). Es la vuelta a la posguerra barcelonesa, ha buceado en la imaginación de su adolescencia, incluso da la sensación como si quisiera derribar la mitificación con que se acercó a la narración anterior. Es decir, estamos ante una desesperanza, derrota sería demasiado. En el fondo subyace el tema de la apariencia y la realidad. Es la imaginación la hacedora del porvenir, la del triunfo. Y lo cuenta desde el útero materno, lo que se llana un “nasciturus”. Pero qué gran personaje es el niño al hacernos ver la utopía y la realidad al mismo tiempo; o la fuerza de la imaginación.

El novelista del “Guinardó”, como se le puede denominar, con su última novela, ¿ha oscurecido o superado las anteriores? Personalmente, creo que no. Con todo, en Caligrafía de sueños, de nuevo, reverdece su pasado; es la felicidad a su entorno, es hurgar en una lóbrega realidad que supura; es la huella personal que exige permanencia; es la felicidad a un barrio tan característico en su forma de narrar, la fidelidad va con él.

Ahora bien, a J. Marsé hay que valorarlo en su totalidad; cada novela desempeña una función significativa, pero el recuerdo de Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí o Un día volveré siempre quedarán en sus lectores/as.

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