“Que no se me rompa, no /con qué.

Así termina el poema de Gerardo Diego que el profesor nos hacía aprender, de memoria, para después declamarlo en clase, en bachillerato, cuando llegaba la Navidad. A buen seguro que sabrás que se refiere a “Letrilla de la Virgen María esperando la Navidad”. Recuerdo que la primera estrofa “Cuando venga, ay, yo no sé /con qué le envolveré yo, /con qué”, di muchas vueltas a cómo haría el “ay”, ya que entonces contaba 13 años y era un chico, y claro, la protagonista es una mujer que espera un niño, que fuera divino para ese momento no tenía importancia; al final cerré los ojos e hice con que lo abrazaba con un sentimiento que apenas vocalicé el famoso “ay”. En ese momento sentí el silencio en el salón de actos.

Otros compañeros de clase eligieron un poema, también navideño, de Lope de Vega. Creo que el título era “Pastores de Belén“. Sí recuerdo los dos primeros versos : “Este niño y Dios, Antón / que en Belén tiembla y suspira / con unos ojuelos mira que penetra el corazón”. Y lo recuerdo porque tuve mis dudas si elegir uno u otro. Si en el primero encontraba dificultad en el famoso “ay“, en el segundo era aún más difícil “con unos ojuelos mira que penetra el corazón”.

A pesar de que elegí la poesía del poeta santanderino, con el paso del tiempo me convertí en un fervoroso admirador del “monstruo de la naturaleza”, como le llegó a definir Miguel de Cervantes. Aquellos versos que aprendí, “¿Qué tengo…,  que a mi puerta cubierto de rocío / pasas las noches del invierno oscuras? “. Y sobre todo, …”lloró cuanto es amor; hasta el olvido / a amor volvió, porque llorar pudiera; y es la locura de mi amor tan fuerte, / que pienso que lloró también la muerte”. Estos versos y otros me hiceron vibrar, amar la poesía, libar del mejor tú. Me convencí en esos años que mi obligación era extender la literatura, como una necesidad, como el pan que nos alimenta.

Pero la Navidad también me trae recuerdos para los que no tienen “Navidad”, para los desheradados de ese amor, de esa solidaridad, de esa entrega; para los que sufren; para los que trabajan para que otros sean felices estos días. El artículo de Azorín publicado en el diario El País, el 24 de diciembre de 1896, titulado “La nochebuena del obrero” siempre ha sido un aldabonzo en mi interior. Este reverdecer me inunda el pensamiento cada Navidad. Transcribo algunas líneas: “En tanto que por allá fuera se celebraba con escándalos el Nacimiento de Cristo, él, junto a la máquina, oyendo su runrún cariñoso, pensaba en otro Cristo. Pensaba en un Cristo terrible y feroz; un Cristo que demoliese todas las viejas y bárbaras instituciones, que hiciese un montón de ruinas de todas leyes, de todos los dogmas, de todas la mentiras que impiden el libre desarrollo de la actividad humana...”

Que la lluvia de diciembre nos traiga sabor a humanidad.Tú eres el que eres/pero el otro también es.

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