La novela y el cuento hispanoamericano en la segunda mitad del siglo XX

La novela hispanoamericana en la segunda mitad del siglo XX  ha sido considerada como un hecho luminoso en el arte narrativo. La crítica distingue tres momentos: el realismo tradicional, el realismo mágico y el experimentalismo. Dejando aparte el primero, la novela que se produce en la segunda mitad está revestida de lo mágico y de lo que se ha denominado novela experimental. Con ambos términos se llega a lo existencial y a la innovación formal. La mejor narrativa se ha asociado al “realismo mágico” como superación del denominado realismo. Se comenzó en los años cincuenta, como resultado de enlazar ideología y estética para reproducir una realidad en la que se aúnan historia, mito y naturaleza. El término llegó a llamarse “real maravilloso” que abarca las dualidades tradición-modernidad y culturalismo-vanguadia, en la que caben regionalismo, indigenismo. Todo como una ventana abierta al orbe.

El término se difundió a partir de 1948 por Uslar Pietri. Se puede llegar a la conclusión de que realismo mágico sería la persona contemplada como misterio en medio de datos realistas; o también la negación poética de la realidad, o adivinar la auténtica realidad en lo misterioso, en lo difícil de comprender.

Si nosotros analizamos las vanguardias europeas de la década de los años veinte, y, sobre todo, el surrealismo nos daremos cuenta que el sustrato, la simiente, la descubrieron en Europa, por lo que podemos decir que se aprovecharon de esta idea para analizar la realidad americana desde diversas almenas.

La llamada “generación del boom” de la década de los sesenta, sobre todo, en Europa alcanza éxitos desproporcionados, de ahí que también se extendiera a la generación anterior y a los que comenzaban en estos años. Pero no todo fue asombroso, tuvo también sus sombras. No todas las novelas hispanoamericanas rayaron la perfección novelesca, hubo también hojarasca, pero  el adjetivo luminoso quedó para la posteridad.

 Los primeros que lanzan la idea son: J. L. Borges, M. Á. Asturias y A. Carpentier. Con El señor Presidente (1932) de Asturias, asistimos a la suma de las expresiones mito-historia-realidad como constantes de lo emblemático en el arte de narrar. Los pasos perdidos constituye la cima narrativa de Carpentier en la que el anhelo es frustrado por los orígenes de la procedencia de las personas; en concreto, la procedencia de la selva de un músico le lleva a pensar que no realizará la utopía con que había entrevisto sus cualidades.

 Entre los años iniciales de los cincuenta y primeros de los años sesenta se produce el llamado “boom”, personificado en Cien años de soledad (1967), de García Márquez, en la que lo mágico se impone al aunar religión, naturaleza, magia, violencia, historia, humor, decadencia en una realidad hispanoamericana donde la ficción se hace realidad. En cada uno de los autores va a predominar un aspecto o varios, dependerá de la novela. Así en Juan Rulfo, lo primordial es la relación que establece entre lo experimental del hecho narrativo y la fantasía que va más allá de la muerte en su novela que tanto éxito le ha dado.

Los autores que más se han significado son Miguel Ángel Asturias con El señor Presidente (1946), Los ojos de los enterrados (1960). Alejo Carpentier con Los pasos perdidos (1953), El siglo de las luces (1962). Jorge Luis Borges, El Aleph (1949), El libro de la arena (1975).Juan Rulfo, Pedro Páramo (1955), El llano en llamas ( 1953). Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas (1961). Julio Cortázar, Rayuela (1963). Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz (1962), La región más trasparente (1986), Cambio de piel (1967), Cristóbal Nonato (1987), Diana (1994), Geografía de la novela ((1993), Terra nostra (1975), Los años con Laura Díaz (1999), La silla del águila (2003). García Márquez, Cien años de soledad (1967), El coronel no tiene quien le escriba (1961), El otoño del Patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981).Vargas Llosa, La ciudad y los perros (1962), Conversación en la catedral ( 1969), La casa verde (1966), La tía Julia y el escribidor (1977), Pantaleón y las visitadoras (1973),La guerra del fin del mundo (1981), Lituma en las Andes (1993), ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986),  La fiesta del Chivo, (2000).

La tríada novelesca, hoy más famosa, es la formada por G. García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Los dos primeros “Premios Nobel”. La singularidad de la narrativa proviene de la expresiones “realismo mágico”, “lo real maravilloso americano”, ésta acuñada por  A. Carpentier, y la primera atribuida a Franz Roh en 1925. Con esta idea se quiere superar la concepción de la novela decimonónica, para ahondar más si cabe en la realidad. Buscar la esencia, aunar el realismo con la trascendencia, con lo mágico, concepto que ya contempló el expresionismo (vanguardia expresionista).

Al escribir del cuento hispanoamericano, inmediatamente, nos debe  venir a la memoria dos autores: J. Cortázar y J.L. Borges.  Las tendencias cuentísticas son realistas, fantásticas y mágicas. A veces, se complemntan las tres. El recuerdo de  J. L. Borges debe inundar nuestra mente, y por encima de todos El Aleph, en el que la trama cuentística está constituida por las repetidas entrevistas que el escritor mantiene con Carlos Argentino Daneri, tras la muerte de Beatriz Viterbo. Otra vez la dicotomía ficción-realidad sin que sepamos descifrarlas, tal vez por eso nos anima a la lectura. Los cuentos de Borges están llamados a ocupar lo insólito, a ejercer la imaginación para que se apodere de nosotros un vértigo intelectual, de ahí que elija temas como el destino de las personas, la identidad humana, la muerte, el infinito, la eternidad, el laberinto del mundo, etc.  Pero, a su vez, nos da la sensación de que es un mundo personal, con imágenes propias, con símbolos que nos desbordan. Destaquemos de entre ellos, amén del impresionante El Aleph (1949),  El libro de arena (1975), El Hacedor (1960), Ficciones  (1944), El informe de Brodie (1970). Su obra universal es un desafío a la imaginación, a la inteligencia.

En cuanto a Julio Cortázar, si bien comenzó su andadura literaria en la poesía, pronto se reveló como un destacado cuentista. En el relato breve nos sumerge en las preocupaciones que luego tratará de una forma más detenida en sus novelas. Sus primeros cuentos están veteados de un esteticismo distorsionador para captar mejor la cara oculta, para construir un mundo diferente; para hacernos ver que la realidad nos ofrece sorpresas.  El cuento fantástico va más allá para que las inquietudes estéticas se funden con las aspiraciones metafísicas. Estas ideas son recogidas en los cuentos Final del juego (1956) y El perseguidor (1958). Su primer libro de cuentos fue  Bestiario (1951). Después vendrían Las armas secretas (1959), Historia de cronopios y de famas (1962), Octaedro (1974), Alguien que anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979).

No estarían completos los cuentos hispanoamericanos si no recordásemos  la colección de La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada (1972) de García Márquez. Tampoco hay que echar en saco roto a los numerosos cuentos de Juan Carlos Onetti publicados en 1975 con el título Cuentos completos. Y, cómo no, la singular maestría cuentística de Mario Benedetti en Los pocillos, La noche de los feos, Los astros y vos, Ganas de embromar, La vecina orilla,  entre otros.

El microcuento o microrrelato, aunque ya habían aparecido a principios del siglo XX, vuelve a finales de siglo en la escritura de Augusto Monteroso, Andrés Neuman, Juan José Arreola, entre otros.

 

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