¡Qué gran víspera el mundo!

¡Qué gran víspera el mundo! Es el primer verso de uno de los poemas más henchidos de amor. La exaltación amorosa como necesidad humana. Necesitamos que nos quieran para hacer  nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual, que esté en eterna presencia en nuestros actos, de ahí que la anhelemos constantemente. En el poema de Pedro Salinas, con el que encabezo estas ideas, observamos la búsqueda de ese venero, la fuente salvífica que nos llene de alegría; si bien es cierto que nos traza el mundo anterior a la dicha, espera la voz de la amada, el destino, el amor, en definitiva, que dé sentido a la vida y al universo. Es una experiencia individual, su testamento vital, su melodía, pero que  ya nos pertenece. No tendría sentido, de otra manera, la poesía. De ahí que no sea un formalismo esteticista, sino la entrega, el arte humano, el desbarajuste sentimental por el que discurre la existencia. Las palabras sin contexto de poco valen, por eso el poeta desea crear una sociedad en la que las palabras sean pronunciadas por la amada, como la encargada de poner en marcha el nuevo mundo. La tríada gramatical─tú, yo, ya─ se hace imprescindible en el amor, si deseamos despojarnos de todo lo que nos dificulte su comprensión.

Antonio Machado en el Prólogo de Soledades en Páginas escogidas escribió: “lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice con voz propia, en respuesta animada al contacto con el mundo”. Pensamiento que está en consonancia con uno de los poemas memorables de nuestra poesía contemporánea de Pedro Salinas. Es la voz viva de la necesidad amorosa de las personas, más allá de las restricciones del ser humano que desvitaliza su forma de ser. Es la exaltación de los sentimientos, por lo que no es una mera reflexión de la necesidad comunicativa; es algo más, es el rasgo humano, es hacer nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual que siempre busca la palabra exacta, el mejor “tú”, para la entrega, para la fusión eternal ─eterna presencia─, para la realización creativa, como búsqueda de algo que nos falta, pero que ansiamos.

Probablemente fue la lectura machadiana la que  insta, a Pedro Salinas, a interiorizar las experiencias vividas y a guardarlas para después ventearlas con la plenitud de las palabras, con rigor, con insistencia, para buscar “agua en la noche”, sed amorosa; esa necesidad creativa:

Creeré que fue soñado.

Que aquello, tan de verdad,

no tuvo cuerpo, ni nombre.

En concreto, en el poema mencionado del que he elegido el primer verso de La voz a ti debida, publicado en 1933, Pedro Salinas (1891-1951) nos traza el mundo anterior al amor que espera la voz de la amada, el destino, el amor que dará sentido a la vida y al universo. El que el poeta consigue  la palabra exacta, mediante un ejercicio que va más allá de la voluntad de las restricciones. Esta obra hizo que se le denominara gran poeta del amor. El primer verso “¡Qué gran víspera el mundo!” recoge todo el sentido del poema. Nos sitúa en el tiempo y en el espacio, en la víspera de algo que va  a suceder. Se anticipa a lo que el poeta nos quiere comunicar, que no es otro que el amor hecho carne, pero también unido, a lo espiritual, como señal de totalidad, lo que da sentido a la vida, pero también al universo; no se podría entender de otra forma; por eso, el poeta espera lo mejor de la amada, de ahí la importancia del adverbio de tiempo con el que termina el poema: “Ya”. Es lo que llamamos literariamente la función catafórica.

El magisterio de Salinas nos lleva hasta la esencia del pensamiento más profundo. Es donde debemos contemplarlo. El carácter intelectual en los diversos géneros literarios nos sumerge en un recinto lleno de verdad, de belleza.  A la hora de trazar los diversos caminos en los que descansa su poesía, tengo en cuenta lo que tantas veces repitió: “La poesía se explica sola; si no, no se explica”. En sus inicios, Pedro Salinas definió la poesía como “una aventura hacia lo absoluto. Se llega más o menos cerca, se recorre más o menos camino; eso es todo. Hay que dejar que corra la aventura, con toda esa belleza de riesgo, de probabilidad, de jugada”.

A esto hay que añadir lo que desprendía su creación: autenticidad, belleza e ingenio. Palabras que el poeta siempre repetía en sus conferencias, aunque la primera está siempre como más presente por la sensibilidad humana que desprende cuando leemos sus poemas. La literatura se convertirá en el motor esencial para llegar a comprender los valores humanos. Su poética, por tanto, será un caminar hacia la verdad para explorar el sentimiento y los ámbitos de  libertad pese a la oscuridad con que el mundo intenta disfrazarla.

Su lenguaje coloquial nos conduce por sendas fáciles de entender que nos recuerdan lo más florido de la lírica tradicional. Contemplación, conocimiento y comprensión son los tres ejes de su escritura.

El poema rezuma un intenso amor que nos lleva más allá de los nombres, de las convenciones sociales, que nos atrapa, que inventa otra existencia. Es ese Tú como vida, como anhelo de lo no vivido. Por eso, al final del poema, escribe el pronombre “yo, esperando” (v. 66). El recuerdo, la intertextualidad juanramoniana no se nos escapa:

Tendré la voz clavada hasta que me digáis.

Basta. Y si no queréis no lo digáis.

Así como, también, los memorables versos de Rafael Alberti:.

Cuando tú al mirarme en la nada.,

inventaste la primera palabra.

Entonces, nuestro encuentro.

Es la identificación del poeta, a punto de brotar, cuando el “Tú” recobre la armonía, el movimiento; cuando pronuncie esas palabras cobrará sentido todo, para así lograr una relación amorosa en que él y ella se deshagan de todo lo material para fundirse, para ser “tú y yo”, para alcanzar la cima de la dicha amorosa, para que se haga realidad la plenitud de estos dos simbólicos pronombres. Es el canto del amor, es permanecer ciegos en medio de la luz,  es ser un continuo venero deslumbrante, un rayo luminoso atrapado.

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