La columna literaria

En su gran mayoría, este artículo forma parte de un capitulo del libro El artículo literario: Manuel Alcántara. Madrid, Fundación Alcántara, 2008, págs. 68-82

                                                            

Me busco por el tiempo que he perdido

y en las hojas de ayer del calendario

pero no encuentro al alma por mi almario

ni rastro de aquel viejo conocido[1]

 El clasicismo es algo que se observa en la columna literaria; la forma de escribir, hoy, es algo primordial en lo que podíamos denominar género literario cuando hablamos, escribimos o discutimos sobre la columna periodística. La forma, como elemento primordial de la obra artística, se hace realidad en la columna. Lógicamente, no todas las columnas periodísticas tienen el aroma, la perfección de lo literario; de las que sí mantienen ese germen literario son las de Manuel Alcántara desde hace ya mucho tiempo. En ellas se da lo poético, que es lo más grande en opinión cervantina. Añadamos, los dos mejores premios que se pueden otorgar a un periodista: “Mariano de Cavia” y “González Ruano”. Más de 18.000 artículos-se ha escrito- son la tarjeta de presentación; en ellos hallamos trozos de vida que nos hacen pensar porque los mismos son retazos de conocimiento. Los poetas que consiguen a base de esfuerzo y sabiduría subir a la columna son dignos de ese paraíso literario. Son los que desconciertan por la adjetivación quebrada, los que se aposentan en la expresión de la belleza por medio de la palabra, los creadores.

Cuando la literatura y el periodismo se alían estamos en ese vergel prosaico en el que los escritores, los periodistas, los cronistas, alcanzan las expresiones más perfectivas de lo que se ha llamado “non-fiction”. En este santuario sólo se encuentran los que han sabido retrotraerse a la imagen aristotélica de que el arte de la palabra debe prevalecer. Los textos bien escritos son una forma más certera de mirar el mundo. Se puede hablar de que los columnistas son esclavos de las palabras al estar llamados a convertir lo ideológico en lo literario; conocimiento y expresión son una misma cosa. Lo que les hace singulares es el esfuerzo intelectivo para llegar a captar con la expresión justa lo que acontece. La escritura de la columna como forma profunda de leer la vida. No podemos olvidar que el periodismo nació como fuerza social ilustrada, como palanca de las verdades activas. Los hombres de la Ilustración propalaban que la verdad es revolucionaria. La expresión definitoria “cuarto poder del Estado” se hizo realidad. Incluso Palacio Valdés, en 1888, compuso una novela con el mismo título en la que arremetía contra una forma provinciana de hacer periodismo. El concepto de esa época de que en el periódico “sus columnas son las columnas de los ejércitos”, quizá, hoy, sea algo exagerado, aunque, en la actualidad, habría que añadir radio y televisión.

Los columnistas, en definitiva, desean mostrar-de ahí la importancia de la columna-, que la literatura no es una abstracción frente a la vida, sino la vida misma, el miajón de la misma, un sedimento en la memoria de cada lector. Seguramente, por eso, el poeta Gerardo Diego definió la profesión periodística y  a su hacedor como “cantor de lo cotidiano”. Es la exploración de la existencia, ahondar en la condición humana, es poner una palabra tras otra.  Es crear; es intentar proseguir en la vida de Pessoa, que la vida no basta, hay que escudriñar. No deben justificarse, ni siquiera de la idea agustiniana “etiam peccata”; a lo sumo, éstos les tienen que servir de recordatorio para afianzarse más, si cabe, en pulir, fijar y dar esplendor; por ahí debe encontrarse el periodismo y, sobre todo, el columnista. Es el aire para aventar las palabras, y si después queda algo será lo que nosotros queramos. ¿”Qué importa- escribe León Felipe- que la estrella esté remota y deshecha la rosa?…Aún tendremos el brillo y el aroma”. Los lectores debemos deshacer la escritura aunque sea con fantasía, imaginación, ensueño, y si se me apura delirar sobre la realidad en expresión cervantina; es el territorio de la literatura, pero también de la columna literaria. Ejemplo clarificador es la columna  de M. Vicent todos los domingos en el diario El País. 

De documento histórico, por otra parte, se pueden definir las columnas si  consiguen las altas esferas de la perfección lingüística, aunque éstas procedan de las trincheras periodísticas de épocas remotas, pero que se hacen próximas, precisamente por el carácter independiente, e incluso combativo, que, a veces, destellan lo escrito. Uno de los abanderados de la escritura literaria periodística, como es Mariano José de Larra, escribió:

No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto, y entregado a profundas meditaciones filosóficas, nacidas de la dificultad de escribir diariamente para el público. ¿Cómo contentar a los necios y a los discretos, a los credos y a los locos, a los ignorantes y a los entendidos que han de leerme, y sobre todo a los dichosos y a los desgraciados que con tan distintos ojos suelen ver una misma cosa?

De la importancia del periodismo larriano se percata  Juan de Mairena  en su Miscelánea apócrifa: “Larra deja una obra breve, pero acabada y perfecta en su género. Un siglo llevamos imitando sus artículos de costumbres, sin llegar a igualarlos siquiera”.

Otro grande en este arte como fue Pérez de Ayala escribió que “no hay literato que no tenga algo de periodista, ni periodista que no tenga algo de literato”. Juan Valera tan exigente como categórico: “el periodista debe ser literato”. Mesonero Romanos concebía este arte como voluntario, “sus armas no son otras que una resma de papel y una pluma bien cortada, y dos medios hay en literatura para llamar la atención al público; el primero consiste en escribir muy bien”. Rubén Darío que enalteció este arte de “escribid, escribid”, el saber contar,  como la consagración , como “hoja del árbol del progreso, que siempre debe ser llevada por formidable viento a levantar a las muchedumbres (…), a secundar lo infinito, que empuja la ola, enciende el carmín de la flor…”. O ya la clásica expresión de Jean Paul Sastre, pero siempre nueva: “No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan”. Muy recientemente, el novelista y académico Mario Vargas Llosa[2] propone a la literatura como rango superior, y después el periodismo:

Después de la literatura no hay actividad o profesión más apasionante que el periodismo. Ninguna que haga vivir tanto la vida como una permanente aventura, que exponga a quien lo practica a tantas experiencias sobre la condición humana y sus infinitas manifestaciones y ramificaciones, y que eduque mejor y de manera tan vívida sobre las grandeza y miserias de la historia que se van haciendo en nuestro entorno y la levadura que anima la vida de las naciones y los individuos.

La literatura es la savia, el motor para defender la libertad y formar conciencias críticas. Es el espíritu, el conocimiento, el pensamiento crítico que nos muestra la belleza y el motor de la civilización y del progreso, la interiorización, el aprendizaje, la vía de la inteligencia, del inconformismo, de la insatisfacción humana, de la extensión de la imaginación y de la memoria. Es una manera de vivir. La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros; con su vitalismo respiramos, nos formamos, buscamos la verdad y la exteriorizamos. Difícilmente vamos a encontrar en otros sitios los deseos y los sueños. No caigamos en el error de sustituirla por el ordenador, éste, sin duda cabe en la literatura, pero no le demos prioridad. Éste no está capacitado para compensar la ignorancia. Es mucho el adelanto, pero el que los maneje deberá tener una formación que en ningún caso le puede ofrecer el ordenador. Sólo el que haya leído, el que sienta emociones, satisfacciones, el que perciba su fuerza expresiva ante un texto determinado entrará en el saber y sabor de la escritura. El fulgor, el adjetivo que dé vida, las metáforas significativas e hilvanadas de pensamientos están muy lejos del alcance que pueda dar una herramienta que sí es importante pero no imprescindible. Una literatura que no sirva para la vida, no será literatura. El arte y la vida como jubileo.

La conocida frase con la que Voltaire concluyó su Candide -hace falta cultivar nuestro jardín- la necesitamos hoy; es el refugio para aislarse de un  mundo cercado por la sinrazón que hallamos en las columnas con ese adjetivo tan esclarecedor, en las que observamos la dualidad verdad/mentira, en las que se desprenden sensaciones, traiciones, renuncias, pero también sosiego, meditación, descanso, en definitiva. Esto es lo que percibimos en las columnas. Hay un dístico del poeta granadino Luis García Montero que siempre me sobrecogió: “Quien no quiso caer en la mentira, / no sea injusto desde la verdad”[3]. Son versos extraídos del poema “Día de calma”, para que, como nos insta el poeta,  los grabemos “en la madera limpia de tus remos”. Las verdades relativas que afloran en las columnas dan la sensación de que hablamos y oímos hablar, he ahí su grandeza, el que intenta entenderse y comprender. La necesidad de entendimiento no es una mera reflexión sino la capacidad que transmiten las palabras para entablar un diálogo con los lectores, para hacer nuestra vida más inteligente, más humana, más sociable. La experiencia del columnista y la subjetividad nos conducen a una interacción para llegar a la conversación, al diálogo, a la independencia crítica, a la implicación social, al sentimiento, capital en las personas. Es la verdad interior, canalizada por el ámbito de la palabra y de la escritura.

Así lo entendió Francisco de Quevedo que, tal vez, sin la lucidez con que hoy nos acercamos al periodismo, inventó la columna dos siglos antes, con ese estilo improvisado, provocador, satírico, directo, creando en cada momento el lenguaje en que se expresa, parece como si toda palabra sea, en la pluma de Quevedo, un neologismo. O el mismo Lope de Vega con esas octavillas con las que inunda Madrid cuando Elena Osorio decide abandonarlo, e incrédulo y despechado, tal vez los celos pudieron más, arremete contra todos los Velázquez. Todo era uno, como la forma y la materia, como la pluma sobre el papel. Era un periodismo de mano en mano, de boca en boca, o de difusión manuscrita. De la misma manera, un siglo después, Voltaire se adueña de ese estilo directo, satírico, polémico, conciso, literario, pero con una capacidad de asombrar, de intervenir, de razonar. Son los primeros balbuceos del periodismo literario. Su consagración se refleja en lo que denomino columna literaria.

Que la columna sea informativa o  crítica poco importa, lo primordial es el carácter literario, los manaderos en los que se sustenta. Que tenga una sola idea y luego subideas. La frase valleinclanesca de que “el periodismo avillana el estilo”, no cabe en la columna, al revés, lo dignifica. El folio en el que se apoya -Azorín mantuvo que era de un solo folio y de hecho la “tercera del A B C” tenía más peso que el resto de géneros que aborda -, es suficiente para elevarla al género literario con que hoy podemos denominarla. También, Manuel Alcántara  ha manifestado que ha pretendido “entretener a los lectores durante los tres o cuatro minutos que dura la lectura del artículo”. Se dice que la columna es el soneto del periodismo. Es decir, creación e imaginación. Ese es el secreto. La literatura periodística se adorna con la columna, quizá, por ahora, el último género literario-para Francisco Umbral, el más moderno de los géneros literarios-, como antes pudieron serlo la glosa y, tal vez, la greguería. Las voces de Eugenio d´Ors y Ramón Gómez de la Serna nos sirven, todavía, de cobijo. No podemos dudar de la dignidad literaria del género. Y mucho menos de esta denominación ya que es inconfundible, luminosa. Antonio Gala lo compara con el soneto y al matrimonio católico: “el soneto es así, y el sacramento del matrimonio, así. No se puede hacer un soneto ni casarse al cincuenta por ciento; lo que se haga será otra cosa; mejor o peor, pero otra”.

Estos géneros o como queramos llamarlos nacen en los periódicos. La Academiaha acogido al Periodismo como género literario y ciencia de la información. Joaquín Rodríguez Pacheco, en su discurso de ingreso en 1845 ala RealAcademiade la Lengualo incorpora como género independiente. Otro escritor-periodista, Eugenio Sellés, en 1895, en su discurso de entrada a la Academiaafirmó que era un género literario: “¿No ha de serlo el periodismo, que lo es todo en una pieza: arenga escrita, historia que va haciéndose, efeméride instantánea, crítica actual y, por turno pacífico, poesía idílica cuando se escribe en la abastada mesa del poder y novela espantable cuando se escribe en la mesa vacía de la oposición?”. Juan Valera lo tenía claro: “Quién si vale algo y si ha logrado alguna celebridad como escritor no ha sido periodista en España?”. El académico y periodista Juan Luis Cebrián manifiesta que “el periodismo es un género literario, sin duda alguna”. García Márquez: “el periodismo escrito es un género literario”. Ramón J. Sender: “Viendo las cosas despacio, periodismo literario es la Ilíada  de Homero…”. Francisco Umbral  se atrevió a coronar a Eugenio d´Ors como la clave del periodismo literario, “todo el periodismo que se ha hecho después de d´Ors, o se asemeja a la glosa o cae en el editorial”[4].  Las glosas aportaron opinión, información, el pulso del hallazgo diario. Sólo la mera información en la columna no es suficiente, aquélla debe servir de comienzo, de invitación al diálogo, de apertura. El placer de la lectura como motor, como arranque para la reflexión, para la comunicación con los demás. Ese debe constituir uno de los hechos primordiales de las columnas, reportajes, noticias, crónicas, artículos. El sello personal para contar las cosas-muy lejos, por tanto, de la fraseología y de las formas hipercodificadas-, es el aire purificador, la deliberada elegancia, la exploración de las palabras, la fascinación de la columna, en la que el arte de la palabra se baste. Es la escritura, por tanto, lo que determina el estilo y no unas formas neutras, manualescas. Es como el árbol talado que retoña.

Para ser un buen columnista se necesita una gran formación, no vale cualquiera. Lo más “callejero, lo más inmediato”- en expresión umbraliana-, lo uniforme en la extensión, la periodicidad fija, la localización en el periódico no son suficientes  para conseguir el marco que define a la columna. Ésta debe estar marcada con el sello de lo literario, por esa voluntad de estilo, en la que el arte de la palabra sea lo característico, pero, sin que nos embarace, nos dificulten la senda. A esto hay que añadir lo inmediato; lo cercano es la enjundia de la columna.

Así lo entendieron Joseph Pla que tenía como máxima atar el principio y el final; González Ruano, que todo lo literaturizaba, tuvo la gloria de la calle, de ahí que haya sido nombrado como el maestro del columnismo. Fue la literatura en estado puro. Julio Camba, que intelectualizaba la realidad, Manuel Vicent, la sabiduría al servicio de la dicotomía literatura-periodismo; Antonio Gala, con su lirismo embriagador. Manuel Rivas, para el que lo literario lo absorbe todo: “siempre fueron el mismo oficio”. Para Vázquez Montalbán, con su periodismo extenso, bien poblado de conocimientos, de anotar lo que escuchaba, comprometido con la palabra, sabedor de la realidad española que cabía en su columna semanal, y a las que daba el nombre de “Calumnistas”.  Eduardo. Haro Tecglen que definió la columna como “una forma de comunicación curiosa, en una liturgia rara”.[5] Juan José Millás que todo lo transforma, lo ensaya, lo experimenta para encarar la realidad, el encuentro de todos los géneros, o como él denomina “articuento”, palabra ya de por sí suya. Probablemente sea la columna lo más literario del periodismo. 

 Francisco Umbral, desmitificador, iconoclasta, testimonial; Manuel Alcántara, tan distinto, pero conocedor de su arte estilístico. Francisco Umbral al recordar a César González Ruano, lo incluye en el ámbito de éste: “así las cosas quedamos en España pequeños y escasos círculos ruanistas. Yo estoy en uno de ellos con Manuel Alcántara, Rafael de Penagos, Marino Gómez Santos y Fernández Layos”[6]; pero, también, en otra ocasión, lo incluyó en la lista de sus preferencias de articulistas  y columnistas. Como muestra del discípulo aplicado, y agradecido, en el arte de escribir, Manuel Alcántara definió a G. Ruano:

como el ser más literario que uno haya conocido jamás, era pura literatura (…). Lo admirable para los que le conocimos siendo muchacho era eso: otros eran unos grandes literatos, pero César era literatura.

La columna periodística cambia de adjetivo, lo vivifica, lo convierte en ciencia, ciencia de la información. La columna de los nombrados es literatura, es género literario, es esencia, intuición, alarde. Los columnistas son como los esclavos de las palabras. Lenguaje y conocimiento son inseparables, conocimiento y expresión son una misma cosa. Ese es el secreto del columnismo. Un territorio literario en el que la estética gira en torno al cuidado, al mimo de la palabra. La clave reside en el estilo. Es devolver, en expresión mallarmiana, “el prestigio a las palabras de la tribu”. Es la distinción, la fascinación, el ungüento. Los lectores/as son los depositarios, ya les pertenece el texto. Son los encargados de desempolvar la estructura formal, de que lo denotativo halle resonancias en lo connotativo, en la estructura profunda significativa.

En los últimos cincuenta años, algunos periódicos han acogido a escritores que han dado renombre literario a la Prensaespañola. El buen estilo, incluso metafórico, ha servido para perennizar las ideas. Ese estilo abierto, pero rico en palabras, se ha introducido en la conversación, en la disensión, en el aprendizaje. En este sentido, el columnismo se ha hecho imprescindible en este periodismo de finales del siglo XX y primeros del XXI. Es el que juzga, el más crítico, el que apoya la diferencia como algo inherente a las personas- la uniformidad periodística deforma-, el que se adelanta, el que trae dinamismo a la idea, el que nos informa de  la capacidad de sentir, el que inicia ese diálogo entre sus lectores y el periódico en el que escribe, el que distingue la dualidad de Pedro Salinas leedores/lectores, el que nos insta a la necesidad de pensar. Es el periodismo literario, el que está “incardinado en la maquinaria más íntima del periódico, en su cilindrada ideológica e intelectual”[7].

 Al igual que en la literatura la columna nos permite opinar, sentir, imaginar, escribir sobre la existencia y lo que queremos. Como género literario que es, también está imbuido de creación al describir la realidad, al decantarse por las distintas reacciones que en la sociedad afloran. ¡Cómo no sentir escalofríos ante frases desdeñosas como “eso es literatura” o “eso es literario”, a veces provenientes de gentes que se les supone con formación pero que son incapaces de escribir una línea coherente o cuando lo hacen recurren a fórmulas pétreas, inertes, ampulosas o a anglicismos o galicismos sin sentido! La negación de lo literario en el Periodismo es quitar la savia de la que parte lo creativo, es no entender o no saber las fuentes enriquecedoras de las que parte. No se cree en el estilo sobrio, conciso, arrebatador, sugerente, atractivo, embriagador. La maledicencia, la oposición “per se”, el manido concepto: lo “que no es barroquismo es periodismo”,   envilecen, deforman, caricaturizan, nos hacen más agresivos.

Las letras, escribió san Isidoro en sus Etimologías, “tienen tal fuerza que nos hacen oír, sin voz, el habla de los ausentes”. Seguro que ahora entenderemos lo que repetimos, machaconamente, que nada hay más útil que la literatura. La ya pregunta clásica de José Martí, “¿por qué no publicar el domingo una hoja literaria que sea sonada?”, en 1877, tiene que reverdecer, estar presente en los diarios. Pero, ¿cómo ahuyentar a los segmentos de anunciantes que desvirtúan lo que denominamos calidad literaria? Queramos o no, los medios de comunicación prestan sus servicios a los intereses del poder, ya sea estatal o empresarial. El lector literario es sustituido por el lector comercial. El periodismo está marcado, sobre todo, por las empresas. La crítica literaria deja de ser crítica.

La necesidad, en el siglo XXI, de lo literario enla Prensa es un deber. La objetividad se consigue con la expresión justa; es difícil conseguirla sin la palabra exacta. El halo literario debe predominar, es la máxima en el arte de escribir. Cuando hablamos de poesía en la columna, nos estamos refiriendo a la palabra clara, exacta, precisa, expresiva. Pero, también, la columna literaria nos debe alimentar intelectualmente. Así lo ha entrevisto Susan Sontag al apuntar que

  la literatura es, en primer lugar, una de las maneras fundamentales de nutrir la conciencia. Desempeña una función esencial en la creación de la vida interior, y en la ampliación y ahondamiento de nuestras simpatías y nuestras sensibilidades hacia otros seres humanos y el lenguaje[8].

Francisco Ayala ahondó en el valor del lenguaje: “De la limpieza o deterioro de nuestra lengua son, pues, responsables quienes diariamente se dirigen al público, sea verbalmente o por escrito, desde las diversas tribunas”[9]. Esta misma idea fue defendida en el diario El País el 11 de mayo de 1999, en el artículo “Una ligera admonición” en la que resaltaba la importancia del leguaje en las columnas periodísticas, para no caer en frases hechas, hinchadas en ridículas hipérboles como, a veces, encontramos en las  páginas de los periódicos.

Estas maneras no son novedosas, al menos en lo concerniente a la forma, porque, ¿qué hicieron si no los Larra, Galdós, Baroja, Clarín, Andrés de Almansa y Mendoza, que mantiene la exclusiva del relato del viaje del Rey por Andalucía revestido de lo literario, protagonista indiscutible de la historia de la primitiva prensa española, incluso se podía ir más lejos por ser el primero en constituir el primer ensayo de gaceta periódica en España, Daniel Defoe o, incluso, Matthew Arnold-que utilizó la expresión “new journalism” en el siglo XIX, en 1889?  Y siglos antes enla Edad Media-juglares, trovadores-, y después los pliegos de cordel, hojas volanderas, las gacetas, silvas misceláneas, crónicas de Indias, etc., sino lo que más tarde recibiría el nombre de periodismo? Fotografiaron la realidad, fueron capaces de mirar desde otras almenas, auscultaron las interioridades, investigaron, recurrieron a los artificios literarios para conseguir la marca periodística. Lo creativo se apodera de los que se inclinaron por la pluma como herramienta de  su trabajo. El periodismo, visto así, es otra cosa; ya la frase manida “escribe de prisa”, se convierte en “escribe bien” como rasgo fundamental. Las cuatro “c”: conocer, comprender, confirmar, contar, deben prevalecer, pero adobadas del artificio lingüístico y literario, es el soporte, la base, los cimientos necesarios para la perennidad.

Esforcémonos, el todo vale hay que desterrarlo. Corríjase, si es preciso, que los lectores lo agradecerán. Hoy, las llamadas prisas no se sostienen. Es un latiguillo que hay que obviar. Por eso, hay que desechar esa idea que corrió por la década de los ochenta que esta nueva forma de escribir había surgido de los escombros de la novela para amoldarse a las características de una nueva sociedad. Esto significaba no entender lo que había aportado lo literario en los siglos XVIII, XIX, y primera mitad del siglo XX. Parece como si hubiésemos descubierto el Mediterráneo al santificar, sobre todo, a Tom Wolfe, cuando lo que éste propugnaba ya se había dado mucho antes. Como escribí, en líneas anteriores, fue Matthew Arnold el que por vez primera propagó el término en Pall Mall Gazette, un diario vespertino, atrevido, sensacionalista, por un tiempo muy influyente, y que acogió a dos literatos como George Bernard Shaw y O. Wilde.  Se dice que el editor murió en el Titanic. Se recuerda, también, que veinte años antes escribió una ficción sobre el hundimiento de un trasatlántico. El pensamiento de Tom  Wolfe consistía en

  ofrecer una descripción objetiva completa, más  de lo buscado por los lectores en las novelas o relatos breves: esto es, la vida subjetiva o emocional de los personajes. Un periodismo que se leyera como una novela.

El propio Tom Wolfe, al verse acorralado por el nuevo logotipo periodístico, negó formalmente su novedad, y, sin embargo, proseguimos alimentándola. Simplemente porque nos quedamos con la letra gorda, no seguimos leyendo. Pero, todavía, hay bastante gente que prosigue con la idea simplista. Ésta no ha contribuido a expandir ni el buen periodismo ni la buena literatura. Hoy, las novelas reportajes, las novelas de no-ficción se han convertido en un “tutum revolutum” que lo invade todo, con una monotonía exasperante. No vale decir que tienen una cierta calidad literaria. Esto no es suficiente. Pero, ¡cuidado!, tampoco podemos afirmar que todo esto sea un puro ejercicio literario. No, es un esfuerzo exigible en el arte de contar, y más si el escritor es columnista. Es un trabajo de arquitectura. Es posible escribir artículos, columnas, y aplicar técnicas de otros géneros literarios en los que la creatividad sea un factor primordial.

Otro ejemplo que se cita hasta la saciedad es el de Norman Mailer y  Los ejércitos de la noche. Esta famosa marcha sobre el Pentágono como protesta por la guerra de Vietnam, no era nuevo en lo periodístico ya que esta forma-técnica de la novela realista- ya se había dado antes, que consistía en aunar novela-reportaje-historia. O la tantas veces nombrada A sangre fría de Truman Capote. Era desconocer una realidad periodística que tuvo como máxima escribir bien, que se leyera como un cuento, por lo que de nuevo no se puede hablar. Son formas de creación en lugares y tiempos distintos, pero con un basamento común: el arte de la información con el arte de las buenas letras. Las palabras rehechas, constantemente, sometidas a la cirugía semántica y sintáctica. Es lo que hizo Gabriel García Márquez, hace 55 años, en el diario El Espectador, inyectar “cisne”-no fue necesario torcer el cuello al cisne- a algunas historias, como la que ha servido de maestra en la relación entre Periodismo y Literatura del Premio Nobel de Literatura: Relato de un náufrago; pero, sin olvidarnos de que la idea primordial fue la búsqueda de la verdad; a partir de este momento la palabra compromiso ha ido unida al novelista, tanto como el saber contar. La realidad en el caso relatado superaba la imaginación y más si cabe en Noticia de un secuestro en el que la exactitud, la minuciosidad con que se narra, hace creíble un suceso a pesar de que no fue presenciado por el autor.. Pero, más nítido es Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera de Benito Pérez Galdós, que sí fue testigo de la epidemia de cólera que asola a Madrid en 1865. La combinación de lo musical y el cólera es perfecta. Era una forma de revestir los acontecimientos  de unos hechos noticiables..

La constancia en el tratamiento de la palabra se debe intentar, y de aquí a la reflexión, que nos aporte comunicación, diálogo con los demás, hechos fundamentales en las columnas. El estilo directo que se oponga a la fraseología, a las formas petrificadas, está prendido de las palabras. Pero creo que es demasiado afirmar que “ el periodismo sea la expresión literaria del siglo XX como la novela lo fue del siglo XIX o el teatro impregnó todo el XVI”, como ha escrito Manuel Vicent, o que la literatura española contemporánea había que buscarla entre los columnistas de los diarios más solventes, en opinión de José María Valverde[10]. Y muy reciente, Luis María Anson, en “Primera Palabra”, en El Cultural, de 22 de mayo de 2008, que titula “los 20 columnistas de Paco Umbral”-entre los cuales cita a Manuel Alcántara-, al referirse al nuevo periodismo, ante una cita de Tom Wolfe, escriba que éste “ha arrebatado el centro de la literatura a la ´agonizante novela´ y se ha convertido en el género literario más vivo de la época”. En el arte de escribir no hay que magnificar porque la disidencia es uno de los factores del mismo. Está bien  que resaltemos la belleza, la expresión artística de una columna, pero no a costa de denigrar un  género literario. 

¿Qué fue de aquella expresión-“nuevo periodismo”- de la que se habló en demasía para no decir nada? Fue algo obsesivo. El latiguillo aburrió tanto que murió de cansino, sin que se explicara el término y menos qué había detrás. El columnista Francisco Umbral, perplejo, ante tal alboroto,  y quizá harto de tanto para tan poco, llegó a escribir que

  en menos de treinta años, nuestro “nuevo periodismo” se queda viejo y cada cual vuelve a sus hábitos y vicios de siempre…En los grandes diarios, el columnista en punta se mueve ya entre el compromiso empresarial y el político, mientras hay otras firmas que andan languidecientes por cansancio, por desilusión, por edad…(…). Sólo una minoría de la minoría conserva cierta audacia, simpatía, violencia, libertad y sorpresa, pasando de los que fuera crítica constructiva de la democracia venidera a un mero anarquismo del que sólo se salva el propio columnista. 

Enarbolemos, de una vez, que la imagen no está desplazando a las palabras; que las imágenes sin pensamiento no son nada; ¿hay que recordar que fue Mesonero Romanos el que en su Semanario  incorporó el grabado, la imagen, a los textos aparecidos en Prensa en 1836? Venteemos con el poeta Antonio Machado que “lo importante es crear hondos estados de conciencia”. O más actual, Antonio Gala defiende que son las palabras las que suscitan la imagen, “y la imagen sin palabras un fogonazo que pronto se diluye en lo oscuro (…) Porque, ¿qué es un objeto  sin el vocablo que lo denomina?”. Para denominarse, la imagen necesita palabras. La acepción del Diccionario de la R. A. E. es bien clara: “representación viva y eficaz de una intuición o visión poética por medio del lenguaje”. Las imágenes y las palabras están enhebradas en nuestro pensamiento; las ideas las expresamos por medio de las palabras. Hay que entender en su justa expresión a Céline en su libro Viaje al fin de la noche cuando escribe: “Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza (…). Está de otro lado de la vida”. La escritura, los libros, al igual que la imagen, nos permiten realizar un viaje en el que la realidad y la imaginación se encuentran.

El siglo XXI ha comenzado bajo el imperio de las palabras; quizá nunca hayan tenido tanto poder; según G. García Márquez, “nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual”. Al final, lo que quedará  es lo que de literatura tienen  la radio, la televisión y los periódicos. Es el maná. Lo que nos perfuma. La famosa expresión de César Vallejo, “hacedores de imágenes, devolved, las palabras a los hombres”, tiene que hacerse realidad. Lo visual es un medio, principalmente, dirigido a gentes conformistas, pasivas; mientras, la literatura es un contrapoder-el cuarto poder fue llamado en adición a los clásicos tres poderes del Estado liberal-, cambio, desarrollo, progreso, tolerancia, respeto. Hay que devolver a la palabra todo el esplendor para que nos impregne más y mejor. La idea clásica de Fiador Dostoivski de que la forma es el elemento primordial de la obra artística debe ser el marco referencial de la columna.  O la idea de Antonio Machado en el periódico La voz de Soria: “Rehabilitemos la palabra en su valor integral. Con la palabra se hace música, pintura y mil cosas; pero, sobre todo, se habla”. El columnista debe sentirse escritor en periódicos, no puede perder esta idea, sin olvidar que la columna es como el oxígeno del periódico, de ahí su vigilia constante.

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[1] Alcántara, Manuel., “Me busco por el tiempo”, en Manera de silencio. Madrid, Ágora, 1955

[2] Vargas Llosa, M., “Lecciones y maestros en Santillana del Mar”. Madrid, El País, 17 de junio de 2008, pág. 42. Crónica de Jesús Ruiz Mantilla.

[3] García Montero, L.,  La flores del frío. Madrid, Hiparión, 1991

[4] Umbral, F., Discursos correspondientes a las investiduras de Doctores ´Honoris Causa´. Curso Académico 1999/2000.  Universidad Complutense, 2000, pág.79. Según Umbral “importa al periodismo un tonelaje de filosofía y de humor, una cultura pasada por la calle, pasada y paseada, haciendo familiares los grandes nombres a los lectores de periódicos.

[5] Haro Tecglen, E., “Columnas”, en Visto y oído, El País, 5 de diciembre de 1998, pág. 61. Se ha escrito que la auténtica columna de opinión del diario El País venía semioculta en las páginas de televisión y firmada por Haro Tecglen.

[6] Umbral, F., “Los ‘placeres y los días. César”, en  El Mundo, Madrid, 14 de enero de 2005, pág. 64

[7] Umbral, F., op. cit.,  pág. 82

[8] Sontag, S., “Los valores de la literatura”, en El País, Madrid, 29 de diciembre de 2004, pág. 38

[9] En la crónica de Juan Cruz titulada: “Francisco Ayala recupera sus profundas  raíces en el periodismo de combate”, en el diario El País, Madrid, 18 de diciembre de 2002, pág. 37

[10] Pensamiento recogido por Manuel Vázquez  en  e l “Prólogo”, en Albert Chillón, Literatura y Periodismo. Barcelona, Aldea  Golbal, 999, pág. 11

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2 pensamientos en “La columna literaria

  1. Maestro Rebollo, con qué inmenso placer me ha dejado leer su texto/capítulo/etcétera(s). Mi primera y única pregunta, y perdone mi ignoracia, es; ¿el maestro Alcántara vive aún? (lo cual celebrararía y celebro). Lo segundo no es añadir nada a su brillante texto… pero sí permitirme una cita (y perdonará, espero, una vez más, mi falta de modestia, ya que columnista he sido y creo que aún soy) adicional de alguien a quien (lo sabía, lo sabía), usted no iba a dejar de lado en estas lides. Y digo, y dice él, y decimos juntos: “Si el periódico es de derechas, el columnista suela quedarle demasiado a la izquierda, porque un hombre siempre está más a la izquierda que una sociedad anónima. En cambio, si el periódico es de izquierdas, el columnista también suele quedarle demasiado a la izquierda. (…) Tenía yo que ir a Oviedo y a Navarra para la cosa literaria, y no he ido a ningún sitio por no moverme de mi columna, que cuando uno llega a coger la postura se está bien en la columna, por más que la vespa vieja del motorista, Pepe Blanco, venga bamboleante donde al columnista le llaman masón, majo, resentido, tío bueno, republicano, laico y más cosas”. Usted lo sabe, Maestro: Umbral, Francisco. “Elogio del columnista”. Diario de un snob 2. Barcelona: Bruguera,1978. 80-85. Chapeau autrefois.

    • Juan Pablo: muchas gracias por estar tan atento a lo que mando al aire. En cuanto a lo que me preguntas sobre M. Alcántara, sí vive. No te preocupes que el día que le llegue, los periódicos darán buena cuenta. Hace ya muchos años leí su poesía, y me invitaron al homenaje de Málaga; en la foto última es el que está de espalda, que me escucha con arrobo.
      En cuanto a la cita de Diario de un snob de Umbral, claro que me he leído el libro. De Paco Umbral me he leído casi todo, y eso que era antigaldosiano. Yo ya escribí que se puede ser galdosiano, benetiano y umbraliano, como es mi caso; me refiero, claro, a las obras que produjeron. Buen día, hermano.

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