La inmortalidad de Valle-Inclán: todo un testamento con el rótulo Luces de bohemia

Luces de bohemia es el libro más famoso de Ramón María del Valle-Inclán. La obra completa se publica en 1924. Antes, vio la luz en la revista España, por entrega semanal desde el 31 de julio al 23 de octubre de 1920. Cuenta la vida de Max Estrella, poeta miserable y ciego. Valle se inspiró en Alejandro Sawa.

Si hay una palabra en la que se sustenta es deformación porque era la única manera de acercarse a la realidad, a ese Madrid, absurdo, hambriento, brillante. Creemos  que es extensible al resto de España, ésta es descrita por el personaje fundamental como una “deformación grotesca de la civilización europea”. En el recorrido-peregrinación nocturno de Max Estrella nos percatamos de hasta dónde podemos llegar en las relaciones humanas. Desciende a los abismos de la miseria, de la ignorancia. Es la obra maestra del esperpento en la que no cabe “honestidad”. Pero,  va más allá al reflexionar sobre la literatura como vida, como compromiso, pero también como arte.

El contexto literario ha sido acuñado como “edad de plata”, algunos ya lo hemos sustituido por el adjetivo “áureo”. Ambos términos nos conducen a una generación de poetas, dramaturgos, novelistas, y ensayistas. La conjunción de todos es difícil que se repita. Nombres como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, Miguel de Unamuno, Azorín, Pérez de Ayala, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Jacinto Benavente, y toda la pléyade de los que conforman “La generación del 27”, y el final de la creación  del más grande escritor después de Cervantes, como es Pérez Galdós, con su dramaturgia.

Históricamente son años convulsos en la Historia de España; el autor hace referencias a hechos que ocurren entre 1889 y 1924, aunque también alude a la leyenda negra, a la inquisición y a Felipe II. Es la lucha por el poder, pero también por una generación que quiere participar, que quiere ser dueña de su destino con su voto. Valle siente tristeza porque los poderes políticos no contribuyen a que la cultura sea espejo, luz de la vida de los españoles. Las dictaduras aplastan a los pensadores. Es el reinado de Alfonso XIII. En este período van aflorar los problemas sociales, económicos de las distintas regiones y nacionalidades de España; estos se van a intensificar todavía más después de la Primera guerra mundial y la revolución de Lenin en 1917. Sin olvidarnos de la guerra de Marruecos. La lucha de clases, sobre todo entre patronos y obreros, a principios de siglo, va  a quedar cincelada por la novela inmortal La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza. O la importancia de la “Semana Trágica” en julio de 1909 que trajo la dimisión de Maura tres meses después. El grito de “Muera Maura” se extendió por toda España. Todo esto subyace en la obra más conocida y representada de Valle-Inclán.

Me ha llamado la atención la precisión con que Valle describe ese Madrid de principios de siglo, en el que el autoritarismo, el amiguismo pueden destruir a las personas. Cómo la autoridad puede cercenar todo atisbo de libertad de pensamiento, cómo las ideas  creativas o la misma cultura son sinónimos de provocación, de cómo el periodismo está bajo la voz de mando, los tiranuelos que, de vez en vez, nos han visitado a lo largo de la historia.

Pero hay escenas que me han llegado al alma. Como son: el diálogo de Max Estrella con el preso catalán en el calabozo de la dirección general de seguridad (recordemos: Max: ¿Quién eres compañero? El Preso: Un paria. Max: ¿Catalán? El Preso: De todas partes), el ametrallamiento por la policía, y, sobre todo, la madre con el niño muerto en brazos (“¡Sicarios! ¡Asesinos de criaturas!”). También cuando al final Max tiene frío, delira, define el esperpento (“las imágenes más bellas de un espejo cóncavo son absurdas”), y muere en el quicio de la puerta. Y en menor medida, la maestría con que describe a los distintos grupos sociales de la época.

La fuerza estilística de Valle es única. No puede caber más perfección, de ahí su grandeza; pero esta, como un grito de protesta ante una sociedad sin cultura que irradie el comportamiento de las personas; faltaba esa savia que bien supo plasmar en su dramaturgia el autor gallego.  La denuncia no solo de la corrupción política sino también cultural nos condujo a un callejón sin salida. Hoy, su obra tiene más vigencia que en su vida. Necesitamos que se siga representando para vernos reflejados.

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