Aceituneros altivos

Olivo de Castilblanco

Este canto va dedicado a esas personas venidas a la Siberia Extremeña  de Barcelona, Madrid y otros lugares a recoger las aceitunas a lo que ya popularmente denominamos “el cerro”; aquí está enclavado el pueblo de Castilblanco, en otro tiempo se asentaron los Templarios en el que se construyó un Castillo, y, probablemente el nombre provenga del hábito de esta orden, desde el que se pueden divisar el círculo de montañas que jalonan un paisaje acogedor que enaltece el espíritu e invita a la meditación. Del año 1272 proviene el testimonio de tal nombre. Ahora, parroquia de san Cristóbal Mártir, único lugar de cultura en los tiempos “heroicos”, y en el que muchas personas debemos estar agradecidas por ese foco cultural que nos perfumó para siempre. Vayan estas líneas de gratitud para todos los que contribuyeron a expandirla, y, también, para los “ingratos” que no quieren reconocerlo o para los olvidadizos.

A nadie se le escapará el adjetivo “altivos”, elegido por Miguel Hernández para dar fuerza, para enaltecer a esos jornaleros jiennenses que trabajaban desde el alba hasta el oscurecer en la recogida de la aceituna.

Cuando en el bachillerato aprendí la canción-poema, me sorprendió lo de “altivo”, porque yo lo que veía en mi pueblo era todo lo contrario: personas encorvadas, rostros heridos por el frío de la mañana, bien abrigadas, en fila, cogidas las caballerías del ramal por la carretera nacional, Madrid-Córdoba, o por caminos serpenteantes denominados de “talavera”, “colorina”. “bajenoso”, “jarillo”, “canalija”, “raña”, “el mato”, etc.

Fotografía del vareo de las aceitunas en la raña

El pensamiento de un niño de corta edad que también acompañaba a sus padres a la recolección le hacía ir muy lejos en la imaginación; yo, lo que quería, era hacerme mayor; es montar en el burro o en el caballo, animales que en aquel tiempo servían para traer las aceitunas que se recogían a diario en “seros” (palabra castúa, no recogida en el diccionario de la Academia de la Lengua Española) o sacos para transportarlas a uno de los cinco molinos-almazaras que existían en el pueblo. ¡Cómo no voy a recordar que mi madre nos daba crema en las manos y en la cara para que el frío, el viento, el sol, no fuera tan cruel con nuestro rostro! No hace falta decir que mis padres no querían que cogiésemos aceitunas (“vosotros a estudiar, era la cantinela”) sino que nos calentásemos en la lumbre que se hacía desde primera hora para que la niebla no nos entumeciera, y ellos, de vez en vez, se calentasen las manos.  Pero, el recuerdo más grato, que nunca he olvidado, fue cuando mi padre, después de un día de aceitunas, me dijo: acompáñame que vamos a esperar a las palomas; el buen cazador conoce que las palomas van a los pinares, al oscurecer, para pasar la noche.  Nos metimos en un refugio, como “chumbano” (término castúo), de maleza, en el que sólo sobresalía el cañón de la escopeta; de pronto, observé cómo en las cogollas de los pinos se aposentaron un bando de palomas; vi cómo mi padre, cerró un ojo, apuntó y sonó el chasquido del cartucho; -“vete por ella”, -yo no veía nada-, -“allí, allí, ¿no la ves?”-. Efectivamente, contemplé en el suelo encima del pasto a la paloma cómo sangraba por el “buche”; la cogí y nos fuimos. La cena, de paloma con patatas, guisada por mi padre, jamás la olvidaré (mis padres poseían el arte de cocinar). Imposible que haya en el mundo un cocinero que la hubiera hecho mejor.

Aceituneros altivosUna vez jubilados, mis padres nos repartieron las tierras y los olivos; en realidad, ahora, sólo se apañan los olivos, y no todos, como algo romántico, sobre todo para los que trabajamos fuera del pueblo. Allí nos vemos en los días navideños en la recogida de la aceituna los que estamos fuera de la provincia más extensa de España. Las personas jubiladas que han regresado al pueblo tienen los olivos mejor preparados y en buena lógica hacen más aceite, que luego venden.  Pero, ya los animales no existen y ahora se va en coche por esos caminos bien adecentados, y el adelanto es enorme; el aceite se hace antes, y después regresamos a nuestros lugares con aceite de año, además de aprovechar para traer quesos de los Ibores, jamones, morcillas, dulces, turrones, vinos, “cava extremeño”, de esa Extremadura  vasta y fértil, tan esquilmada en otro tiempo, y tan poco conocida, que sólo se acuerdan para llevar centrales nucleares, pero que el pueblo extremeño ha dicho ya: no, no, no. Nos impusieron una cuando éramos súbditos y no podíamos opinar, y estábamos bajo la voz de “mando”. ¡Tantas veces hemos estado a lo largo de la Historia! Por eso tenemos que estar vigilantes para que no vuelvan los salvadores de turno.  Afortunadamente, hoy, son otros tiempos y hemos recuperado lo que se nos hurtó: ser personas, en las que no hay gradación, precisamente, por el carácter humano que poseemos. A mi mente viene el pensamiento machadiano: ” Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.

Ahora, ya, desde el “rompeolas de todas las Españas”, cómo no evocar el poema machadiano, “Los olivos”, en el que se nos invita a la meditación, a la realidad de lo que significan para muchas familias esas plantas vivificadoras; he aquí un extracto: “Olivares, Dios os dé / los eneros / de aguaceros, /los agostos de agua al pie, / los vientos primaverales, / vuestras flores racimadas; / y las lluvias  otoñales/ vuestras olivas moradas. (…) ¡Venga Dios a los hogares / y a las almas de esta tierra / de olivares y olivares!”.

3 pensamientos en “Aceituneros altivos

  1. Que grande eres Félix, como profesor y como persona, siempre enseñando dentro y fuera del aula. Espero otra entrada tan bonita o mas que esta. un beso

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